1997
El año de los piquetes

“Hay que estar siempre del lado 

de los oprimidos..., pero sin 

olvidar jamás que están hechos 

con el mismo barro que los 

opresores.” Emile Cioran

Era una mañana de sol, llovían piedras y balas en Neuquén. Casi todos los manifestantes retrocedían ante policías y gendarmes armados, ella avanzaba sobre la ruta 17. ¿Por qué? ¿A dónde iba? Nunca pudo explicarlo. De pronto trastabilló, cayó al suelo. Una bala 9 mm., disparada por un policía, le había atravesado el cuello después de rebotar en el piso. El asesino nunca tuvo nombre (el crimen sigue impune), pero desde esa mañana del 12 de abril de 1997 el nombre de ella es símbolo y cifra de los movimientos de desocupados que encontraron en los piquetes una manera de ser escuchados por la sociedad que preferiría acallarlos. Teresa Rodríguez tenía 24 años.

Desde los márgenes

Lejos de las grandes ciudades, fuera de foco para los medios de comunicación masivos, en las fallas de un sistema de representación fallido, hace veinte años pueblos olvidados e invisibilizados por el poder se sublevaban contra el destino que les imponía el régimen neoliberal desde principios de los 90, víctimas directas de la privatización y el desguace de las grandes empresas estatales que, durante décadas, habían sido la matriz de tantas comunidades. Desde los márgenes, los desocupados y sus familias gestaban movimientos sociales que llegarían al centro, a descomponer el ritmo incesante de la máquina productiva. Como no podían hacer huelga, porque no tenían trabajo sino que lo reclamaban, salieron a la calle a interrumpir la circulación de cuerpos y mercancías. Si desde la restauración democrática la protesta social se había limitado, con pocas excepciones, a las manifestaciones de trabajadores agremiados y militantes de derechos humanos, los movimientos de desocupados renovaron el ejercicio de la política en la calle, la que pone en cuestión a la democracia delegativa, esa empobrecida e interesada ilusión que reduce la vida política al voto. El precio fue hacerlo bajo una constante amenaza represiva. En los años siguientes, los movimientos de desocupados se extenderían por toda la Argentina, en particular por el conurbano bonaerense, y serían decisivos para la historia nacional: basta considerar su participación en las rebeliones de 2001 y 2002 o el arraigo y persistencia del piquete como modalidad de protesta.

Los fogoneros

Teresa Rodríguez fue asesinada durante la segunda pueblada de Cutral Có y Plaza Huincul. La primera había estallado algunos meses antes, en junio de 1996. Cuatro años después de las privatizaciones de YPF y de Gas del Estado, ya se habían desvanecido las promesas con que el discurso oficial había decorado el sacrificio de los trabajadores al mercado desregulado. El desempleo era altísimo en la zona, las indemnizaciones ya se habían consumido. En una situación que se replicaría en otras localidades, los habitantes de Cutral Có y Plaza Huincul –generaciones de trabajadores bien pagos, con estabilidad laboral y derechos institucionalizados– no estaban dispuestos a perder tan mansamente sus condiciones de vida. El estallido se produjo cuando la gobernación de Neuquén canceló la instalación de una planta agroquímica, un horizonte posible de empleo. Desde el jueves 20 de junio y durante seis días, hombres y mujeres cortaron rutas y calles en más de veinte lugares para reclamar trabajo. Improvisaron fogatas para pasar las noches del invierno patagónico. Todavía no se los llamaba piqueteros, eran fogoneros. La provincia y el gobierno nacional de Carlos Menem enviaron policías y gendarmes para desalojarlos: el problema social entendido como problema criminal. Finalmente, el gobernador Felipe Sapag debió negociar; se declaró a la zona en emergencia social, se diseñaron programas de asistencia, se prometieron obras públicas... Ese modelo de doble respuesta del Estado también se replicaría, en tensión entre la represión y el asistencialismo. De todos modos, aquella tregua terminó en abril de 1997, cuando el conflicto social se amplió y sobre la ruta se plantaron trabajadores estatales y docentes junto a los desocupados.

La ruptura del fatalismo

Casi para la misma época, pero lejos, en Francia (lo que evidencia cierto rasgo estructural del capitalismo global), Pierre Bourdieu hablaba ante un grupo de desocupados organizados y los definía como “un verdadero milagro social”. “La primera conquista de este movimiento es el movimiento mismo: su mera existencia saca a los desempleados y, con ellos, a todos los trabajadores precarizados, cuyo número crece cada día, de la invisibilidad, del aislamiento, del silencio, en resumen, de la inexistencia”, recuperan el orgullo personal y una identidad, y “sobre todo nos recuerdan que una de las bases del actual orden económico y social es el desempleo masivo y la amenaza que eso implica para todos los que aún tienen trabajo.” Por eso, decía Bourdieu, “la movilización de aquellos cuya existencia constituye el factor principal de desmovilización es el más extraordinario aliento a la movilización, a la ruptura con el fatalismo político”.

Autonomía, heteronomía

La ecuación que sumaba ajuste en el sector público y privatización de empresas estatales, desempleo masivo, economías regionales devastadas por la desregulación, desindustrialización, cierre de ramales ferroviarios, entre otros factores, tuvo el mismo resultado en el sur y en el norte del país. La revuelta pionera quizá haya sido la de las mujeres de los mineros de Sierra Grande, Río Negro, en 1991, que cortaron la ruta 3 tras el cierre de Hypasam. Después de las protestas registradas en Neuquén, en mayo del 97 los piquetes en rutas y calles se repitieron en Salta y Jujuy: General Mosconi, Tartagal, San Salvador, Ledesma... Una experiencia peculiar, que todavía perdura, es la Unión de Trabajadores Desocupados (UTD) de Mosconi, la organización comunitaria que construyeron ex trabajadores de YPF, otros desempleados y jóvenes precarizados sin trayectoria laboral. En sus dos décadas de historia, la UTD ha logrado articular acciones de protesta como los piquetes, en reclamo de asistencia estatal, con acciones colectivas autónomas que tuvieron y siguen teniendo “un claro sentido de disputa territorial” –como observó Norma Giarracca–, en conflicto con el propio Estado y con los actores y las corporaciones del modelo extractivo de recursos naturales, sea petróleo o soja. Hoy, con un Estado otra vez en retirada, la UTD subsiste con la producción cooperativa de sus granjas, huertas y talleres.

Pensamiento insurgente

La emergencia en América latina, desde fines del siglo XX, de movimientos sociales como las organizaciones de desocupados, campesinos o pueblos originarios, renovó las prácticas políticas, las formas de sociabilidad y también los debates del pensamiento crítico. Propició, en palabras de Boaventura de Sousa Santos, un proceso de descolonización del saber y de reinvención de la emancipación social, una epistemología del sur, cuyo destino aún se está escribiendo.