La más generalizada degradación de la sexualidad femenina

1. Siempre toma tiempo hablar de la familia ante alguien. El motivo es que hablar erotiza el vínculo de manera inmediata. Y este erotismo es incestuoso. Por eso a ella la deserotiza corroborar que él use medias de hilo... como su papá. No es que él use medias como las de su papá. Es que a ella se le ocurra la idea. Y prefiere callar.

Esta deserotización es señal de la represión del erotismo, también inmediata. La represión es necesaria porque con él sería posible el incesto. Por eso ella prefiere quedar dividida entre lo sexual y lo tierno. Con este síntoma, divide el erotismo: nunca va a acostarse con papá, nunca la ternura implicará estar en posición pasiva con un hombre. La deserotización reprime la fantasía de seducción y así es que puede enamorarse de hombres que no desea y, por lo tanto, admira (las mujeres admiran a los hombres para no desearlos); tanto como soportar el deseo de hombres que degrada. Sólo puede acostarse con uno en la medida en que piensa en el otro.

2. Él le dice que no, y ella entiende que la rechaza. Como respuesta a esta decepción ella se enoja y adopta la actitud orgullosa de hacerle sentir su falta. Se hace buscar, le expone que su amor es dispensable y puede ser de otros, le muestra que puede perderla.

Sin embargo, él no la rechazó, sí le dijo que no. Le pide perdón, como en la canción de Andrés Calamaro: “Yo no quise lastimarte, solamente te dije que no”. Pero ella entiende que él la rechaza, y así justifica su pequeño resentimiento. Obtiene el goce del despecho, y luego se arrepiente, se siente sola y va a buscarlo. Porque su enojo no la separa, sino que la une a él, más que el amor. 

“Como odian los amantes”, dice la canción de Joaquín Sabina. Pero él no la rechazó, solo le dijo que no. Y ella no puede escucharlo a él solo, sino que escucha su rechazo. Él le habla con el corazón, incluso cuando le dice que no. Pero ella escucha su propia fantasía (me rechaza) y responde con su síntoma (la venganza). Así durante años de análisis. 

Poder escuchar, alguna vez, esa negativa de un modo diferente, que no sea una privación, puede ser un buen final. Y el inicio de otro amor.

3. Recibo a un hombre que, después de una separación, sale con diversas mujeres. Le sorprende su capacidad de seducción. Sale con: la “locutora”, la “vegana”, la “que juega al fútbol”, etc. Conoció a su última conquista en un velorio. Y está angustiado e insatisfecho. Le digo que es comprensible, ya que para acostarse con una mujer no hay más que representar un papel. No es poco, pero tampoco eso lo hace un hombre. Se ríe y habla de las veces que se le declararon alumnas que, concluida la cursada, después ni lo saludaron en los pasillos. Le digo que para acostarse con una mujer no hay más que destituirse como hombre y actuar una fantasía: la del docente y la alumna, la del gracioso en un velorio, etc. No hay más que poner el cuerpo, pero tampoco es gran cosa. A los varones no les cuesta poner el cuerpo para la fantasía de las mujeres. Por eso el Don Juan es un fantasma femenino. 

Esta referencia al cuerpo le hace recordar que el otro día vio a su ex mujer y ni bien se dieron la mano “estaba para romper paredes”. Le digo que no es lo mismo acostarse con mujeres que sentir deseo por una. Es algo que todavía le molesta: puede estar con muchas, pero si tiene que masturbarse piensa en ella. Le digo que no es lo mismo actuar un personaje en la fantasía de una mujer, que meter una mujer en su fantasía. “Ahí ellas no entran”, dice. “Las dejás del otro lado de la pared”, le digo. 

Me dice que está cansado de acostarse con mujeres. “Debe ser de las cosas más aburridas...”, digo y él completa el chiste: “...como hacer trámites en la Afip”. Entonces yo recuerdo algo que dijo hace un tiempo y le pregunto: “¿Arreglaste lo del monotributo?”. “Sí, fue un dolor de huevos, no sé en qué estaba pensando cuando dejé la relación de dependencia para hacerme el autónomo”, me dice.

4. Una mujer me cuenta que salió con un hombre que la cautivó. Destaca un detalle de su atractivo. Ninguna demostración grandilocuente de su potencia, sino una secuencia: al pasar junto a un espejo, él mira hacia adelante y ella puede ver que tiene un perfil precioso. “La indiferencia ante su imagen”, me dice. “Quizá estaba más interesado en verte a vos”, le digo. “¿No era que ya no hay hombres?”, me pregunta riendo. Cada tanto aparece alguno, debe ser un malentendido. Por suerte.

5. Llego a la Facultad de Filosofía y Letras. Voy a dar clases de Estética. En la escalera, delante mío, noto una presencia. No presto atención hasta que la persona trastabilla. Es una mujer, en una mano tiene el celular. Lo mira mientras, con la otra mano, ataja el borde inferior de su vestido contra sus piernas. Ella se defiende de una mirada, que no es la mía porque yo soy otro zombie que sube la escalera con el teléfono en la mano. Si ella no se hubiera tropezado, no nos habríamos visto ni saludado. Yo dije: “Epa, qué palo te pudiste pegar”. En simultáneo pensé (es mi síntoma) que tendría que haberle preguntado si estaba bien. Si el erotismo dependiera de nosotros, la especie humana se habría extinguido. El erotismo empieza donde una mirada precede a los que se ven. Y después viene el síntoma o la estética.

* Doctor en Filosofía y Doctor en Psicología (UBA). Coordina la Licenciatura en Filosofía de UCES. Miembro del Foro Analítico del Río de La Plata. Autor, entre otros libros, de Celos y envidia. Dos pasiones del ser hablante (2012), Ya no hay hombres. Ensayos sobre la destitución masculina (2016) y Edipo y violencia. Por qué los hombres odian a las mujeres (2017).