(ATENCIÓN: ESTE ARTÍCULO CONTIENE SPOILERS)

Ahora sí, dice uno, allá por el cuarto o quinto episodio, pero no. Ahora sí, repite ahí por el sexto o séptimo, ahora sí se pudre, pero no. Bueno, ahora sí, vuelve a enunciarse cuando Viserys termina su larga agonía, larga un último suspiro y deja el espacio abierto para que sí, se pudra de una buena vez. Pero no. Si a Game of Thrones se le criticó mucho el ritmo frenético de su última temporada, House of the Dragon hizo un culto de la morosidad. Y a veces funcionó, y otras no tanto. La serie culminó su primera temporada el domingo bajo el mismo espíritu de sus nueve capítulos anteriores, demandándole al espectador que tenga paciencia, que ya llegará la danza de los dragones, que si Rhaenys largaba un "dracarys" en el cierre del noveno episodio adiós  intrigas, adiós luchas de poder, adiós serie a la que HBO apuesta tanto.

La comparación es odiosa e inevitable: House of the Dragon no es Game of Thrones. Tal como se dijo aquí en el comienzo, se extraña la diversidad de clanes y escenarios, el juego político de aspirantes al Trono de Hierro en pugna más o menos balanceada. Aquí reinan los Targaryen sin discusión, y la primera temporada de HotD fue, en esencia, el paso de los tiempos de paz de Viserys Targaryen a una época cruenta. Una era que no se detendrá en la guerra civil de los jinetes de dragones, seguirá con la decadencia del clan hasta el Rey Loco, y de allí a la revolución de los Baratheon, la aparición del Kingslayer, el reinado de Robert, el posterior desfile de aspirantes a reyes, la amenaza del Rey de la Noche, la asunción e inmediata caída de una nueva Targaryen, el inicio de una nueva era de paz con el Cuervo de Tres Ojos al mando y ningún Trono de Hierro.

Para el ya renunciado showrunner Miguel Sapochnik, ese pasaje de la paz a la guerra debía ser retratado con un ritmo narrativo similar al de los comienzos de GoT. Más allá de los saltos temporales -que tanto conflicto trajeron a quienes se habían encariñado con Milly Alcock como la Rhaenyra adolescente-, los productores decidieron ir desenvolviendo los pliegues de los Targaryen de a poco, que cada conflicto posterior tuviera un sólido apoyo en sucesos del pasado reciente. En algunos pasajes eso se pareció demasiado a rellenar tiempos, a no gastar todo el fuego en pocos episodios. Dicho en términos brutales, poca masacre para lo que solían acostumbrar las historias de George R. R. Martin. 

Así, el episodio final debe ser entendido como un cliffhanger de larguísimo aliento, hasta que llegue la segunda temporada. Si hasta los últimos minutos Rhaenyra se inclinaba por mantener la paz, no lanzar el escuadrón de bestias aladas sobre King's Landing ("Cuando los dragones pelean todo arde"), la muerte de Lucerys a manos del tuerto Aemond vendrá a obturar toda posible negociación, campanazo de guerra... hasta dentro de al menos un año. Un cierre que deja claro que sí, en la serie pasó mucho, pero tampoco tanto.

Por otro lado, House of the Dragon supo alimentar el nerdismo de sus seguidores. En el último episodio hubo nuevas referencias a los Stark del norte, y hubo un retrato poco halagüeño de Borros Baratheon. Tyland Lannister sentado a la mesa del Concejo sirvió como indicio del lento ascenso de la casa dominante en Game of Thrones. El rengo Larys Strong, capaz de hacer carbonizar a su padre y hermano para congraciarse con la reina Alicent y colaborar en la puja de los "verdes" Hightower, trajo ecos del inescrupuloso Littlefinger. Otto, el maquiavélico Mano del Rey, tuvo algo de Meñique y otro poco de Lord Varys. En el resumen de los diez episodios, Daemon Targaryen fue el personaje más GoT de todo el elenco: entendió desde el principio que la paz de Viserys era una fantasía destinada a caer, supo bajar un cambio cuando la baraja venía cambiada, pero entre la impactante decapitación de Vaemond Velaryon y la firme determinación para ser la fuerza bruta detrás del reclamo de la reina Rhaenyra (esposa... ¡y sobrina!), siguió ganando puntos como uno de los jugadores destacados de toda la serie.

Una serie que, también, abordó cuestiones de género. En GoT no faltaron personajes femeninos fuertes (de hecho, la gran puja final fue entre Daenerys y Cersei Lannister), pero supo ganarse críticas por la cosificación y la violencia gratuita. HotD mostró hasta un detalle incómodo otras formas de violencia, partos sangrientos en los que lo único importante era el heredero y la madre era lo último a salvar. La misma Alicent descubrió demasiado tarde que había sido una pieza más en el tablero diseñado por su padre Otto. La mirada de todos los hombres que rodeaban a Viserys, cada vez que el rey repetía que Rhaenyra era la heredera del Trono, dejaba claro que estaba muy lejos de ser el lugar que consideraban para una mujer. Y en su sprint final, Rhaenys, la Reina Que No Fue, mostró uñas de guerrera y de rosquera política, una amazona de dragones que condujo Driftmark seis largos años en los que, como señaló sobre el final, su marido Corlys se fue de aventuras por ahí.

¿Qué queda por delante en la ficción fantástica más popular del siglo XXI? Guerra, por supuesto. Que al fin se pudra todo, que caigan más muñecos: si la primera temporada de GoT cerró con la inesperada, impactante muerte de Eddard Stark, HotD quedó en deuda, conservó a todos los personajes relevantes. Sin querer desmerecer al pobre Jake, desde el momento en que Rhaenyra tomó la decisión de enviar a sus hijos a buscar aliados quedó claro que alguno, si no ambos, no volvería de semejante misión. Las mismas decisiones narrativas de la serie trajeron una dosificación de cadáveres que se entiende porque la guerra aún no comenzó, pero le restaron pimienta al asunto.

Y no. Lamentablemente siguió sin aparecer un personaje como Tyrion Lannister, el enano más gigante de los Siete Reinos.