El cuento por su autor

Ojos al ras (Alto Pogo, 2021) es mi primer libro de cuentos. Tiene como eje temático el vínculo civil con el terrorismo de Estado. Mientras pensaba los posibles tópicos para un libro que se pretendía como una constelación alrededor de una pequeña nouvelle llamada El Ablandador, aparecía con insistencia la idea de una familia tipo, una familia cualquiera, clase media, que vive su vida normalmente mientras a su alrededor el terror se expande como una sombra temerosa e intolerable. Pero no para todos; no para ellos. En ese contexto, un padre que sueña con que su hijo sea todo aquello que él no ha sido. El lago, un espejo en el que se refleja su deseo y la vez impide ver detrás, debajo. Le impide ver aquello que su hijo dice que dicen que existe y que él teme encontrarse. Boludeces, responde su padre, boludeces propias de la fantasía de los otros. Así, con este nervio empezó a tomar cuerpo "El monstruo del lago", un texto que se propone jugar en los bordes de los géneros para abordar una época, un mundo, que todavía la literatura necesita visitar una y mil veces.


EL MONSTRUO DEL LAGO

1

–Sebastián, ¿te acordaste de las antiparras? –Jorge no despega la mirada del camino. Lleva más de ocho horas al volante. Pararon una sola vez a cargar nafta. Ahí aprovecharon para ir al baño. Jorge se refrescó un poco: el viaje se le estaba haciendo demasiado largo. Silvia se ocupó de los chicos: Sebastián tenía hambre, Mariela también. Les compró unos alfajores y con el auto ya en la ruta les sirvió un poco del café con leche que había cargado en uno de los termos. En el otro lleva el agua caliente para el mate. Para Jorge es imposible salir a la ruta si no tiene a su mujer de copiloto cebándole unos amargos. Chupa la bombilla una, dos veces. Le pasa el mate vacío a Silvia. Mira por el retrovisor: Mariela duerme; Sebastián juega con uno de los pocketeers que le regalaron para el cumpleaños.

–Hijo, ¿trajiste las antiparras? –pregunta bajando un poco la voz, y el chico le dice que sí con la cabeza sin distraerse de lo importante: embocar la pelotita de metal en la boca de Superman para ganarse los mil puntos. Mariela la embocaba siempre, a él le es imposible. Cada vez que está cerca de lograrlo algo lo distrae y la pelotita termina en el agujero de la kriptonita. La risa de Mariela lo castiga más que la propia derrota. Por eso ahora, mientras su padre le habla, Sebastián trata de no desconcentrarse, a pesar de que lo que Jorge le pregunta es tan importante como ganarle a Mariela.

Lo único que hace Sebastián es nadar. Jorge lo lleva a la pileta tres veces por semana. Para el mismo cumpleaños en que las tías le dieron los pocketeers, él le regaló unas antiparras profesionales. Tiene nueve años, Jorge, comprale unas más baratas, le había dicho Silvia, pero él no, él quería que su hijo tuviera las mejores, se las merecía, sobre todo después de haber llegado segundo en la competición del club. Seba, podrías ser el mejor crawl de la categoría, dice el profesor cada vez que sale del agua todavía agitado por las respiraciones imperfectas. Y eso es lo que Jorge quiere corregir en las vacaciones: la respiración de Sebastián. Tiene que mejorar para alcanzar el lugar más alto del podio. Hay tiempo. Todavía faltan dos o tres meses para la próxima competición. Respirar mejor le va a dar la ventaja necesaria para quedarse con la victoria. Por eso Jorge eligió Córdoba. Villa Carlos Paz. El lago San Roque. En esas aguas su padre le había enseñado a nadar y él quiere hacer lo mismo con Sebastián.

–Nos subíamos a un bote y el abuelo remaba hasta que yo no hiciera pie. Entonces me tiraba al agua. Él me acompañaba y si veía que me iba para abajo me acercaba el remo y yo me agarraba hasta que volvía a probar. El lago no tiene bordes, o respirás bien o no llegás a la orilla –le cuenta Jorge a Sebastián mientras el Torino recorre el último tramo de ruta para entrar a la Villa.

–Pero en los lagos hay monstruos, papá –dice Sebastián y enseguida le cuenta a Jorge lo que Juan, uno de sus compañeros de escuela, le había contado: su tío decía haber visto algo así como un dinosaurio que vive en el fondo de un lago y que sale para tragarse los botes.

–Esas son pelotudeces, Seba. Seguro que el pibe ese habla del Nahuelito. No hay ninguna muestra científica de que exista ningún animal en ese lago. No te preocupes. Acá en el San Roque no hay ningún monstruo.

Jorge estaciona el auto en la puerta del hotel. Silvia se encarga de bajar a los chicos. Él, las valijas. Hace los trámites de ingreso, le dan la llave de la habitación: una cuádruple con cama de dos plazas y cucheta. Las cortinas un poco gastadas, igual el cubrecama. Jorge prende un cigarrillo. Silvia, el televisor: Andrea del Boca llora en primerísimo primer plano. Cambia de canal, en el noticiero de Córdoba hablan de un enfrentamiento en la zona del dique. Dos subversivos fueron abatidos por las fuerzas del orden, dice el presentador. Silvia se queda mirando. Jorge se prepara para pegarse una ducha. La noticia termina. El informe del clima anuncia que se espera sol radiante y buena temperatura para el día siguiente.

–¡Espectacular! –dice Jorge desde el baño–. ¿Escuchaste, Seba? Mañana, al lago. Prepará las antiparras.

2

El despertador suena a las nueve. Jorge ya está levantado. Silvia abre los ojos. Los chicos no se enteran de nada.

–Levantalos, yo voy a cargar nafta.

Jorge sale de la habitación. Silvia se mete en el baño. Sebastián se pone la malla de licra que usa en la pileta y arriba un pantalón de gimnasia. Mariela sigue durmiendo. Sebastián levanta el colchón y la mira entre las tablas del elástico de la cama cucheta. Mariela está boca arriba. Él deja caer un hilo de baba que aterriza en la frente de su hermana. Silvia lo ve justo. Le grita: ¡Pendejo asqueroso! Mariela se despierta, no entiende nada. Sebastián se ríe, sabe que su madre no va a decir nada. Mejor cubrirlo que soportar la cantinela de su hermana.

Cuando Jorge vuelve, los tres están listos. Silvia le pide que en el camino frene en un almacén. Quiere comprar fiambre, un poco de pan y mayonesa para el almuerzo. Jorge le dice que no se preocupe, que lo mejor es ir directo al lago. Que para el mediodía pueden volver y comer en el hotel. Se suben al auto. Jorge le da arranque. Pone marcha atrás, mueve; primera y sale. Mira por el retrovisor. Sebastián juega con el pocketeer, Mariela lo mira temerosa, está a punto de perder el récord: la pelotita, muy cerca de entrar en la boca de Superman.

–¿Trajiste las antiparras? –pregunta Jorge. Sebastián pierde la concentración. Kriptonita. Mariela sonríe tranquila.

3

Jorge rema. Sebastián va sentado en el piso del bote. La gorra y las antiparras puestas. La piel de gallina. El aire de la mañana todavía está frío. Jorge mide con el remo la profundidad. La marca es más alta que su hijo.

–Acá está bien –dice, mientras tira un pedazo de metal y cemento bien pesado que sirve como ancla. A unos cincuenta metros, en la orilla, Silvia estira la lona. Mariela construye una gruta con las piedras que saca del lago. Sebastián las mira. No puede distinguir lo que hacen. Agita los brazos, quiere que su mamá lo vea tirarse. Pero no. Ella ya está mirando al cielo, tomando el sol de la mañana.

–Uno, dos, tres –dice Jorge y Sebastián salta del bote apenas escucha que su padre arrastra la erre de la cuenta de largada.

La cabeza entra al agua por el hueco que abrieron los brazos en punta. Las piernas no salpican. Sebastián arquea el cuerpo, lo guía hacia la superficie. Jorge mira mientras junta el peso y mueve el bote para acompañar a su hijo. Sebastián patalea: rítmico, relajado, continuo. Mueve el brazo derecho.

La mano se desliza dentro del agua en línea recta, enfrente del hombro, empuja el agua, el cuerpo avanza. El movimiento sigue con la mano que rota apenas hacia afuera, el dedo índice entra primero mientras que el codo permanece alto y la muñeca recta. La mano busca la profundidad. Empuja otra vez el agua mientras Sebastián gira el cuerpo hacia un costado.

–Bien, Seba, bien… –grita Jorge moviendo los remos, pero Sebastián no lo escucha, todavía no sacó la cabeza del agua.

Mantiene el aire del primer impulso. No lo suelta por la nariz y la boca como le explicó mil veces el profesor. Jorge espera ese movimiento de cabeza, la boca ladeada, abierta; el aire que entra en los pulmones de su hijo mientras sigue a pura brazada con el ritmo que lo hace el mejor de la clase. Pero no, no llega. Jorge no entiende por qué le cuesta tanto.

–¡Dale, Seba, respirá, carajo!

En ese momento justo, el chico saca la cabeza del agua, pierde el ritmo de las brazadas y trata de quedarse a flote a fuerza de piernas.

–¡Un monstruo! ¡Hay un monstruo! –Sebastián nada en dirección al bote. Jorge le alcanza el remo, el chico se agarra y mira a su padre a través del acrílico de las antiparras–. ¡Hay un monstruo, papá!

–Dejate de joder con eso. No seas boludo. Lo único que hay es agua y un mariconazo que no se anima respirar como Dios manda. –Jorge agita el remo. Le pide a Sebastián que se suelte, que nade. Le dice que si quiere llegar a la orilla va a tener que meter la cabeza en el agua y bracear–. ¡No al pedo te llevo tres veces por semana a ese club de mierda! –Sebastián llora. Pero Jorge no se da cuenta, las lágrimas quedan adentro de las antiparras–. Dale, ¡al agua!

El chico se sumerge. Los ojos cerrados le esconden el fondo. Cuenta hasta diez. Los brazos entran al agua desprolijos. Suelta el aire. Mueve la cabeza. Abre la boca de costado. Toma aire.

–¡Bien, carajo! ¡Bien! –grita Jorge. Sebastián no lo escucha. Piensa en la sombra que vio a lo lejos, debajo del agua cristalina. Piensa que cada brazada lo acerca un poco más a esa figura amorfa. Abre los ojos. El fondo del lago se ve lleno de piedras. Sebastián se concentra en eso. El agua es tan transparente que puede verlo todo. Nada. Un brazo primero, después el otro. Rítmico. Respira otra vez y en esa fracción de segundo escucha gritar a su padre. Hunde la cara en el agua. Los ojos abiertos. El acrílico de las antiparras un poco empañado. Mira el fondo. Las piedras se alejan. Bracea. Respira. Hunde la cara, mira hacia la orilla, lo ve y ya no puede seguir.

Los pies de cemento, la piel desgranada, los ojos abiertos.