Una compañera gorda me dijo una vez: “ser gorda es paradójico.Nos hacen sentir que ocupamos demasiado espacio, pero al mismo tiempo nos tratan como si fuésemos invisibles”. Ya lo dijo Mauro Cabral en “Cuerpos sin patrones”: “el gordo es el enemigo del pueblo”. Para él, -activista trans e intersex local de larga data- la asociación entre gordura y traición es inmediata: el gordo es cómplice de su destrucción y traidor de la salud, el deber-ser y el deber-parecer. 

Así como reza el saber popular gorila “el pobre es pobre porque quiere”, en el inconsciente colectivo está enquistado “el gordo es gordo porque quiere”. Por eso, ser gordx es más que problemático: es la viva imagen de la desidia, la enfermedad y lo indeseable. Para C*rmillot “un gordo no puede enamorarse”; tampoco puede ser feliz, ni mucho menos ejemplo de nada.

La gordura es, para muchos, una plaga, pero si está encarnada en cuerpos femeninos, migrantes, trans, intersex, marrones, discas, trolos, tortas, viejos o infantiles es imperdonable. A pesar de que abundan las personas flacas que desayunan dos cigarrillos y una coca-cola, y que la última vez que hicieron deporte fue en quinto grado, a ellos nunca se le piden credenciales de salud

Sin embargo, el saber popular indica que todos los gordos son enfermos, parásitos, vagos y adictos a la comida chatarra que no quieren tratarse, cuyas venas explotan de colesterol y sus piernas de várices, que no pueden agacharse sin agitarse. Sin embargo, muchísimas veces sus estudios médicos indican valores correctos, se ejercitan constantemente y comen variado y saludable. En otras palabras “se cuidan” mucho más que la gente flaca. ¿Qué hay detrás de esta doble vara? Prejuicio, estigmatización y patologización.


Lo mejor que te puede pasar

¿Hay algo peor que unx gordx? Si, una reunión de gordas que no se juntan para hacer dieta, sino para pensar políticas y estrategias para que la gordofobia no siga mutilando su acceso a la salud, al trabajo digno, a la vestimenta; para denunciar la crueldad de la cultura de la dieta, que factura millones a costa de la vergüenza y delgadez obligatoria; y para reivindicar el goce de sus cuerpos, que ya mucho padecieron tras años y años de haberse sometido a dietas agresivas. Y de eso se trató este primer encuentro del Colectivo de Gordas Activando: una tarde conurbana punk por lo anti-sistema, desbordante, insurrecta, indócil y, sobre todo, colectiva y popular. Porque como dice la activista Laura Contrera: “para un gordo, no hay nada mejor que otro gordo”.

Me di cuenta que estaba llegando al lugar correcto cuando, desde lejos, divisé una imagen de la apacibilidad que me hizo sentir ante la presencia de un cuadro expresionista francés, pero situado en Morón y con chicas en calzas recostadas sobre el pasto. La idea de hacerlo allí fue para descentralizar los espacios de militancia de CABA, y porque en ese caso tuvieron el apoyo de la Municipalidad: la presencia estatal es algo remarcable. Son las 11 de la mañana de un sábado soñado y casi doscientas gordas se reúnen en rondas bajo los árboles, que ofrecen media sombra y frescura.

Entre mates y mantas, en el predio de la Mansión Seré, ellas participan de talleres para conversar sobre las prácticas hostiles y gordoodiantes del sistema médico hegemónico, que se niega a tratarlas por un simple resfriado sin antes advertirles que están al borde de la muerte por gordas. Para cuestionar a quienes les exigen constantemente que den pruebas de su salud, incluso sin siquiera conocerlas, de lo problemático que les resulta tener que dar explicaciones de por qué no les interesa bajar de peso, de cómo son (mal) representadas en los medios masivos. También, para pensar prácticas activistas para combatir estas opresiones. 

Para Corina, la actriz conocida en Instagram como Gorda Insurrecta, es la primera vez que está rodeada de gordas sin hablar de hacer dieta. Las voces circulan y ellas aplauden, se emocionan, se ríen, celebran las intervenciones más elocuentes, se escuchan atentamente, lloran y empañan el barbijo. Algunos dolores se desarman cuando se ponen en palabras.

“Si alguien sabe de alimentación somos las gordas, que nos la pasamos contando calorías”, revela una tallerista. “Todavía se piensa que ‘somos lo que comemos’, cuando en realidad no toda la gordura responde a la alimentación. Hay que sacar a la gordura de la asociación con la alimentación. ¿Tengo que sacar mis estudios médicos para que vean que no tengo triglicéridos? Mi abuela se murió anoréxica de un problema en el corazón. Los problemas de salud vienen en todos los talles”, relata la activista Laura Contrera, que es parte de la organización.

“El gordo es aceptado siempre y cuando se identifique con el agresor”, señala una participante sobre los gordxs que ocupan espacios mediáticos en el prime-time y constantemente hacen chistes desvalorizantes usando su peso como resorte de comedia. “¿Qué pasa con los personajes gordos en el espectáculo? Están, pero no les sucede nada. No tienen historias de amor, no se compran un casa, ni siquiera son amigos del protagonista: solo están en función de lo que les pasa a los otros”, observa la actriz Maruja Bustamante.

A los espacios de militancia feminista también les llegó su factura: para una de las interventoras, es doloroso cómo en esos lugares, donde se espera encontrar más contención, los reclamos de las activistas gordas no son escuchados ni acompañados. “Está tan naturalizada la violencia al gordo que nosotros necesitamos que el resto de la gente reaccione. No podemos estar solas dando esta batalla”.

“Si ya vimos cuál es el problema y a dónde no queremos volver, hay que ver cómo organizar nuestra voz, nuestra furia, para que sepan que esto está mal, esta violencia está mal, tenemos que pensar esto juntas: esta es hoy mi propuesta”, señala Laura: “La industria de dieta es un negocio y hay gente que hace cosas terribles para no ser como nosotras. Estamos viendo acá como vulneran nuestros derechos: es la sociedad quien nos niega a vestirnos, que tiene problemas cuando vamos al médico y nos enfrenta a violencias de todo tipo. Al clóset de la gordura no queremos volver nunca más. Nos parece importante que de este encuentro nos llevemos el saber que hay enemigos, saber que la ley de obesidad, por lo estigmatizante que es, es un enemigo, y hay que construir una ley contra la gordofobia. Tenemos una agenda legislativa y política más ejecutiva de espacios estatales que nos tienen que dar una respuesta, tenemos un montón de cosas que vamos a construir para adelante”, asegura.

¿Y los varones? ¿Por qué solo vinieron dos?

Maruja: A las masculinidades les va a costar un poco más. Para mí ellos sufren, pienso en mi hermano que es gordo, como yo… Ahora se fue a vivir a otro país, pero no hubiese venido, estoy segura. Les recae algo muy patriarcal, como que militar esto es de gordas. Los varones gays tienen sus grupos de osos y tal vez ahí se sienten contenidos, más allá de que deben sufrir en otros ámbitos. Pero los hétero-cis no, y los re burlan, desde el chiste de ‘que vaya al arco el gordo’ o ‘sos tan gordo que no se te debe ver el pito’, cosas así; que son duras, los endurece, y creo que por eso no se permiten hablar de esto.

Corina: Yo creo que algo de eso puede llegar a pasar, también. Acá todxs lloramos, nos permitimos esa sensibilidad, esa vulnerabilidad, que la fuimos encontrando con el tiempo y también hablar de la gordura es muy fuerte. Es decir: ‘soy gorda y este es el espacio que ocupo, tengo que ocupar este espacio siendo gorda’, todo lo que significa y lo que nadie quiere ser en el mundo, yo lo soy. Nosotres que estamos más conectades con la vulnerabilidad, porque somos les encargades del cuidado, les que maternamos, todo ese lugar que ocupamos socialmente nos conecta más con ese lugar de sensibilidad y de vulnerabilidad.

Maruja Bustamante junto a otras trabajadoras de la cultura.

¿Existe algún tipo de reparación por todas las violencias sufridas?

Tati Dume (actriz y bailarina): No lo había pensado. Esta es la reparación. La reparación es de esta unión de gordes ahora y de poder entender que mi cuerpo nunca estuvo, mal sino el entorno y la la sociedad.

Lucía Portos: Yo creo que obviamente siempre que hablamos el camino es siempre el mismo: La visibilizacion. Después, también exigir la redistribución, exigir que las personas gordas se nos cumplan los derechos humanos, que es como el piso de lo que estamos pidiendo y después sí, tiene que haber una instancia de reparación, que puede ser política, como decía recién Tati, o como también pueden ser políticas activas por parte del estado para salir a discutir y a debatir con el sistema medico hegemónico, como con también con la industria de la moda; pero también con la educación. Otras formas de hablar, de expresarse y de representarnos a nosotres. Me parece que hay, no se me ocurre una reparación como las que obtienen las compañeras trans y travestis por haber sido institucionalmente violentadas con la dictadura o con los edictos policiales, porque esas violencias son muy extremas, pero nosotres sufrimos muchísima violencia a lo largo de nuestra vida y me parece que está buenísimo plantearnos un horizonte colectivo de reparación. Nunca lo había pensando, pero me lo llevo.