La disputa por la legitimidad y la veracidad en la información suele ser uno de los principales problemas en la democracia. Quizás suena extraño ponderar como “problema” una cuestión a priori tan banal como la información, sobre todo en países latinoamericanos donde la pobreza, la desocupación, las industrializaciones espasmódicas (y en algunos casos cíclicamente fallidas) y los asensos/descensos de líderes megalómanos son la realidad que más condiciona la vida de sus habitantes. Pero sin duda, cuando nos presentamos en los comicios dispuestos a votar por un nuevo gobierno, por un candidato, uno de los factores que influirán en nuestra decisión es cuánto (o qué) sabemos de cada uno.

El término posverdad hace referencia a la información que, si bien puede no ser objetivamente cierta, produce efectos en los consumidores de dicha información. Su popularización luego del proceso electoral estadounidense de 2016, fue el puntapié para la proliferación de diversas reflexiones y consecuentes debates acerca de la realidad, la verdad y la percepción. Realmente, la importancia de la posverdad y sus efectos no está escindida del uso de las redes sociales y la penetración de las mismas a lo largo y ancho del mundo.

El uso de internet en la ciudad de Buenos Aires es un reflejo del rol que juegan las redes sociales en nuestra vida. Para el 20,6 por ciento de los porteños, el uso de las redes sociales es la principal actividad que llevan a cabo en internet. Luego, recién con 14,7 está la lectura de diarios online, trabajar y estudiar. El uso de redes sociales aumenta a 32 por ciento si solo consideramos la utilización de internet a través de smartphones, mientras que la lectura de diarios disminuye a 10. Además, casi el 70 por ciento de los porteños están, por lo menos 2 horas diarias utilizando internet en su teléfono (casi el 20 está más de 4 horas). Esta breve radiografía significa que estamos expuestos a un contenido que no se limita solo a las fotos o posteas de nuestros “amigos”. Le dedicamos mucho de nuestro tiempo e interés en transitar el contenido de las redes sociales, por sobre otras fuentes de información (diarios online, impresos, noticieros).

Existe un flujo de información que carece de regulación, que aparece en nuestros muros y nos suministra contenido. Si accedemos a www.pagina12.com.ar sabemos que las noticias tienen una fuente, un autor, rigurosidad periodística, y una línea editorial. Las “noticias” que leemos en nuestro muro carecen, a menudo de esos recursos. Sin embargo, las tomamos como ciertas.

La utilización de las redes sociales contribuye a este escenario de posverdad. Las redes tienen el potencial de provocar una exacerbación de las noticias falsas, debido a su facilidad para propagar con rapidez cualquier información, ya sea verdad o no. 

El hecho que tomemos una información como válida o no, tiene mucho que ver con nuestra misma percepción. Una pista de esto la tenemos con la “exposición selectiva” (J.T. Klapper: “The effects of mass media”), donde se evidencia que nos exponemos a la información con la que coincidimos, y evitamos la que disentimos. Ante una manifestación podemos interpretarla como un grupo de trabajadores reclamando por la situación económica o, desde otra óptica, un grupo de militantes violentos que afectan la paz.

Mucho de las posibles percepciones que podamos tener de un hecho tienen que ver con nuestra cosmovisión, con nuestra forma de percibir y entender el mundo y por supuesto, con nuestros hábitos de informarnos.

En un mundo de supuestos y percepciones, la “posverdad” nos retruca con una paradoja: el término va a ser incorporado al diccionario de la Real Academia Española. Es decir, adquirió tal relevancia y popularidad que ante su uso cada vez más frecuente se va a institucionalizar y a fin de año tendremos una definición en el diccionario. Sin interpretaciones, sin subjetividades y creencias la palabra estará allí, impresa.

Que las palabras construyen realidad y no son meras herramientas para describirla lo sabemos hace rato. En este sentido, el término posverdad nos habla de un síntoma, de algo que está sucediendo en el mundo contemporáneo, en donde se hace énfasis en las emociones, deseos y expectativas más que en cosas concretas. 

La posverdad tiene que ver también con la confianza: las generaciones más jóvenes probablemente no confíen tanto como los adultos mayores en los medios tradicionales, sino que su confianza prefieren depositarla en alguien a quien conocen de cerca, le creen a un relato en primera persona publicado en una red social y en cambio, descreen de un informe en el noticiero.

“Si parece un hecho, es un hecho” dice Doug Stamper, personaje de la serie House of Cards, en la última temporada. El peso de las impresiones es cada vez mayor: vivimos a un ritmo en el que no hay demasiado tiempo para aclaraciones exhaustivas. Los dirigentes políticos quieren que sus discursos y acciones sean interpretados de determinada manera y a eso apuntan.

¿Sirven los timbreos si no hay una cámara registrando ese momento? Ciertamente el hecho ocurrió. El político visitó al vecino. Charlaron. Se abrazaron. Pero no se produjo el efecto multiplicador de la foto. Del mismo modo que al ver una imagen de un niño sirio llorando por la guerra en su país, sentimos empatía, tristeza y desazón, al ver una foto de abrazos y sonrisas, en la puerta de la casa de un vecino, sentimos acompañamiento, presencia.

El debate está abierto. Hay hechos que ocurren, hay sensaciones que se perciben.  

* Sociólogo, autor del libro Gustar, ganar y gobernar, Editorial Aguilar.