A don Borges el pan del premio Nobel se le quemó, una y otra vez, en la puerta del horno. El Sumo Ciego se divertía con esa frustración anual. Nosotros, cada octubre quedábamos mustios. Hoy sabemos que el prodigioso escritor se fue a respirar de otra manera. Pero la frustración no amaina. Pregunta: ¿Por qué persiste esta “herida absurda” provocada por el no Nobel? ¿Será que a los argentinos nos resulta insoportable no ser campeones ecuménicos de algo? La proximidad del Mundial agrava esa neurosis.

Flor de momento éste para reflexionar sobre nuestras virtudes, defectos, mañas… Por ahí descubrimos que nos encanta, hasta la desesperación, ser campeones mundiales. Ser subcampeones nos resulta vergonzante. Dicho en lenguaje de vereda: Aquí, el que no es campeón mundial de algo es un pelotudo. No sólo eso: cuando se nos da un campeón mundial lo consideramos decisión de Dios. Porque –recordemos– Dios es argentino por parte de padre y madre.

Pero la realidad ¿la única verdad? nos viene avisando que los argentinos no somos “los mejores del mundo”. Pero ojo al piojo: tampoco “somos los peores”. Ser argentino es algo que le puede pasar a cualquiera. De todos modos, porfiados, creemos ser los más. Y encontramos consuelo cuando los Vargas Llosa nos dicen que somos “los más inexplicables”. Siempre, “los más”. Por suerte el Nobel, tan hurtado a Borges, salvó de una jodida recaída, al ego patrio. Atención: ¿nos salvamos de la recaída? Este octubre, volvimos a padecer el reflujo del malestar porque Borges no ganó el Nobel. Esa herida sangra, sangra. Parimos a Fangio, y a Maradona… caramba, el divino triángulo se hubiera sellado con Borges.

Porfiados: no cicatrizamos. El No Premio Nobel es un agazapado cólico pendiente. Algo debemos hacer para exorcizar ese luto. Por mi parte recurriré al embuste de la ficción; invito a imaginar ya lo que pasó en la patria el día que don Borges SÍ ganó el Nobel. Vayamos a la verdad de la ficción. Permiso, hubiera sucedido esto:

Amanece. Don Borges en su hogar de calle Maipú. Sus manos se posan en su corazón; late, piensa: “Al parecer sigo vivo… hoy anuncian el Nobel de literatura. No me lo darán, declararé que “no darme el Nobel prueba la sabiduría de los suecos.”

Don Borges nota que ha empezado a codiciar el premio. Se avergüenza… Suena el timbre. Doña Ubeda, su resignada mucama de tres décadas, le avisa: “Telegrama de Suecia”. El viejo gime: “Madre, madre mía…”

Suena el teléfono. Atiende. Una voz en inglés le dice: “Soy Arthur Lundkvisy, de la Academia sueca. Tengo el honor de comunicarle que usted ha ganado el Nobel de la Paz.” Don Borges irónico le responde: “Ustedes están confundidos. Si es el de la Paz debe de ser para el señor Sábato, sufre tanto.” Lundkvisy se corrige: “Mis disculpas, doctor Borges, usted ha ganado el Nobel de Li-te-ra-tu-ra.” El tartamudeo se le agrava con un ataque de hipo. Don Borges alcanza a decir: “Inmerecido hip galardón… Mis obras completas hip son apenas un puñado de misceláneas hip.” Y cuelga y murmura: “Madre, mi madre ausente, fíjese lo que le viene a pasar a su embustero...”

A la media hora, timbre otra vez. Doña Úbeda abre la puerta para ver quién es y atropellando entra una andanada de periodistas, camarógrafos, fotógrafos, a los gritos: “¡Grande, maestro!” “¡Ídolo!”, “Monstruo!”, “Borges, carajo!” Don Borges desplomado sobre un sillón, ruega que salven del tumulto a Bepo, su gato… Atosigado por micrófonos y palmadas respira con dificultad, su hipo no amaina, dos policías de la Federal ingresan para amortiguar la invasión, pero son desbordados, y deben recular. El departamento del escritor rebalsa por la histeria periodística. De pronto, un vozarrón: “Están matando a Borje. ¡Atrás, carajo!” Es la voz de Andrés Selpa, ex boxeador que supo ser campeón argentino y que ahora trabaja de fotógrafo callejero. Mete un par de trompadas, Selpa, y persuade al tumulto.

Don Borges resuella y explica: “Este premio Nobel hip… evidencia que la mediocridad hip prevalece en el mundo...” Le preguntan cuál es ahora su máxima ambición, responde: “Acudir al baño de inmediato.”

Comienza el retiro de la jauría de periodistas por el ascensor y la escalera. Casi todos se llevan algún “recuerdo”, desmantelan la biblioteca. Don Borges no ve, pero siente un frío insoportable… Se desvanece.

A todo esto, el boxeador Selpa, que tiene mucha calle, parado en la puerta del edificio grita, didáctico: “Al que salga de aquí llevándose un libro puesto, le bajo los dientes.”

Un par de horas después por una radio de vecindario don Borges se entera lo que está sucediendo en la dilatada patria: en oficinas, fábricas, talleres, surcos, escuelas, hombres, mujeres y niños interrumpen la jornada. Muchos se van sumando a una interminable columna. ¿Estamos ante un nuevo 17 de octubre? La fecha le produce arcadas al escritor.

Tres de la tarde. Desde hace dos horas María Kodama acompaña a Borges. Bepo, acurrucado en el sillón. Kodama se asoma por la ventana del sexto piso y ve una multitud con banderas, pancartas y, diosanto, ¡bombos! Reclaman a Borje, para que salga al balconcito. Kodama baja para imponer silencio. Nada menos. Y es ganada por la multitud. Entonces don Borges va por ella y también lo alzan, y ya lo están llevando en andas por calle Florida, hacia el obelisco patrio. Desde allí los bomberos lo trasladarán, con un río de gente detrás, hasta la cancha de River.

Ya en el estadio, don Borges asoma por el túnel, tembloroso. Una doble hilera de chicas estudiantes de Filosofía y Letras, le hacen un camino. Llueven los papelitos multicolores. La multitud a toda garganta corea: “Borges / Platón / un solo corazón”. Un relator deportivo con las amígdalas desgajadas, grita: “¡¡Y con nosotrooos… Luiiiiis Borjeeeeee, nuevo campeón mundial de literatura!!!”

A las diez de la noche don Borges vuelve a su casa. María Kodama, hospitalizada, con una clavícula rota. Ahora la austera cena es compartida por el fotógrafo boxeador: sopa de sémola, plato de arroz, agua. Don Borges agradece la compañía. Selpa se despide con un beso: “Gracias, maestro, por convidarme su comida.” Borges piensa: “Qué extraño, me ha besado un hombre y es pugilista…”

Al día le viene su noche. Ya en la cama, don Borges solo con su soledad; desde su ceguera deletrea el hondo abismo. Acaricia a su gato compañero, le dice: “Bepo, acérquese, es octubre pero hace frío, déjeme abrigarlo… ¿puedo tutearlo? Por favor, quedate conmigo, hijito… Fijate lo que me viene a pasar, ahora soy premio Nobel. Te lo juro por todos los dioses: yo no quería ser campeón mundial… ¿Y ahora?”

 

[email protected]