Una noticia 10.275 veces repetida

Noticia repetida no es noticia. Por lo menos eso es lo que dicen todos los manuales de periodismo. Sin embargo, este suplemente está dedicado a refutarlo. Más precisamente, a celebrar una noticia 10.275 veces repetida.

La noticia es la salida a la calle de PáginaI12 el 26 de mayo de 1987, una noticia que se reproduce diariamente desde entonces (para los fans de Paenza hay que aclarar que la cifra exacta no es 10.950 porque hay que sumar los ocho bisiestos y restarle todos los domingos y lunes en los que el diario no se editaba, en sus primeras tiempos, más los feriados sin kioscos de las tres décadas). 

Seguramente para muchos lectores recibir cada día PáginaI12 no sea exactamente una noticia sino una costumbre. Pero para los que se despertaron hace treinta años con esa novedad (dicho sea de paso, ese fue el slogan de presentación: “Despiértese con PáginaI12”), y para los que lo hacen, hacemos, todos los días, no deja de ser una sorpresa ver que tantos esfuerzos trabajosamente coordinados terminan en una mirada coherente sobre los hechos del día (o de las últimas horas, si se lo consulta por la web). Sobre todo en el caso de un diario tan excéntrico (en la literal acepción del término) al establishment político y económico que alimenta y sostiene al mundo de las comunicaciones.

Una muestra de todo esto se puede apreciar en las treinta noticias seleccionadas por treinta destacados periodistas de este diario como las más trascendentes, de acuerdo al criterio que cada uno de ellos aplicó y explica, de los últimos treinta años o, si se prefiere, de los primeros treinta años de PáginaI12. 

También se puede recorrer otro camino. El de compartir dos pequeñas historias que no tuvieron lugar en estas páginas (por lo íntimas, por lo ínfimas) pero que sirven para iluminar desde otro ángulo las tres décadas compartidas.

La primera empieza la mañana del domingo 17 de enero de 1988. Imposible olvidarlo porque era mi cumpleaños y además por los títulos que desde sus portadas gritaban los tres diarios que entonces recibía en mi casa. En la tapa de Clarín y La Nación se leía en letras catástrofe, con alguna insignificante diferencia de estilo, “Rico apareció en Corrientes y se acuarteló en Monte Caseros”. En la de Página solo se hablaba de la búsqueda del militar carapintada, que llevaba dos días alzado sin dejar rastros. El teniente coronel Aldo Rico ya se había levantado contra Raúl Alfonsín durante la Semana Santa de 1987 (antes de la salida del diario), en un intento por detener los juicios en marcha contra los represores de la dictadura. De esa asonada nacerían las leyes de Punto final y Obediencia debida. El segundo alzamiento, que culminó en Monte Caseros, donde fue finalmente detenido, tuvo como lejana consecuencia secundaria un notable incremento en la tirada y las ventas del recién nacido PáginaI12, que hasta ese fatídico domingo había agotado todas las ediciones dedicadas al tema. La imperdonable derrota informativa tenía su explicación: el cable urgente con la aparición de Rico en Monte Caseros, que en esa época llegaba a las teletipos, entró justo después del cierre del diario. 

Todos lo saben, un diario da revancha todos los días. Pero ese día no. No podía haber diario del 18 de enero para enmendar el error. Por entonces, Página no salía los lunes y la siguiente edición llegaría a los kioscos recién el 19. Se movió cielo y tierra para conseguir una imprenta que pudiera sacar una edición de emergencia y fueron convocados a trabajar los periodistas que cubrían el golpe carapintada. Todo fue 

inútil. Esa noche nos fuimos a dormir convencidos de que el diario del martes podía ser el último. Nadie, nunca, perdonaría semejante falla, sobre todo en un tema que era central para su línea editorial. Esperábamos, como se espera la salida del sol, el ineluctable derrumbe en las ventas, el desconcierto y repudio de los lectores, la merecida burla de los colegas. Hasta allí había llegado la aventura.

Nada de eso ocurrió. La edición del 17 de enero también se agotó, lo mismo que las cada vez más amplias del 19, 20 y 21. Ningún periodista recibió llamados, ni cartas (todavía existían) de lectores indignados. Y todos nos zambullimos a buscar información y transmitirla lo mejor posible con aun más entusiasmo que antes. 

La historia se olvidó pronto, pero quedó claro que la aventura seguiría. No por su calidad, eficacia u originalidad sino porque había quedado demostrado que el diario nos trascendía. No era nuestro ni prisionero de lo efímero de sus pocas páginas. Era expresión de un sector social que había encontrado un espacio donde reflejarse y no estaba dispuesto a perderlo. 

La segunda historia empieza apenas pasado el mediodía de un caluroso día a fines de 1994. “Llamó Gabo, que lo llames”, dijo en el mismo tono de siempre la secretaria. No le hice caso. Estaba llegando tarde a una reunión de edición y recorrí rápido la lista de posibles gabrieles: un compañero perdido de la primaria y un gran amigo de la secundaria que vivía en Estados Unidos. “Gabo volvió a llamar, dice que es urgente”, insistió un rato después la secretaria interrumpiendo la discusión sobre las alternativas de tapa. Terminada la reunión, y curioso por el apuro de alguien a quien no veía por lo menos desde hacía diez años, pregunté si Gabriel había dejado algún teléfono y por qué lo llamaba Gabo. “Porque es Gabo, Gabriel García Márquez. Y sí, dejó un teléfono”.

La conversación no fue tan larga, recorrió varios senderos aparentemente dispersos alrededor del diario y terminó en un pedido concreto, y no fue mío. “Estamos por lanzar públicamente la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano y necesito que PáginaI12 lo auspicie”. Se hizo un silencio. Su primera reacción fue insistir con que Tomás Eloy Martínez, por entonces editor del suplemento cultural del diario, estaba trabajando en el corazón de la propuesta y aclarar que ya tenía el sí de El País de España y de La Jornada de México. En ese entonces Página tenía los servicios de El País para la Argentina y compartía historia, notas y amistad con La Jornada. Después de otro silencio empecé a balbucear incongruencias tratando de explicar que bueno, que era interesante, que era más que interesante, que claro, que en fin, que cuándo sería y, finalmente, que no podía mentirle y que tenía que saber que no teníamos un peso y no podíamos auspiciar nada. De nuevo el silencio y, como remate, la carcajada. “Ya lo sé, ya me lo dijo Tomás, lo único que tendrían que hacer, además de sumar maestros para los talleres –y allí aparecieron los nombres de Horacio Verbitsky y Osvaldo Soriano, entre otros–, es poner el nombre. De lo otro, ya habrá tiempo de hablar”. Hubo, pero eso ya es otra historia.

Lo sucedido con la cobertura de Rico en Monte Caseros sirvió como prueba íntima del lugar que el diario se había ganado en la Argentina. El pedido de García Márquez, como muestra de entrecasa de su repercusión en el, por entonces, recién se generalizaba internet, lejano escenario mundial. Treinta años después de aquella primera noticia, la aparición de PáginaI12, cada día o a cada rato se repite en esos dos tableros. O en los tableros de todos los que hacen, leen, disfrutan, maldicen PáginaI12, y eligen a cada instante su propia noticia para reiniciar el círculo.