DONDE MANDA MARINERO

1997

Hace poco Andrés me explicó que sus canciones no eran suyas, en realidad. “¿Acaso vos no sentís que ‘Yesterday’ es tuya?”. Y agregó: “El truco es escribir en primera persona, para que cada uno escriba su autobiografía con mis canciones... ¡si las entienden!”.

EL SUPERÉXITO TIENE UNA AMENAZA IMPLÍCITA

1998

Una de las canciones más felices firmadas por Andrés Calamaro en el último disco de Los Rodríguez, Palabras más, palabras menos, se llama “Diez años después”. Un título que no es casualidad. Porque ese lapso de tiempo –una década– parece ser una constante recurrente dentro de la historia artística de Calamaro. La comparación, diez años antes. O diez años después. “Es que realmente hay como una historia de diez en diez”, confirma Andrés. “Porque fue en el 83 que con Los Abuelos hicimos ‘Mil horas’, y diez años después, con Los Rodríguez hicimos ‘Sin documentos’. Y si el 86 yo me quede solo fuera de los Abuelos, diez años después llegó el momento de ser solista nuevamente”.

La verdad es que casi parece que con Alta suciedad hubieras podido reescribir la historia, ¿no es cierto? Diez años atrás dejaste un grupo de éxito para iniciar una carrera solista que fracasó. Y ahora lo hiciste otra vez, salvo que de la manera correcta...

—Diez años siempre es mucho tiempo, pero en la Argentina a veces no es suficiente. La verdad es que una de las cosas de las que me siento orgulloso es que en la Argentina la gente siempre trató muy bien a Los Rodríguez. En su momento, es cierto, fui castigado por el fracaso. Pero esta vez me parece que nadie se sintió muy ofendido porque me fuera de Los Rodríguez.

Es que aquella vez vos eras el jovencito de la rima fácil, el que le robaba el protagonismo en el grupo a Miguel Abuelo. En cambio esta vez el consenso era que, al reiniciar tu carrera solista, solo ibas a buscar lo que te pertenecía.

—Te voy a confesar algo. Tal como te decía antes, a diez años del éxito de “Mil horas” nosotros la pegamos con “Sin documentos”. Pero antes de ese disco, yo estuve a punto de volverme a Buenos Aires para grabar esas canciones allá. Estuve a punto de abandonar todo, realmente. Nosotros habíamos hecho un demo que es igual al disco, con dos canciones menos, lo mostramos en todos lados y nadie lo quería. Así que yo en un momento tuve una reunión con nuestro mánager de entonces y con Ariel Rot, para decirles que me volvía a la Argentina. En aquel momento solo pensaba en eso. Así que la oferta de DRO llegó en el momento justo.

O sea que, pese al rechazo, vos confiabas en esas canciones...

—Confiaba en ese disco. Para nosotros, Los Rodríguez, fue un crack. O, según la ley de las papas fritas, un boom.

Portada de The Calamaro Files

EL CAMINO MÁS DIFÍCIL

2000

—“¿Vos no escribís una nota por día?”, me preguntó.
—“Sí”, le respondí.
—“¿Y entonces qué tiene de raro que yo escriba una canción por día?”, insistió Andrés Calamaro desde el fondo del calor del verano porteño. “Si te sorprende es porque los artistas suelen ser unos vagos. Yo no lo soy. Y escribo más de una canción por día. He llegado a hacer diez en un solo día. Porque si escribo solo una, estoy a apenas una canción de que pase un día sin escribir una canción. Y eso sí que me da miedo”, decía Calamaro desde lo profundo de Deep Camboya, el diminuto cuarto devenido estudio ubicado bien al fondo del entrepiso de su hogar en pleno Barrio Norte porteño.

“Este es el disco”, dice ahora Calamaro, y alarga un mamarracheado deplegable de cartón que luce un dibujo de un pez, y contiene los cinco discos en cuestión. A pesar de estar aún en su magma original, el nuevo opus de Calamaro ya toma forma. Sus nuevas canciones no están repartidas en innumerables CDs a los que hay que ir recorriendo, separando el oro aquí y allá. Ahora se trata de cinco discos, el primero de los cuales es el que quiere su discográfica, los cuatro siguientes son los que completan el cuadro y al escucharlos se comprende por qué Calamaro quiere que se vendan todos juntos. En el primer disco, por ejemplo, está una de las “canciones turras”. ¿Qué son las canciones turras? Son los hits perfectos marca Calamaro, estribillos que toman por asalto tu cabeza como un virus y se niegan a salir de allí. Durante aquella visita estival, Calamaro esgrimía todo un CD etiquetado con ese nombre. De aquellos virus, solo ha sobrevivido uno, justo el tema que queda sonando en la oreja del atrevido visitante que se atreva a escuchar los cinco discos de una larga sentada. “Pero ya les he dicho que si este tema va como simple, yo lo saco del disco”, advierte Calamaro. ¿Por qué? “Porque yo solo quiero verdades en mis canciones, y esta canción es mentirosa”. Y agrega, casi en un susurro: “Quiero hacerme a un lado de todo, salir de la máquina. El año pasado agarré mis canciones y me junté a escucharlas con una pareja amiga, y les decía: estas canciones las vamos a escuchar solo nosotros. Y, la verdad, a veces me gustaría que así sea”.

Calamaro con Martín Pérez, en Madrid, 1995

CUINO SCORNIK

2006

Por aquellos días, los periodistas que solían acercarse a Deep Camboya, el nombre de aquel estudio casero y en llamas ubicado al fondo y arriba del departamento de Calamaro, solían ser sometidos a una larga sesión de escucha de cintas y cintas. Si el periodista se quedaba suficiente tiempo, incluso podía ver de primera mano cómo se hacía una grabación, y hasta participar de ella. Luego de presenciar la escritura a repetición de alguna letra en algún cuaderno espiralado, o la investigación de cancioneros varios apilados en un rincón, también podía llegar el pedido de una letra. Ante el mínimo titubeo, Andrés respondía: “¿Ves? Al Cuino nunca le faltan”.

“Lo que nos impulsaba por entonces era el deseo de no querer dormir. Porque difícilmente el momento de despertarse iba a ser tan bueno como ese momento en que te quedaste dormido. Y con el correr de las canciones y los días, se transformó en algo heroico, que tenía que ver con mojarle la oreja a todo el mundo. Teníamos charlas donde hablábamos que grandes autores, compositores, músicos, colegas, amigos... Por ahí te los encontrabas y te decían: escribí una canción. Nosotros decíamos: ¡una canción! Nosotros una canción te la escribimos en un rato. ¡Hacer solo una canción por día para nosotros era un fracaso!”.

Una ajustada cronología de aquella furiosa época lo pone al Cuino como invitado en dos temas apenas en Honestidad brutal, pero como protagonista luego en El salmón, un disco que se grabó sin pensar en hacer un disco. “Por esas cosas que pasan cuando uno hace canciones, vive con el volumen muy alto y no se guarda sus malos humores, terminamos cambiando la geografía y fuimos a seguir grabando en un apart hotel”, recuerda el Cuino, que devino en socio artístico, amigo y contacto con la realidad hotelera. “Conseguimos una habitación doble, con un cuarto y un living para Andrés y su pareja en aquel entonces, que se comunicaba por dentro con mi cuarto. En el living armamos el estudio, que era Camboya Cheto. Por eso hay un tema en El salmón que se llama ‘Empanadas de vigilia’, que dice ‘Mi vida se divide en tres piezas, en una tengo dos de las tres cosas’, que era la mía, donde tenía sexo y drogas. Y después, cuando dice ‘En otra, rock and roll, y en otra no me toca’, estoy hablando del living de la habitación de Andrés y su chica”.

ARIEL ROT

2004

“Para quienes estén pendientes de Andrés, quiero que sepan que está bárbaro”, anuncia quien no solo fue su compinche durante años, sino que además actualmente está casado con la hermana de Mónica, la mujer de Calamaro. “Está contento, viviendo en el campo, muy sano. Se dedica básicamente a cocinar, y tiene un huerto y un burro. Y no quiere recibir ninguna vibración que no sea la del campo, el huerto y el burro”, explica Ariel, quien aún se confiesa como fan de su amigo Andrés, y así es como educadamente comenta que le ha sabido a poco El cantante, su último disco. “Lo que más me gusta del disco son sus temas, y me he quedado con ganas de escuchar más”.

Si en la segunda mitad de los ochenta Ariel se sumó alegremente a la banda porteña de Calamaro huyendo de los trágicos coletazos de la movida madrileña, también supo llevarse al Cantante a Madrid al despuntar la década del noventa para formar el grupo con el que se tomarían revancha de sus respectivos fracasos como solistas a ambos lados del Atlántico. “Vine a promocionar Debajo del puente y la pasé tan bien que decidí sumarme a la banda de Andrés”, cuenta Ariel, que asegura que recién cuando se instaló aquí logró desengancharse de la heroína. Y para ejemplificarlo canta algunos versos de “Me estás atrapando otra vez” (“Debería dejarte, irme lejos, no volver”), un tema del segundo álbum de Los Rodríguez, que escribió justo antes de decidirse a abandonar Madrid. “Además, tené en cuenta que Buenos Aires era una fiesta, había cocaína por todos lados y la gente aún no se empezaba a tirar de los balcones. Y como yo venía de un palo que era todo lo contrario, lo que me interesaba era la noche y la joda”. Algo que Ariel supo encontrar durante los tres años que estuvo por aquí.

-Con la banda de Andrés hicimos por el interior giras largas, delirantes y gloriosas. Arrancábamos desde Buenos Aires con la bolsa llena, con lo cual el estado de locura era total. Las primeras diez horas viajábamos todos de pie, hablando, como si estuviéramos en la barra de un bar. Al regreso, cuando tocábamos en Paraguay, comprábamos un whisky The Monk, obviamente falso. Pero que nosotros suponíamos mejor que el original, porque te volvía loco, era como tomar absenta. Además, musicalmente teníamos un sonido poderoso, que sentó precedente cuando armamos Los Rodríguez: no nos podíamos quedar ahí, tocando cancheros, teníamos que alcanzar esa intensidad.

Pero tanto en aquella gloriosa época solista argenta como en los primeros años Rodríguez en España, el éxito no supo responder al llamado... ¿Qué fue lo que los mantuvo unidos?

-La falta de otra opción. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Éramos amigos y tocábamos juntos, y pensábamos que íbamos a triunfar por derecho. La zanahoria estaba siempre por delante.

Nota publicada originalmente por la revista La Mano

TRES TERMOS CON ANDRÉS

2005

¿Cómo fue lo de El cantante?
-Estaba muy despistado, estaba trabajando y no llegaba a ninguna parte. Lo estaba intentando con grabaciones viejas, haciendo música para la película El delantal de Lilí, tratando de decidir qué hacer con esas canciones y grabaciones que teníamos. Y en un momento lo llamé a Javi Limón para meterlo un poco en esa dinámica. Tenía listas un par de grabaciones por si quería laburarlas, una que se llama “Para torero”: “Iba para torero como buen andaluz sangre y albero, vivir con honor”... y otra más que le gustaba. Y ahí se nos ocurrió juntarnos con los chicos y grabar principalmente Gardel y boleros. A mí es un repertorio que me gusta mucho, y lo grabamos. Y los discos nunca se escuchan inmediatamente. La última vez lo escuchamos masterizado, y nos encantó.

Es gracioso como los nombres de tus discos se transforman en seudónimos, eras El Salmón, ahora El Cantante. ¿Quién eligió el nombre del disco?

-Yo quería llamarlo Canciones favoritas de este perro y poner una linda foto de un lindo perro en la tapa.

Como en Grabaciones encontradas...

-Sí, pero una foto más encantadora aún. Como si fuera el repertorio favorito de un tipo cualquiera.

El año pasado, cuando le pregunté a Ariel Rot cómo estabas, me dijo: “Andrés está bien, tiene un campo, un huerto y un burro y no quiere recibir ninguna otra vibra que no sea la del campo, la del huerto y la del burro”.

-Es verdad, Ariel la tiene clara y siempre que dice cosas las dice con elegancia y como un caballero. Lo dijo bien.

¿Cómo saliste de ese campo, el huerto y el burro para terminar acá?

-Quería venir, me cansé un poco de no hacer nada y me vine a no hacer nada acá. Cuando Diego jugaba en Barcelona, Sergio Makaroff escribía en una de esas revistas y le fue a hacer un reportaje. Y le preguntó qué extrañaba de la Argentina y él dijo: “Los amigos, la comida... todo”.

¿Vos hubieras respondido lo mismo?

-Yo creo que eso lo podría haber dicho cualquiera, ¿no? Quiero decir, acá tocamos un nervio muy sensible que es Maradona. Si Diego sigue dando vueltas por el mundo sin llegar a ningún puerto, todos estamos así. No vamos a llegar a ningún puerto mientras él no llegue.

Foto: Thomas Canet

EL REGRESADO

2005

“Soy un gauchito nuevo”, dice Andrés Calamaro, y su rostro se ilumina con una sonrisa de oreja a oreja. Así se definió en un luminoso mail que envió desde Nueva York un par de semanas atrás, cuando estaba mezclando el flamante El regreso, y así vuelve a definirse ahora, sentado en la cocina de un hogar porteño, tomando una y otra pava de mate con el grabador encendido. Y apagado. Y encendido otra vez. Como debe ser.

“Hay que terminar con la tristeza”, anuncia este Cantante, decididamente de regreso, con un mate amargo entre las manos, como también debe ser. Toma un largo sorbo, y continúa, ya no tan sonriente: “Hay gente que no va a poder decir esto, principalmente los humildes y los enfermos, hay gente que nunca va a poder escapar de la tristeza y de la injusticia. Que nunca va a poder vivir la alegría que estoy viviendo yo, que estamos sintiendo nosotros en este momento... Sabemos que las adversidades existen, ¿no? Incluso que a todos nos va a llegar la hora, pero en este momento disfrutamos de un mate, que para muchos argentinos es lo único que pueden disfrutar, y que en el resto del mundo ni siquiera lo conocen”.

“Cuando uno es feliz, no hace falta escribir nada”, asegura Calamaro, poniéndose muy serio. Y agrega: “Toda la vida prefiero ser feliz antes que escribir canciones. Como dice Litto Nebbia en su libro Reflexiones, el arte y la poesía están en las cosas cotidianas. Yo siempre quise ser un músico y sacar chispas de mi instrumento, lo de escribir lindas canciones es un título que me honra y que lo acepto, aunque hubo otras décadas en que no parecía ser tan importante. Pero yo no hice las canciones para mujeres ni para hombres, las hice porque me gustó estar ahí, al lado de la música surgiendo, cerquita del volcán. Y, en el mejor de los casos, merecer el respeto de mis pares, de los otros músicos, de los especialistas, de la gente sensible que sabe escuchar música.

Bueno, ya está, ¿no? Volviste a la sala de ensayo, te emocionaste arriba de un escenario... las canciones ya van a venir.

-Me falta disfrutar un poco más del escenario. Y no me voy a poner nervioso si las canciones no vienen. Todos los días escribo un poquito, porque no lo puedo evitar. Pero para mí la música fue una experiencia psicodélica, babasónica, así que es probable que todavía no tenga el alta para todas mis neuronas. Me prendí fuego tratando de escribir mi mejor canción y lo logré, tanto el fuego como la canción. Pero para llorar a la iglesia todavía me faltan veinte años. Mi sociedad con la cocaína ya terminó. A la pelota no la ensuciamos, ¿verdad? Y lo único que un hombre no tiene que ser es ni maleducado ni alcahuete.

Portada de La Lengua Popular, por Liniers

ESTA LENGUA ES MÍA

2007

Cuando habla de las virtudes de La lengua popular, Calamaro las resume en dos nombres: Cachorro López y Liniers. Lo de Cachorro tiene otro volumen, ya que Calamaro asegura que fue el que vio venir el disco. “Arrancamos con seis temas”, recuerda. “Yo negociaba para grabar algunos rocks extraviados, pero López me pidió que escriba nuevas cosas. Y sabía exactamente lo que el disco necesitaba”.

¿Trabajaste a pedido?

-Digamos que sí. Un pedido, una sugerencia, una orden, un desafío, una necesidad. Como músico y autor tenía que darle a Cachorro lo que hiciera falta para que lleve la carabela hasta las Indias, digamos. Hagamos un rock medio tiempo, una balada roquera, algo con este ritmo... funcionaba así.

Eso te ayudó a devolver la canción a la jaula, de la que se habían escapado en la época de El salmón y después... ¡Porque las canciones mandaban entonces!

-La verdad que le tengo que dar las gracias a Cachorro por eso. No se conformó con lo que se podía grabar conmigo, sino que me puso un par de puntos. ¡Y se bancó mi primera cara de pánico! Me dijo que usemos el estudio, nuestro tiempo, para hacer canciones. Y así fue como un lunes cualquiera llegamos al estudio para escribir canciones, e hicimos una ese día, otra el martes, otra el miércoles y una cuarta el jueves...

Como el método Salmón, pero más ordenado. Tratando de mantener las riendas...

-Es que el Salmón era un dragón, que incendiaba las posibles riendas...

De alguna manera, se podría decir que Limón te devolvió al estudio, la Bersuit al escenario y Cachorro te devolvió las canciones.

-¡Qué bonito! Sí, así fue. Resumiéndolo bastante... ¡Pero fue exactamente así! Y Litto fue la época de hacer realidad los sueños que soñamos despiertos. Hubo que recuperar la confianza primero, pero la humildad después. Con la esperanza delante y los recuerdos detrás, diría Yupanqui. Fue así: Limón me devolvió la música, Bersuit la confianza, Litto la humildad, Cachorro las canciones. Venía esquivando baldosas, y terminé curtiendo popular grosso.

Tapa del disco On The Rock

ROCA Y CAMINO

2010

¿Qué pensás que se puede hacer mientras el mundo parece torcerse hacia la derecha? Además de tocar en una banda de rock, como decían los Stones, claro...

—Últimamente siento que perdimos la cuarta guerra mundial. Hace diez años estábamos hablando de una tercera vía de pensamiento para cuestiones profundas y complejas. Pero el asunto vasco, el ultracapitalismo, los poderosos cambiando figuritas que son los medios de comunicación y empresas múltiples perfectamente metidas en nuestros hogares con furia, la transformación de la cultura, la solidaridad brillando por su ausencia mientras mueren humanos como moscas, la debacle ecológica, etc.... El enemigo es muy grande y estamos con la mierda hasta el cuello. Nosotros tenemos que aferrarnos a nuestros valores y a la verdad, darse cuenta un poco todos los días y discutirlo. No pensar que nuestra opinión no sirve para nada, ni reducir la progresía a debates infantiles que discutan la importancia de suspender las corridas de toros. La ultima trampa de la progresía es no ser progresista, disfrazarse con algún cliché “anti-algo” y participar en el coro ultraconservador... ¡a veces sin darse cuenta!

IGUAL QUE ENTONCES

2018

En estos tiempos de libros de rock, Andrés Calamaro ya tuvo el suyo, como no podía ser de otra manera. “Para escribir Paracaídas y vueltas necesité de casi toda una vida. Muchos años. Y después un par de años más, para elegir, corregir y pensar un índice”, enumera. “Escribí para que no me escriban, y te aseguro que es mi biografía más auténtica, leyendo textual o entre líneas”, dice del libro que editó dos años atrás por la editorial Planeta, y que reúne textos de diversa procedencia, desde diarios de viaje hasta prólogos para libros ajenos y obituarios de amigos y colegas varios. “Mi idea fue publicar un libro de literatura que también responda a la curiosidad en busca de respuestas. Hubiera preferido que fuese un libro ‘literario’ pero la editorial prefirió una foto mía en la portada”, se resigna Calamaro, melómano confeso, últimamente tan dedicado a los vinilos como a ese mate que bebe incluso arriba del escenario. “Después de pasar mil años agachado, escuchando mi propia música recién grabada, volví a darle importancia al simple tema de escuchar buenos discos con el mejor sonido posible. Soy argentino hasta en la Luna y quizá un poco también sea un español de Madrid, donde me siento como en casa. Pero mi patria son los discos. Tengo otras patrias, por suerte, pero los discos son la Capital: el DC. Hablo de la música que escucho, la música que hago yo está fuera de mi relación con los discos. Porque una cosa es la música que hago, tanto en grabación como en directo, y otra distinta es lo que escucho. La gran mayoría de los discos que existen son mejores que los míos”.

Siempre fuiste fan del rock argentino, debe ser difícil acostumbrarse a una realidad en la que sus figuras han ido desapareciendo demasiado temprano, como sucedió con la muerte de Luis Alberto Spinetta o Gustavo Cerati...

-Es algo que jamás me hubiera imaginado: estar tan solos en el rock de toda la vida. No te podés acostumbrar a eso. La muerte de Spinetta, por ejemplo, fue una tremenda sacudida. Desaparecí tres meses para involucrarme en episodios tóxicos de los que tampoco resulta sencillo regresar. Creo que todavía no pude volver a escucharlo.