Desde Barcelona

UNO Rodríguez vuelve a pensarlo desde que se lo oyó decir alguien: la literatura no corre ningún peligro. Ahí están y seguirán estando todos los clásicos, desde Homero hasta Joyce y Proust y Kafka, y con cada vez más lectores porque, bueno, cada vez hay más humanos que leen en este planeta. Lo que sí está bajo gran riesgo de un tiempo a esta parte son los best-sellers Made in USA. Son cada vez más tontos, peor escritos. Basta comparar --piensa Rodríguez retrocediendo hasta los años '70s-- a los vampiros de Anne Rice con los de Stephenie Meyer y a los thrillers y novelas históricas y love stories de aquí y ahora con Jacqueline Susann, Leon Uris, Robert Ludlum, Harold Robbins, Trevanian, Irving Wallace, Sidney Sheldon, Mario Puzo, Morris West, Nicholas Meyer, Irving Stone, Erica Jong, Irwin Shaw, Taylor Caldwell (sin olvidar que por entonces E. L. Doctorow, John Fowles, Gore Vidal, John Updike, William Styron eran super-ventas de alta popularidad). Ahora, desde entonces, sólo Stephen King permanece en lo alto luego de haber conseguido --como Kurt Vonnegut antes que él-- el cross-over al prestigio.

Lo que no quita que Rodríguez --como arqueólogo aventurero-- no siga en busca del best-seller extraviado y, en ocasiones, hasta encuentre señales de que no todo está perdido.

DOS Y luego de haber visto The Consultant en Amazon Prime (básicamente episodio muy alargado de The Twilight Zone con Christoph Waltz una vez más demostrando que nadie puede hacer de Christoph Waltz mejor que él), Rodríguez se dejó tentar por Daisy Jones and The Six. Y es que Rodríguez ya había leído la novela de (como Todos quieren a Daisy Jones) de Taylor Jenkins Reid quien ya se ocupó de otros "ambientes" como Hollywood, la Malibú de los surfers y el tenis de alta gama. Y se la pasó bien con su frescor de aire acondicionado. Y la serie (protagonizada por la fantástica y verosímil Riley Keough, no en vano nieta de Elvis P.) tiene su gracia. Daisy Jones hermosa y turbulenta compositora/cantante y The Six es banda que bien podría llamarse The Guilty Pleasures. Porque eso es nada más y nada menos que eso: afinado placer culposo.

Y parte del atractivo pasa por el formato escogido por Taylor Jenkins Reid para contar y cantar lo suyo. Esa estructura oral/coral. Así, Reid seguramente estudió las magistrales biografías multi-vocales ensambladas por George Plimpton y Jean Stein (la Edie Sedgwick, la de Truman Capote o la de la clase altísima y maldita de Los Angeles). Y el gran mérito aquí es la reivindicación de la década de los '70s en Laurel Canyon. Años siempre tan poco ventajosamente ubicados entre los fundacionales '60s y los transformadores '80s en lo que hace a la cultura rock.

Pero, por encima de todo y de todos, lo que le interesa a Reid y lo que de verdad hace interesante a la novela-de-serie es ese súper-ventas al pop divorcista que es Rumours de Fleetwood Mac de 1977: hito monolítico pero delicado, inmenso culebrón sentimental del pop y casi un reality-show de vinilo. Y, sí, en la volátil pero triunfal química entre Daisy Jones y Billy Dunne --líder y guitarrista de The Six-- abundan clichés de flora y fauna roquera como greatest hits. Pero esto no es culpa de Reid o de sus personajes porque (revisar Almost Famous o la reciente versión de A Star Is Born pero también This Is Spinal Tap) toda la involuntariamente paródica y parodiable mítica/mística del rock está apoyada sobre tan pocas constantes muy vitales. Y de ahí y así hasta alcanzar ese definitivo y último encore de la rotura de cadena y vete por tu lado sin dejar de pensar en el mañana pero siempre mirando atrás. Si hay suerte, entonces, la música permanece y (considerando las múltiples e interminables reconfiguraciones de Fleetwood Mac) siempre quedará tiempo y espacio para bien remunerada y nostálgica reunión con tour conmemorativo.

Y Reid añade (al final del libro, luego de sorpresivo y sensiblero y disonante twist formal) las letras de las canciones de Jones & Dunne para ese supuesto insuperable y perfecto l.p. llamado Aurora. Álbum que ha sido grabado por sesionistas top y letristas del nivel de Jackson Browne como soundtrack de la serie. Y --¿será esto adrede?-- esas letras son bastante común-lugareñas. Pero --a la luz y volumen de lo que se lee y se ve y finalmente se oye-- su música es buenísima e inolvidable, aunque Rodríguez ya mismo la esté olvidando.

TRES Y Rodríguez completó parejita con Amor Towles. Y si con sus dos primeros mega-éxitos Towles fue paladín del best-seller de calidad, con su tercera novela, además, se consagra como accionista de proyecto más que interesante. Se explica Rodríguez: Towles --egresado de Yale y de Stanford, economista de éxito-- cotizó alto con Normas de cortesía (2011) y repitió con la aun mejor Un caballero en Moscú (2016). Y, entonces, un más que agradecible desconcierto. Porque (si bien ambos títulos compartían trama ocurrente, cadencia clásica, romanticismo vintage y prosa que no por funcional desdeñaba imagen inspirada o diálogo ingenioso) lo cierto es que no podían ser más diferentes. La primera --ascenso de entre adorable e inquietante heroína en la Manhattan de 1937 de sótanos jazz y pent-houses-- se degustaba como cocktail a base de Francis Scott Fitzgerald y John O'Hara. La segunda viraba a los sombríos albores de la Unión Soviética en 1922 para narrar la caída en desgracia de tolstoiano conde confinado durante tres décadas en hotel de lujo à la Somerset Maugham & Wes Anderson.

Con La autopista Lincoln, Towles hace evidente que lo suyo es la exploración de géneros y motivos clásicos. Como si fuese completando un álbum, Towles se divierte y divierte con revival de todo aquello que lo merece. Y ahora toca es nada Great Road Bildungsroman nacional ubicándose, durante diez días de 1954, en el sitio exacto donde se cruzan John Steinbeck y Jack Kerouac. Así, aquí viene el adolescente Emmett Watson recién salido del reformatorio y al encuentro de su precoz hermano menor Billy quien, huérfano, lo espera en la condenada granja familiar de Nebraska. ¿Quedarse o irse? ¿Texas o California? Respuesta: salir rumbo a San Francisco cruzando país con vocación de continente. Y, siguiéndolos, lo que sigue son los preliminares donde suceden cosas y personajes (destacan los anfetamínicos proto-beats Duchess y Woolly), el destino cambia/retrasa rumbo más veces que en la Odisea y, claro, no falta en el reparto veterano llamado Ulysses. Y todo resplandece aunque, sobre el final, se imponga tono crepuscular recordando un tanto a esas grandes despedidas en sagas tan íntimas como universales del best-seller top John Irving. Y detalle atendible: La autopista Lincoln termina el mismo día en que concluye Un caballero en Moscú y Woolly resulta ser sobrino del Wallace Wolcott de Normas de cortesía.

Con su constante invocación a héroes clásicos (y con ese gran momento en la cumbre del Empire State), La autopista Lincoln no consagra a Towles como eficaz invocador/evocador. ¿Cuál será su próxima escala/cromo? ¿Distopía futurista? ¿Romance samurái? En entrevista reciente le preguntaron en qué estaba trabajando. "En algo diferente", respondió.

 

CUATRO Y Rodríguez piensa, sí, en algo diferente y decide que lo que toca ahora es releer a William Gaddis.