Ya conté que cuando me ocurrió el accidente cerebral estaba escribiendo un ensayo sobre la obra de Lina Meruane. Decía que la chilena era una maestra en analizar las políticas de la enfermedad, su potencia radical. La enfermedad como máquina narrativa podría dar testimonio sobre las violencias del capitalismo –asfixia y egoísmo estructural del núcleo familiar, abusos de la ciencia y el poder médico, generación de exilios y lenguas de segunda, desaparición bélica de territorios, bla, bla, bla. Comentaba también el valor profético de la literatura en su novela Sangre en el ojo, un texto brillante, adjetivo que se vuelve irrespetuoso puesto que se trata de una experiencia de oscuridad, de una ceguera que se ignora si es o no definitiva. Derramar sangre en el ojo fue lo que los pacos buscaron en los rostros insurgentes de octubre. Narrado desde una ficción de autoescopia, decía, se vuelve alucinación. Y el final parece virar la novela a teatro de la crueldad ya que sugiere que el amor cuesta o podría costar literalmente un ojo de la cara. Es decir, la pérdida de la armonía dual del cuerpo. Su simetría. Una novia sufre un mal por el que podrá perder la vista. Un novio, que dice estar dispuesto a dar su vida entera por ella, no le donaría un ojo fresco de su cuerpo vivo.

La forma humana es míticamente una mitad horizontal que se mira en un espejo de agua. Cualquier atentado a una de las dos mitades rompe el principio de belleza, al romper el de simetría. Me inspiraba yo sin rigor y sin censura, tal era mi inocencia, cuando una mano dejó de responderme, la pierna de obedecer al mandato dirigido a Lázaro, y ya no tenía, no sentía, un lado del cuerpo.

Me gusta la osadía de Josefina Ludmer cuando leía en las ficciones literarias, profecías de las ficciones reales: que la puta Hipólita y el astrólogo creados por Roberto Arlt en Los siete locos reaparecieran como Eva Perón y como el brujo José López Rega en las ficciones reales. Sangre en el ojo abre hoy a una lectura que la separa de ser una ficción pura. Diamela Eltit advirtió sobre la inquietante resonancia en la lengua de la expresión “ojo por ojo” tras el hecho de que fueran los ojos los órganos que mutilaban los represores durante el llamado “despertar de Chile”. La expresión “ojo por ojo” señala al ojo como el arma del testigo, algo indiscernible del pensar y aquello que no se pudo cerrar, es decir hacer la vista gorda ante la desigualdad y la injusticia. Tener la sangre en el ojo no necesariamente implica el individualismo en la voluntad de venganza sino un resto que desborda y que se mantiene alerta hasta que la pacificación no implique el sometimiento.

El terrorismo de Estado esta vez deseó firmar sus acciones, un logo legible, un tatuaje codificado, la marca sangrienta de una yerra nacional. El ojo vaciado sería un rasgo de estilo. Pero olvidaba que su hueco cerrado daba testimonio de que se había estado allí, cuerpo con cuerpo en el corazón de la insurgencia. Tantos ojos vaciados y visibles cuentan la cifra del levantamiento popular, la plantan en medio de las calles de la Santiago nunca más Bella Durmiente. Patricio Pardo prefirió perder la vida toda a haber sido cegado la mitad, haciendo responsables más allá de sus actos a los enemigos del pueblo. El triunfo de Boric ilumina simbólicamente esas cegueras provocadas y las convierte en blasones carnales de la Revolución.

Lo que me interesa del texto Sangre en el ojo es su resonancia en las militancias del presente: ¿hasta qué punto la ética del cuidado no tiene como límite solidario la autonomía del propio cuerpo y reniega de la donación si afecta a un cuerpo vivo? Familiares compatibles como donantes entregan con gusto un riñón o un tejido de médula ósea pero no, más allá de su ilegalidad, un ojo o una mano. La vida por convida a la entrega un cuerpo inmutilado mientras que nadie promete una parte. Extraña alternativa a dar la vida por de las consignas contestatarias: la negativa a la donación de un elemento que se tiene repetido en la simetría anatómica humana.

 

Siguiendo con las ficciones reales: los camilleros que me arrean para sentarme en la silla de ruedas, en el decidido envión para pasarme de la silla a la cama, suelen dejarme los ojos a la altura del handy que llevan en el bolsillo del uniforme, corro peligro de quedar tuerta, eso sería en la imagen la auténtica merma mientras que mi pierna y mi brazo dañados -en cierto modo, órganos pour la galerie- no me privan del principio de simetría, un golpe de fortuna puesto que nadie parece dispuesto a donar aquello que tiene en número de dos.