Silvia Arazi
Tener o no tener
¿Qué es el talento? ¿Quién lo posee de verdad? ¿Qué hacer con él para evitar la autodestrucción? Estos son algunos de los interrogantes que, a la manera clásica e intensa de Thomas Mann, se plantea la novela de Silvia Arazi, La maestra de canto, una ficción que trata un tema crucial del arte a la manera casi clásica.

Un gran talento es en el fondo una numerosa inutilidad para casi todo lo demás, sentenció alguna vez un escritor; pero ¿qué es el talento? ¿Se nace con él y, al reconocerlo, se lo cultiva y domina como a una bestia enjaulada que pugna por salir? ¿Puede el talento desaparecer de un día para otro sin dar tiempo a percibir la sombra del fracaso? O dicho de otra manera: ¿qué ocurre cuando el talento es demasiado inmenso, verdaderamente excepcional, una fuerza arrolladora que no consigue ser materializada por ninguna clase de género artístico  y rebasa todos los límites? ¿Hacía dónde se dirige? Tal vez hacía su propia destrucción. Ahora ya puede decirse: Silvia Arazi escribe sobre uno de esos grandes temas poco recurrentes en la narrativa actual: la relación compleja y hasta tortuosa que existe muchas veces en torno al arte y el artista, en el sentido que Thomas Mann lo planteó en su Doktor Faustus. Ahora se trata simplemente de inscribir a La maestra de canto en una tradición literaria bien definida, consciente  de que sus preocupaciones son a la vez estéticas y existenciales, o acaso, por qué no, metafísicas.Y lo hace a partir de una historia aparentemente sencilla y contemporánea, cuya complejidad va en aumento a medida que avanza la trama, al igual que en la música; sólo que en este caso todo se resignifica poco antes del silencio, en el lugar exacto donde las palabras sufren la vertiginosa impotencia de lo inefable. “Pienso en nuestro matrimonio, en aquel entonces, en el momento en que conocí a Úrsula. Me gustaría poder ver esa época con claridad, aunque me temo que lo que ocurrió a partir de aquel encuentro actúa como una pared de niebla que se instala a mi alrededor y me impide recobrar el pasado, si eso fuera posible. La memoria se comporta como una dama extravagante y loca que deambula sonámbula por los pasillos de una casa oscura, seleccionando fragmentos del pasado, y lo hace de una forma tan arbitraria que algunos hechos significativos quedan sepultados para siempre, mientras que otros, que no tienen la menor importancia (una imagen, un gesto, quizá una palabra que nos parecía inocente) regresan una y otra vez con una prepotencia absurda”. Así se habla Ana a sí misma mientras busca instalar el pasado en el presente de la narración y de ese modo desarticular, como quien va detrás de un mensaje cifrado, qué verdad esconde la muerte de Federico, su marido. Pero antes tendrá que reconstruir pieza por pieza los momentos vividos junto a Úrsula Fuchs, aquella enigmática, joven y talentosa mujer de origen alemán que irrumpió en su vida poco antes de  una clase de canto con la maestra Mara Bertollini, otro personaje muy logrado en el que se mezclan, por medio de una fresca ironía y un humor recalcitrante, la rigurosidad académica, cierto desencanto y convicciones con respecto a la técnica del canto. “La Bertollini apoya una  mano sobre mi abdomen, me dice cosas extrañísimas sobre algo que ella llama ‘apoyo’ y ‘fiato’ y conduce mi voz de arriba a abajo en escalas y arpegios de todo tipo. Alcanzamos alturas imposibles. Y ella repite como hablando consigo misma: “Soubrette. No hay dudas. Tal vez con el tiempo se convierta en una soprano lírica”. Y más adelante, Ana recordará: “Luego sufriría un gran desencanto al enterarme de que la voz de Soubrette no goza de mucho prestigio y que se caracteriza por no tener mucha extensión ni volumen, y que, con suerte, yo estaría condenada de por vida a hacer de coqueta o de mucamita pícara”. Por entonces pareciera que a Ana también la salva el humor o el hecho de no tomarse demasiado en serio a sí misma pero sí al canto.

La incorporación de Úrsula en los ensayos para un Concierto de Brahms es el comienzo de una relación triangular, tan intensa como compleja. El joven matrimonio de Ana y Federico se ve subyugado por esta joven enigmática y caprichosa, dueña de un talento natural que prescinde de toda abnegación como si el arte fuera para unos pocos, los elegidos.Algo ligeramente aterrador hay en ella, y destructivo; pero al mismo tiempo tan puro como la violencia natural de un huracán o como cualquier otra cosa esencialmente devastadora. Y es justamente en esa zona donde surge lo más interesante que tiene La maestra de canto, allí donde se espera un conflicto de pareja provocado por una extraña, Silvia Arazi redobla la apuesta y se sumerge de lleno con una prosa intensa en la problemática existencial de Federico; su muerte como un acto de denuncia cuyo motivo  habrá que reconstruir a partir de una lucha secreta que entabló entre la vida y el arte. ¿Por dónde comenzar? Ana va detrás de un rompecabezas imposible durante años. Resignifica momentos de aquellos años,las primeras conversaciones,el día en que se conocieron y él hablaba de que le gustaba tocar el oboe por su abuelo aunque no era la música su lenguaje y,tras una novela que nunca pudo terminar de escribir, el dibujo y la pintura aparecieron como aquello que podía llegar a salvarlo. Sensible y excesivamente lúcido, lector voraz de biografías de artistas, entre Schoenberg y Kandisky va armando su propia familia espiritual, modelos a seguir. No hay nada de extraño en ser joven y pretender que se ha nacido para grandes cosas. Sólo que Úrsula -otra vez la genial y atormentada Úrsula-  despierta en Federico algo más que admiración. Ana llegará a sentir que un día estuvo muy cerca de revelar la incógnita. Aquel en el que surgió la charla sobre el innegable talento de su amiga y ella le planteó que era desmesurado pretender tener ese privilegio. El privilegio de los dioses, dijo. 

A lo mejor el sentido del fracaso no se encuentre ya como contracara del éxito o la fama sino en algo que no termina de nacer nunca,incluso cuando se dan esas dos variantes tan necesarias que son la necesidad y la posibilidad de dedicarse al arte. “Cuando los examino objetivamente veo lo mismo que veía en mis poemas, o en aquella novela, que, por supuesto, nunca terminé. ¿Sabés lo que veo en mis trabajos? Veo lo peor de mí, veo expuestas todas mis miserias: mi falta de libertad, mi vanidad, mi cobardía”, dice Federico; pero hay algo que él no puede ver en su imposibilidad de crear: un dolor arraigado, profundo; y es el núcleo central de La maestra de canto, una novela notable, durísima y honesta como se pretenden algunas verdades.

La maestra de canto Silvia Arazi Letras Del Sur 185 páginas

Tu navegador tiene deshabilitado el uso de Cookies. Algunas funcionalidades de Página/12 necesitan que lo habilites para funcionar. Si no sabés como hacerlo hacé CLICK AQUÍ