“Están en juego dos modelos de país”, afirmó el presidente Alberto Fernández durante la campaña previa a las PASO. “Se votan dos modelos”, reafirmó la vicepresidenta Cristina Fernández. Las elecciones primarias volvieron a mostrar un mapa donde esa diferencia de miradas sigue absolutamente presente en la política del país. Pero al mismo tiempo sostenida en el equilibrio inestable de una balanza que la ciudadanía hace oscilar coyunturalmente hacia un lado o hacia otro a partir del termómetro de calidad que emana de su vida cotidiana.

Los números finales permitirán un análisis más minucioso de los resultados, pero la suerte de encuesta general que se expresa en las elecciones primarias se traduce en un evidente llamado de atención para la gestión de Alberto Fernández. Las urnas han dicho que el Frente de Todos no logró traducir en gestión las propuestas que se ventilaron en la campaña para las elecciones presidenciales de 2019 y quedaron postergadas por la pandemia. Y tampoco hubo suficiente capacidad para recoger el guante de las críticas y asumir errores para corregirlos.

Hubo enunciación de la existencia de modelos diferentes, pero solo aparecieron títulos o vagas formulaciones respecto de su concreción mientras la gestión ofrecía datos contradictorios.

La oposición evitó entrar en detalles sobre su propuesta porque hacerlo habría remitido inevitablemente a lo actuado por el macrismo en el gobierno y, en consecuencia, traer a la memoria de los y las votantes el daño causado a la sociedad. Se limitó a insistir en los errores del oficialismo y ni siquiera el recuerdo de la catástrofe macrista por parte de los candidatos del FdT alcanzó para olvidar las penurias de la coyuntura.

La enunciación del otro modelo por parte del FdT no caló en los votantes. Entre otros motivos porque la alianza oficialista se afirma en el sentido de su propia sobrevivencia (sin unidad no es viable la gobernabilidad y la supremacía electoral) pero este acuerdo sigue siendo poco efectivo a la hora de traducirlo en gestión política y en políticas públicas que impacten a favor de la ciudadanía.

Lo anterior se manifiesta también en una falta de relato, entendiendo a éste como una estrategia discursiva que expresa el presente y el futuro, que no solo enuncia los valores sino que ejemplifica y explicita el camino para ponerlos en práctica. El relato --imprescindible en la comunicación política-- es una narrativa que cuenta historias y que, sobre ellas, genera una épica --que es también parte fundamental de la estrategia-- capaz de encantar aun en un escenario donde hay angustias y campea la desesperanza. Sólo así la política puede volver a entusiasmar para encarar la búsqueda de otro modelo de país que encarne valores diferentes a los que se quieren dejar atrás.

De cara a las elecciones legislativas, sin hacer mayor esfuerzo y apenas recurriendo a la memoria siempre frágil, sin la pretensión tampoco de agotar ese listado, vale la pena señalar algunos de los temas que podrían considerarse.

Las PASO mostraron --por lo menos en primera instancia-- cierta apatía de los sectores juveniles frente al juego político que se les presentó. O, aún peor, que algunos desencantados optaron por la “antipolítica” servida por los presuntos “libertarios”. Los jóvenes de hoy siempre vivieron en democracia y no valoran el modelo por sí mismo, sino por el realismo de lo que les pueda aportar. Necesitan fraguar su futuro sabiendo de qué van vivir, trabajar, qué pueden estudiar y en qué marco van a encuadrar su vida de aquí en más. Seguro que no reclaman certezas pero sí horizontes. Para entusiasmar hay que plantear objetivos pero también clarificar los caminos, decir cómo y cuándo.

La economía suscita incertidumbre. Y si bien la deuda externa es un problema que exige resolución, desde el punto de vista social es más grave la situación de casi cinco millones de trabajadores de la economía popular que viven en la permanente zozobra. El oficialismo coincide en la idea de que hay que marchar de los planes al empleo. Pero ¿cómo? Probablemente sea necesaria la arquitectura de una economía política de la economía social y popular que explique cómo se puede incluir a los excluidos.

El Poder Judicial y la administración de justicia requieren una atención especial con reformas radicales porque sin justicia verdadera no hay sociedades democráticas que superen sus limitaciones. Si bien quienes usufructuaron de la “mesa judicial” se resisten a ello se trata de una gran tarea pendiente que afecta a la sociedad, aunque resulte un tema ajeno para muchos sectores ciudadanos. El oficialismo sigue sin hacerse cargo efectiva y eficazmente de la cuestión.

El sistema democrático tal como lo estamos viviendo está desgastado. Porque hay actores --los partidos políticos-- que dejaron de cumplir sus funciones, porque aparecieron otros actores (¿los movimientos sociales?) que no encuentran un modo de inserción efectiva en el reparto del poder y porque, tal como está, no entusiasma a las nuevas generaciones. ¿Qué papel juegan los frentes electorales? ¿Son un modelo que participación que llegó para quedarse? Si así fuera ¿cómo se articulan para canalizar aspiraciones ciudadanas? Es preciso preguntarse si dentro del “nuevo modelo” no es necesario repensar los modos de participación en democracia y la democracia misma.

El sistema concentrado de medios ha jugado un papel central en la vida política argentina en los últimos años. Cualquier intento de pensar el futuro tendría que incluir un capítulo sobre la comunicación, sus desarrollos, el modo de gestión y el derecho a la comunicación. Hoy no existen sociedades democráticas sin comunicación democrática.

Todo esto y mucho más queda por debatir y construir de cara a los comicios legislativos y aún más allá. Se requiere una política propositiva sostenida en un relato y en una épica transformadora. Para salir del atolladero y porque sin imagen de futuro es imposible ordenar las acciones del presente.

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