Los caminos son estrechos y difíciles. La camioneta no pasa y casi no se ve a nadie durante días. El de la selva misionera profunda es un territorio propicio para la fantasía y algo de ella hay en el descubrimiento con el que dos científicos se toparon tras largas campañas de naturalismo a la antigua por el noroeste del país: el nido de un águila viuda, una de las aves de presa menos conocidas por los biólogos argentinos.

La investigación se desarrolló en el marco del Proyecto Águilas Crestadas Argentinas (PACA), como parte de las actividades de la Fundación Caburé-Í y tuvo como protagonistas a Facundo Barbar, doctor en Biología e investigador del Instituto de Investigaciones en Biodiversidad y Medioambiente (INIBIOMA) de la Universidad Nacional del Comahue (UNCo) y del CONICET, y a Manuel Encabo, técnico en gestión, manejo y conservación de la Biodiversidad.

Tras siete arduas campañas de censo en yungas y selvas, el dúo de científicos actualizó el acervo de registros sobre águilas crestadas en el país y trabaja en el procesamiento de la información recolectada durante los cuatro años de investigación. “El hallazgo del nido es un gran descubrimiento, producto de un trabajo sostenido en el tiempo”, destacó Barbar, quien en diálogo con el suplemento Universidad subrayó la importancia de visibilizar las especies y trabajar en su cuidado.

-¿Cómo surge el Proyecto Águilas Crestadas Argentinas?

Comienza en 2017. Lo planeamos con mi compañero Manuel, apoyados por la ONG Caburé-Í, pero es una iniciativa que escapa al marco de nuestras actividades curriculares. Es algo que se nos ocurrió porque siempre que trabajábamos con estas especies nos parecía que había un vacío de información. Manuel trabaja hace mucho tiempo con aves rapaces y tiene muchísima experiencia en el campo. Yo hice en Bariloche mi carrera de grado y doctorado. En un momento, ya con toda esta experticia que necesitábamos, nos propusimos empezar a trabajar con estas aves que nos resultan muy atractivas y que atraviesan problemas de conservación. El proyecto surge de esa iniciativa de hacer algo por la conservación de las águilas crestadas.

-¿Cuáles son esos problemas de conservación y en qué situación hallaron a estas especies?

A nivel mundial casi todas estas especies tienen algún grado de amenaza. Algunas están mejor y otras peor. En Argentina lo que sucede es que hay muy poca información. Se sabe que existen peligros pero no se conoce demasiado. Para dar una idea, cuando comenzamos este trabajo había sólo unos 200 registros históricos disponibles sobre estas aves. Se sabía que estaban en el territorio, se las categoriza como especies en peligro porque hay muy pocos, pero no había datos claros sobre su situación actual. Los problemas de conservación están asociados al cambio del uso de la tierra, al movimiento de la frontera agrícola y a la presión humana que se va dando en la medida en que se colonizan y transforman los ambientes. Hay que tener en cuenta que estas aves habitan selvas muy prístinas, con procesos ecológicos muy complejos, y que cuando se empieza a modificar un poco el territorio se transforma la cadena trófica.

-¿Cómo fue el encuentro con el nido y cuál es la relevancia de este hallazgo?

Se deducía su presencia en el país, pero había que confirmarlo. Y encontramos el primer nido de águila viuda registrado en Argentina. Lo que pone en evidencia lo poco que se sabe acerca de esta especie. El hallazgo es un gran avance. Porque la existencia del nido no implica solamente poder ver las aves en el campo. Marca el centro de un territorio y eso quiere decir que es un lugar propicio y, por lo tanto, nos deja estudiar las variables ambientales que están eligiendo estas especies. Además, nos posibilita hacer un muestreo de la dieta y del cuidado parental, cuánto tarda, cuánta energía invierten en el pichón y varios indicadores ecológicos que se pueden transformar en herramientas para poder pensar en pautas de conservación. Por otro lado, nosotros no nos planteamos encontrar nidos como objetivo. Claro que es un gran resultado y es algo que quizás esperábamos a largo plazo. Nuestra idea era ir construyendo conocimiento de a poco. Es un gran descubrimiento, producto de un trabajo sostenido en el tiempo.

“El hallazgo es un gran avance. Porque la existencia del nido no implica solamente poder ver las aves en el campo. Marca el centro de un territorio y eso quiere decir que es un lugar propicio y, por lo tanto, nos deja estudiar las variables ambientales que están eligiendo estas especies”.

-Ese trabajo sostenido incluyó viajes, ¿cómo fueron las experiencias de campo en la selva?

La experiencia es magnífica. A nosotros nos encanta estar en el campo. Somos científicos, pero de esos más naturalistas, de los que les gusta estar mucho afuera y mirar lo que está pasando para después volver al laboratorio e intentar estudiarlo para los papers o de forma estadística. Nos gusta mucho eso del naturalista de antes. Hemos tenido muchas experiencias, a pesar de ser gente joven. Yo empecé a trabajar a los 18 años y Manuel también, por lo que con muchas campañas encima ya sabemos cómo manejarnos. Tanto en las yungas como en Misiones hay caminos muy difíciles, donde a veces no pasan las camionetas y no pasa más nadie durante una semana. Hay que ir equipado. A pesar de esto, nos gusta muchísimo. Tomamos rutas y pasamos dos o tres noches haciendo puntos distintos. Si hay gente alrededor, pasamos a trabajar en la parte social, porque a la conservación no se la puede hacer sin charlar con la gente y ver cuál es la percepción que tienen del problema.

-¿De qué formas se puede trabajar en la conservación de las águilas?

Lo que estamos intentando nosotros es poner en evidencia con números y con encuestas informales a los pobladores sobre cuál es el grado de amenaza real sobre estas especies. Como en todo, los recursos son siempre limitados, y eso nos obliga a ser lo más eficientes posible para volcar esos esfuerzos de conservación en el lugar preciso. Vemos que las águilas siguen teniendo problemas con la persecución porque tienen cada vez menos espacio y de repente se encuentran con un gallinero o fuente de alimento y se las termina matando, por desconocimiento y porque les hacen un daño económico a los pobladores. Hay varias estrategias a seguir. La más holística y aceptada es hacerle entender a la gente que nosotros estamos generando estos problemas y que las águilas pueden producir otro tipo de rédito, como por ejemplo el birdwatching (observación de aves): muchas personas vienen a la selva misionera a ver nuestra fauna y eso puede significar un montón de dinero para los pobladores locales, porque la gente va, come ahí y hasta contrata algún paisano para que lo pasee por la selva. Nos ha sucedido de conversarlo con ellos y acordamos muy rápidamente.