¿Puede uno valerse del reportaje para salvar una amistad trizada? Yo lo “usé” y alcé una amistad cuatro años interrumpida por mi encono. Antonio Di Benedetto --a él refiero-- por estos días cumplió sus 100 años. De haberse quedado a respirar aquí, hoy celebraría con luminoso vino oscuro. Léase: malbec. Ese hombre, sumamente petiso, fue mi maestro, no de periodismo, sí del idioma. Léase: la ética de la sintaxis.

Afronto peaje, desagravio a Adelma Petroni y Graciela Lucero; las dos lo amaron hasta más allá de las últimas consecuencias. Él fue mi jefe en Los Andes. Jodido y seductor, minucioso como relojero, estratega como ajedrecista, a eso le llamaba “trituración diaria”. Sólo sus índices para teclear, la obsesión era su estilo y la agonía su modus vivendi. Podía titubear en la práctica de algunas éticas, pero jamás renunciar a la de la sintaxis. Iba al diario de corbata, siempre negra. Auto no tuvo. Lo acompañé en su vano aprendizaje de ciclismo: zigzagueaba, y al suelo. Con denuedo, se entregó a escribir el castellano en castellano. Nunca nos tuteamos. Me aconsejaba: “Evite que su literatura se contamine de periodismo”.

Él era el protagonista de Zama, y el de Los suicidas, y el de El Silenciero, y el de El juicio de Dios. Se consideraba “culpable. Pero de otras culpas. Me gustaría ser dos para que las culpas las tuviera el otro”. Antonio descalzo apenas si arañaba el metro sesenta, pero: ¿cómo agredir el organismo de alguien que escribía el castellano con tan luminosa perfección?

Me volví insoportable; Di Benedetto me “tranquilizó”, me dio a dirigir el suplemento deportivo: opiné a rajacincha. Virulento despido mío en 1967; en 1970, a Buenos Aires. Él insistía. Mis desaires no menguaban su tenaz caballerosidad.

En Gente se elije “el cuento de 1972”. Propongo “El juicio de Dios”. Elegido. A los cuatro días, teléfono: “En este premio veo, Rodolfo, el largo brazo de su generosidad”. A la semana yo le hacía el reportaje en Mendoza. El diálogo se agudiza entre 1976 y 1977; él ya encarcelado en La Plata. El periodista Carlos Quiroz me contacta con Adelma Petroni, única persona que lo visitaba. Mientras, en Mendoza, varios hoy homenajeadores lo crucificaban con su activa indiferencia. Adelma escribe al mundo. Antonio, libre. Ella le cede el departamento de su hermano. Pero el caso es que a su amado Antonio lo pierde apenas él sale de la cárcel. Osvaldo Bayer y su mujer, testigos. Con el tiempo Antonio tendrá otra compañera, Graciela Lucero. El departamento de ella fue su casa.

Retrocedo unos años, converso con Antonio a través de Adelma. A él se le ocurre que escribamos un libro a dúo y me propone título: pasamos del Difícil ser periodista, al Difícil ser humano y de este al Difícil ser. Adelma, cada jueves, me traía lo que memorizaba de Antonio y le pasaba lo que memorizaba de mí. Con ese tráfico empezó a tomar cuerpo ese libro que desde mí sigue pendiente. Algo más sobre Graciela: tras la muerte de Antonio, al poco tiempo lo acompañó con la suya. Nombro a Adelma Petroni y a Graciela Lucero: tenue desagravio a dos seres tan ninguneados.

El amado suicidio. El suicidio, “costumbre de familia”, me decía Antonio. En el traslado de los restos de su padre, pidió abrir el ataúd, “seguro de que su cuerpo se conserva preservado por el veneno”. “Antonio, ¿para qué abrirlo?” “Oportunidad de saber si mi padre virilmente estaba tan dotado como le hicieron fama”. “¿Y?” “Verifiqué. Su fama no era inmerecida”. Desde su prisión --Adelma mediante-- Antonio me pedía:

--Usted dará prueba de amistad si me envía cianuro.

--Si obedezco, nos quedaremos sin esta amistad.

--¡Apiádese! Apreciaré el cianuro como muestra de su afecto.

--Antonio, usted quiere suicidarse, pero sin morirse.

Eso le decía yo a través de Adelma, y él respondía: “Privándome del cianuro, usted, Rodolfo, toma venganza por daños que yo le hice siendo su jefe”.

Hay, las mujeres. Le gustaban las rubias y morochas y delgadas y gordas... Y sobre todo, la del prójimo. Andinista de mujeres imposibles, lo confiesa: “Lo único que se conserva con la edad es la necesidad de ser amado”. Puesto a salvarse mamando a la loba, Antonio fue Rómulo. Y fue Remo. Los dos en una sed.

Di Benedetto y el ruido. Un día el periodista Gómez Márquez aparece con radio, Antonio muta en felino: “¿No se enteró por Schopenhauer de las torturas que el ruido causa a la gente que piensa? Su radio machuca mi cerebro, ¡¡baaasta!!”.

Otra obsesión, la higiene: no tocaba la cerradura de la puerta del baño. A los hombres les daba una mano desmayada. A las mujeres les daba la mano para siempre. Confiesa esta obsesión: “Emanuel niño no jugaba a las bolitas para que no se ensuciaran”.

Él y el viento. “Era la siesta. Me veo en el patio, estoy en un cajón de madera, olvidado por la familia cuando se desencadena el Zonda. Varias horas replegado, indefenso. Cuando corre viento, mi cabeza no es mía. Y sufro”.

Para Di Benedetto, el único paraíso es el arduo purgatorio. La última palabra de su último libro es olvido. La escribió para que no fuera cierta.

Madre y confesión. Rosario Fisigaro (Sara), brasileña, era el nombre de su madre. En las jodiendas laborales yo quería ajusticiarlo. Pero sonaba el teléfono a las seis. Yo atendía: “Di Benedetto, su madre”. Antonio se precipitaba sobre el teléfono y emitía un mamáh aspirado, como el que podría lanzar un niño perdido que la encuentra ¡de pronto! Decía mamáh él, y yo me quedaba sin una gota de odio. Cuando en 1972 viajé a Mendoza a entrevistarlo, hacía un año que Sara había muerto. Di Benedetto me dijo: “Yo creo que el hombre no es bueno; las necesidades, el afán de descollar, hacen que use armas innobles. Si se porta bien es obligado por la sociedad. Adentro suyo sufre, se tortura. Por eso necesitamos la confesión. ¿Y quién es el ser que en forma directa nos otorga el perdón?... Es la madre. Yo la perdí. Siento profunda soledad. Si me juzgo, como los inventados por Pirandello o Dostoievsky, me siento culpable y sin redención. Porque, ¿quién me perdonará, quién?... La otra posible alternativa de confesión la da el amor en pareja”.

A lo bestia, le pregunté lo que él esperaba: “¿Y ahora, Antonio?” “Yo era mi madre. Mi madre era yo. Ya no está mi madre. Ahora busco un destino para mi hija y para mis libros... Morir quisiera en lugar donde nadie me reconozca. Vivir es un desafío. Morir es un acto íntimo... Cuando eso ocurra, y lo deseo pronto, si algo provoco, que no sea llanto sino reflexión”. “Usted no quiere morirse ni suicidarse ni nada, Di Benedetto”. “No sea cruel, Braceli. Comprenda: yo era mi madre. Mi madre era yo. Ya no está mi madre”.

(A ese día, le bajó su noche debida. El escritor gimió: “Madre, ¿me has abandonado?” La voz entrañable le respondió: “Hijo hijito, volveré a nacer, para parirte”. Implacable en el insomnio, el escritor suplicó: “Madre, hace frío en mi corazón, ¡venga pronto!”)

 

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