Ninguno de los numerosos espectadores que ocupaban aquella mañana las filas de asientos de la sala tenía expectativas serias de ser testigo de un momento histórico ni de presenciar el estreno de uno de los inventos más beneficiosos hasta la fecha. Los caballeros -pues eran exclusivamente hombres, dada la creencia predominante en el mundo de la medicina de que no había lugar para las mujeres- llevaban levita larga sobre la camisa blanca y el chaleco, con el cuello rígido moderno, empuñaban bastones como signo de categoría y lucían en la cabeza unos sombreros de copa altos que se quitaron al entrar en el auditorio, también para no tapar la vista del espectáculo a quienes estuvieran detrás.

Los médicos de Boston y los estudiantes de medicina de la cercana Universidad de Harvard se habían reunido de nuevo esa mañana de viernes para ver al gran exponente de la cirugía estadounidense, John Collins Warren, de sesenta y ocho años, en una de sus operaciones públicas para expertos con fines didácticos, quizá también buscando sentir ese horror de voyeur. Si aquel día se llenó hasta la última fila de la sala de operaciones del Hospital General de Massachusetts también fue porque se esperaba un espectáculo especial: había corrido el rumor de que probablemente la operación se haría sin que el paciente sintiera dolor. Sin embargo, la perspectiva de ver hacer el ridículo a otro más de los charlatanes estafadores que plagaban la medicina de la época, con sus remedios milagrosos y sus rarezas, se vio frustrada en las horas siguientes de la forma más grata y sensacional.

En las cartas, recuerdos y diarios que dejó la multitud de observadores se reflejaban la perplejidad y la emoción ante el espectáculo al que asistieron, así como el agradecimiento por haberlo presenciado. Allí donde desde tiempos inmemoriales predominaban la agonía y el dolor, el tormento y la desesperación, de pronto irrumpían el silencio y la esperanza. Era viernes, 16 de octubre de 1846. Tras aquel día en Boston, la relación de las personas con el sufrimiento físico cambiaría para siempre.

Warren entró en el auditorio hacia las diez. Confiado hasta la insolencia, frío hasta rozar el cinismo, el célebre cirujano anunció en tono impasible que, en efecto, un caballero había acudido a él “con la asombrosa petición de liberar del dolor a un paciente al que tenían que operar”. ¡Sin dolor, qué osadía! Como debió de hacer algún otro espectador, Henry J. Bigelow, un joven y muy brillante médico de Boston que explicaría con todo lujo de detalles lo sucedido esa mañana, dejó vagar la mente por la historia de la medicina de los últimos tres o cuatro mil años. Bigelow, hijo de una familia de médicos, era consciente de que esta en realidad no había cambiado mucho desde que los primeros sanadores (si es que merecían tal denominación) de Mesopotamia, África o la América precolombina habían hecho uso de un escalpelo. Todas las intervenciones implicaban dolores inimaginables para los desgraciados que debían someterse a ellas. Desde la Antigüedad los médicos llevaban buscando remedios, habían probado con extractos de plantas y esponjas empapadas de alcohol, tademás del opio y el método creado por el alemán Franz Anton Mesmer de la magnetización, una especie de sugestión: todo había sido en vano. En cuanto el cirujano daba el primer paso o el dentista cogía las tenazas, en las enfermerías y hospitales resonaban los gritos de los martirizados. El dolor parecía ser el fatídico acompañante de las operaciones médicas.

Bigelow sabía que el dolor, además de suponer un enorme suplicio para los pacientes, limitaba en gran medida la medicina. Solo se podían operar algunas dolencias, resultaba impensable intervenir en la zona del tórax o el abdomen de personas que gritaban y se retorcían en la mesa, pese a los “enfermeros” que los sujetaban con sus fuertes brazos. Ni siquiera en una gran institución como el Hospital General de Massachusetts se practicaban más de dos intervenciones por semana: solo se operaba cuando era inevitable. Por eso la rapidez era el principal requisito de cualquier cirujano: había que poner fin a la intervención antes de que el enfermo falleciera debido a la conmoción que suponía tal tormento. Así pues, los cirujanos más relevantes de la época eran también los más rápidos. Jean-Dominique Larrey, el cirujano de Napoleón, era capaz de amputar un brazo por la articulación del húmero en dos minutos. El cirujano más célebre de Europa en 1846, sir Robert Liston, de Londres, operaba con una rapidez extraordinaria, virtuosa, con tanta agilidad que, en una ocasión, cuando amputaba la parte alta de un muslo, se llevó también sin querer un testículo del paciente y dos dedos del asistente.

Aquella mañana algo tensaba aún más el ambiente: muchos de los médicos y estudiantes de medicina presentes en el auditorio recordaban que hacía un año Wells había permitido que un joven colega, el dentista Horace Wells, de Hartford, en el vecino estado de Connecticut, presentara un remedio contra el dolor durante las operaciones en ese mismo lugar, en esa misma aula. Aquel día el paciente inspiró un gas que Wells había preparado, se desvaneció después de inhalarlo varias veces, pero empezó a gritar, como millones de enfermos antes que él, en cuanto Warren realizó la incisión cutánea. Wells fue expulsado de la sala entre silbidos y gritos de “¡estafa, estafa!”.

Cuando Warren consultó el reloj y pronunció las palabras “Como el doctor Morton no ha llegado, supongo que tendrá otras cosas que hacer”, parecía que se trataba de otra vana promesa; el público recibió a carcajadas la insinuación de que se trataba de otro embaucador. Bigelow no parecía estar tan seguro. Conocía al den- tista de veintisiete años William Thomas Green Morton, uno de los representantes más escrupulosos de su gremio, y sabía que unos días antes había sucedido algo sorprendente en su consulta de Boston.

NO SE TRATA DE UN FARSANTE

Morton, nacido el 9 de agosto de 1819 en una granja de una zona rural del estado de Massachusetts, en el seno de una familia modesta, solo había cursado estudios básicos; tuvo que ponerse a trabajar pronto para ayudar a sacar adelante a su familia. Cambiaba con frecuencia de trabajo y se vio envuelto en algunos negocios sospechosos, quizá incluso ilegales. En la sociedad estadounidense, sobre todo durante aquellos años en los que ganar dinero era un valor en alza, el rechazo generado solía y suele ser proporcional a los beneficios obtenidos. Al final, se centró en la odontología. Sus biógrafos no se ponen de acuerdo en si realmente estudió en el Baltimore College of Dental Surgery o si aprendió el oficio, como era habitual entonces, siendo ayudante de un dentista. En el caso de Morton, su maestro fue nada más y nada menos que Horace Wells. Morton abrió por fin su propia consulta en Farmington, cerca de Hartford, la capital de Connecticut. Nada más llegar a la pequeña población, se fijó en la hija quinceañera de la familia más importante de Farmington, Elizabeth Whitman. Fue el típico amor a primera vista. Elizabeth, que se casó con él en mayo de 1844, fue el mayor apoyo de Morton y su confidente durante su tormentosa vida; creyó en él cuando todo el mundo parecía darle la espalda. Morton era un buen dentista, hábil, de modo que logró abrir muy pronto una consulta en Boston, la metrópoli de Nueva Inglaterra.

Allí siguió dando forma a una idea que desde hacía mucho tiempo lo perseguía.

El 30 de septiembre por la tarde, dos semanas antes de esa mañana en el Hospital General de Massachusetts, un paciente llamó a última hora a la puerta de Morton. Era H. Frost, un músico que sufría un terrible dolor de muelas, pero al que también le daba pánico la tortura de la extracción. Como sabemos, Morton había trabajado durante una temporada con el malogrado Horace Wells. Le fascinaba la idea de que la inhalación de un gas anestésico pudiera provocar un estado de embriaguez o de sueño que insensibilizara frente a los estímulos externos, en particular frente al dolor. Wells había trabajado con óxido nitroso, también conocido como «gas hilarante»; los experimentos de Morton, en cambio, se centraban cada vez más en el éter etílico, cuyos vapores podían nublar los sentidos. Así pues, le dijo a su cliente vespertino, aquejado de dolor de muelas, que inspirara vapor de éter y le extrajo el diente enfermo con un rápido movimiento. Cuando Frost, al despertar de su inconsciencia, le preguntó cuándo se lo iba a extraer, Morton le señaló la muela que estaba en el suelo. El dentista iba a hacer un descubrimiento que beneficiaría a toda la humanidad, algo que se puede afirmar en muy pocas ocasiones. Escribió a Warren y este le dio permiso para presentar su preparado esa mañana de viernes.

Ya habían transcurrido veinte minutos desde las diez, la hora prevista para la intervención. Warren iba a empezar con el paciente, un joven llamado Gilbert Abbott, que tenía un tumor benigno debajo de la mandíbula, cuando se abrió la puerta de la sala y entró Morton sin aliento. Había estado trabajando hasta el último momento junto con un fabricante de instrumentos en el recipiente del líquido, que llevaba bajo el brazo y que recordaba a una retorta.

Sin duda, Morton vio la expresión sarcástica en el rostro de algunos espectadores, pero parecía sereno. Se acercó a Abbott y le explicó con tranquilidad lo que pretendía. Abbott confió en Morton, qué duda cabe; agradecía cualquier intento que redujera los inevitables dolores producidos durante la extracción. Morton hizo que inspirara del gran matraz de cristal, que contenía un líquido indefinido. Tras respirar varias veces, Abbott puso los ojos en blanco y la cabeza se hundió con suavidad en la silla de operaciones, de modo que los espectadores vieron con claridad el pequeño bulto en el cuello. Morton se volvió hacia Warren y procuró emplear un tono firme: “¡Doctor, su paciente está listo!”.

Warren se inclinó sobre Abbott y se dispuso a hacer la incisión cutánea con una de esas cuchillas que por aquel entonces no se purificaban, ni mucho menos se esterilizaban; solo la habían lavado. Warren se detuvo un instante al no oír el grito que solía acompañar el inicio de las innumerables intervenciones que había realizado durante su larga carrera como cirujano. Abbott no se movió. De pronto se hizo el silencio en la sala. Warren ligó los vasos, que salpicaban un poco, y extirpó el tumor sin esfuerzo. El experto cerró la herida con movimientos rápidos y diestros. Toda la operación apenas duró cinco minutos.

Abbott seguía sin moverse. Warren se incorporó y se volvió despacio hacia el público, que contenía la respiración. Todos ad- virtieron el cambio en el rostro del cirujano. Ya no había rastro de arrogancia ni de sarcasmo, solo un infinito asombro, emoción. Al médico, siempre tan frío, le costó contenerse cuando dijo con voz temblorosa la frase más significativa de la historia de la medicina: “¡Caballeros, no se trata de un farsante!”.

WILLIAM MORTON

DEL MILAGRO A LOS EFECTOS ADVERSOS

No, no se trataba de una farsa. Se trataba de una revolución, de una bendición, de un milagro que abría nuevas posibilidades para la medicina que hasta entonces ningún cirujano se había atrevido a abordar, como la extirpación de una apendicitis supurada, algo sencillo hoy que entonces equivalía a una sentencia de muerte. Cuando Gilbert Abbott despertó de su sopor sin entender que todo había terminado, los médicos y estudiantes presentes comprendieron que en aquella sala acababa de empezar una nueva era y que ellos podrían afirmar que habían estado ahí.

La última duda se disipó al cabo de unos días, cuando Morton empleó su método en una intervención que para los médicos era el máximo exponente de la cirugía de la época y que para los enfermos constituía el peor suplicio y mutilación: la amputación de una pierna. En aquella ocasión, cuando la sierra tocó el periostio, sensible en exceso, también reinó el silencio.

Aquel 16 de octubre de 1846, Morton sentía más preocupación por los pacientes que alivio por el éxito de la propia demostración. Elizabeth, su mujer, describió la llegada de su marido a casa por la tarde, después de haber observado a Abbott, temeroso de las consecuencias de la anestesia. “Se hicieron las dos, las tres. Ya casi eran las cuatro cuando el doctor Morton llegó a casa. Su rostro amable estaba tan tenso que temí que hubiera fracasado. Me abrazó con tanta fuerza que estuve a punto de desmayarme y luego dijo con ternura: ¡Bueno, amor mío, lo he conseguido!”.

Tres semanas después de mostrar por primera vez el método, Henry J. Bigelow contó en una conferencia ante la Boston Society of Medical Improvement la inverosímil hazaña a los especialistas de Nueva Inglaterra. La noticia se extendió desde el Nuevo Mun- do hasta todo el planeta en cartas e informes científicos. Uno de los primeros barcos de vapor que cubrían la ruta transatlántica, el Acadia, de la empresa fundada por el armador Samuel Cunard, zarpó del puerto de Boston el 3 de diciembre de 1846, hizo una breve parada según lo previsto en Halifax, propiedad norteamericana de Gran Bretaña (a partir de 1867 sería Canadá), y, tras una accidentada travesía por el océano, llegó el 16 de diciembre a Liverpool. En la saca de correos había cartas de testigos de Boston a sus colegas británicos, entre ellas un largo texto de Henry Bigelow a Francis Boott, botánico estadounidense que residía en Londres. La noticia de la primera operación sin dolor también había sido tema de conversación en el buque; el cirujano del barco había aprendido tanto sobre el éter y sobre sus efectos que nada más llegar a Liverpool se lo mencionó a un colega médico. Además, un diario de Liverpool publicó un primer comunicado el 18 de diciembre.

Por supuesto, la carta de Bigelow electrizó también a Boott, que a su vez conocía bien a Robert Liston. Le transmitió el entusiasta relato de Bigelow. El cirujano estrella de Londres era un hombre impulsivo y decidió probar enseguida el nuevo método: el éter etílico era una sustancia bien conocida y de fácil acceso. El 21 de diciembre de 1846, Robert Liston aplicó por primera vez el éter como anestesia en la sala de operaciones. A un carnicero, llamado Frederick Churchill, le amputó en un tiempo imbatible de veinticinco segundos la pierna, que se había destrozado en un accidente y que la infección de la herida había devorado después, nada extraño si se tienen en cuenta las condiciones higiénicas de las clínicas de aquella época. El ambicioso cirujano tenía casi siempre junto a él a un asistente que calculaba el tiempo. Frederick Churchill no quedó convencido de que ya había superado la temida intervención hasta que vio el muñón sangriento, una imagen que le hizo perder la consciencia por segunda vez durante unos minutos. El comentario de Liston sobre el nuevo descubrimiento fue, como siempre en el caso de este peculiar personaje, muy sincero: “¡Caballeros, este truco yanqui es mucho mejor que la hipnosis!”.

El truco yanqui, para el que Oliver Wendell Holmes, médico y escritor de Boston, recomendaba el término anestesia, también cayó como una bomba en la medicina alemana. El 24 de enero de 1847 el cirujano erlanguense Johann Ferdinand Heyfelder llevó a cabo la primera anestesia con éter en Alemania. El 24 de enero por la mañana, dos horas y media después de haber desayunado caldo, Michael Gegner, de veintiséis años, zapatero, pálido, flaco y sin fuerzas, desde hace mucho tiempo con un absceso extenso y frío en la nalga izquierda, inició las inhalaciones de éter con ayuda de un aparato formado por una vejiga de cerdo y un tubo de cristal, por la boca y con los orificios nasales cerrados.

La operación constituyó tal éxito que Heyfelder ya había realizado cien anestesias en marzo. El método fue un alivio enorme para el trabajo de los cirujanos. Heyfelder lo elogió con un tono no muy respetuoso y dijo que ahora la operación se hacía igual de bien “que con un cadáver”. Cirujanos y dentistas de todo el mundo incluyeron rápidamente el éter como anestésico y sus efectos milagrosos ocuparon columnas enteras en los periódicos, tanto en las ciudades como en las provincias, algunas no industrializadas.

Sin embargo, pronto quedó claro que ese avance trascendental también tenía su precio y que un anestésico entraña siempre a su vez un peligro o, en palabras dichas años después, con cierto aire de suficiencia, por un analista de una revista médica especializada: “Miraron el diente al caballo regalado y descubrieron que, además de las cualidades positivas, también había otras negativas”. En febrero de 1847 se produjo la primera muerte por anestesia con éter, y se sucedieron otras que se expusieron con todo detalle en revistas especializadas. Si se tienen en cuenta el total desconocimiento de los médicos de la época sobre los efectos farmacológicos del éter y de otros narcóticos, y el saber todavía rudimentario sobre la fisiología del corazón y la circulación sanguínea bajo los efectos de un gas inhalado, pero, sobre todo, la falta de precisión de la dosis, basada en simples estimaciones (a menudo el narcótico se vertía gota a gota “por intuición” en un pañuelo de bolsillo que luego cubría el rostro del paciente), resulta un milagro que no se produjeran muchas más muertes debidas a la anestesia.

Pese al entusiasmo con que el mundo acogió el invento de Boston, sus protagonistas se vieron envueltos en la controversia más terrible y trágica de la historia de la ciencia moderna. El gran éxito estadounidense planteado al principio se convirtió en una historia de odio y de desgracia. William Thomas Green Morton esperaba servir a la humanidad y sacar provecho de ello al mismo tiempo. Como auténtico “yanqui”, ni él ni la sociedad estadounidense, pensada para prosperar, veían nada reprobable en rentabilizar lo máximo posible su invento. Al principio, Morton quiso mantener en secreto cuál era la sustancia milagrosa, por lo que, dado que la mayoría de los asistentes al auditorio del Hospital General de Massachussets conocía el característico olor del éter, añadió aceites aromáticos extraídos de naranjas para ocultarlo. Sus intentos para lograr una patente fracasaron, en gran medida porque de ningún modo era una persona fría y calculadora. Cuando los médicos del hospital amenazaron con renunciar a seguir practicando anestesias si no les revelaba cuál era la sustancia, cedió: no quería ser el responsable del regreso de un suplicio sin sentido.

Le disputaron incluso el honor de ser el inventor de la anestesia. Un antiguo profesor de Morton apareció con la fuerza bruta de un espíritu maligno salido de una pesadilla: el médico y químico Charles Jackson. En una primera etapa de sus experimentos, Morton había debatido con él, entre otros asuntos, sobre el éter y sus propiedades narcóticas. Según Jackson, esto lo autorizaba a sentirse inventor del narcótico y a presionar a Morton para obtener cada vez más sumas de dinero de este. Lo que no sabía Morton, que pronto sufriría secuelas tanto físicas como psicológicas por las continuas rencillas, exigencias y publicaciones en contra, era que Jackson era un obsesivo plagiador crónico al límite de la enfermedad mental. Años antes había conocido en un trayecto atlántico al inventor Samuel Morse, que le habló en tono jocoso de su telegrafía eléctrica. En cuanto puso un pie en tierra, Jackson afirmó haber inventado el “Morsen”, una arrogación que sumió a Morse en una disputa legal que duró un año. Jackson tenía excelentes contactos en el mundo científico europeo y, en marzo, tras la eficaz demostración de Morton, envió telegramas a la Academia de Ciencias francesa en los que se declaraba padre de la anestesia y benefactor de la humanidad. Se conserva el rastro de esa esquizoide insolencia: en algunas enciclopedias sigue apareciendo Jackson como el precursor de la anestesia.

El desdichado Horace Wells, que merecía mucho más dicho honor, se dirigió a Morton y a la opinión pública para señalar sus experiencias anteriores, que se habían obviado en el éxito de la gran actuación bajo la supervisión de Warren. Más adelante la historia puso a cada uno en su sitio con amarga ironía: el gas hilarante que Wells utilizaba hace tiempo que ha vuelto a ocupar un lugar prominente en la anestesia actual, mientras que el éter y el cloroformo han quedado obsoletos hace ya tiempo. A Wells también lo consumió mentalmente la disputa (“¡Me explota el cerebro!”, vociferaba para desahogarse) y, en enero, de 1848 saltó de nuevo a las primeras páginas: lo detuvieron en Nueva York después de rociar con ácido a varias prostitutas. En su celda inspiró cloroformo y después se cortó las venas mientras los sentidos se le nublaban gracias a un invento por el cual no había recibido gloria alguna.

Por si Jackson y Wells no fueran suficiente competencia para el atormentado Morton, apareció un cuarto inventor. Desde el remoto pueblecito de Jefferson, en el estado de Georgia, en el sur pro- fundo y durante el periodo esclavista antebellum, apareció el médico rural William Crawford Long. Hoy no cabe duda de que el 30 de marzo de 1842, cuatro años y medio antes de aquel día en Boston, él ya había realizado una operación en su consulta usando el éter como anestésico. Lo repitió en varias ocasiones, solo que se lo guardó para él, como si no le viera ninguna ventaja para el resto de la humanidad, que estaba ansiosa por librarse del dolor. Long no compartía la mentalidad de las futuras generaciones de médicos, que presentan todos los trabajos de investigación en congresos cada vez más especializados, ni el principio básico de la ciencia actual de “publicar o morir”: quien no publica no hace carrera. En el caso de Long, que no quería ser más que médico rural, fue él quien cometió el error de no informar al mundo científico sobre sus resultados con el éter, no porque saliera perjudicado, sino por la gran cantidad de pacientes que tuvieron que someterse a intervenciones entre 1842 y 1846 sin ningún tipo de anestesia.

 

William Thomas Green no era ningún santo, sino un ser humano con sus flaquezas, que tal vez no supo disimular tan bien como otros pioneros de la edad dorada de la medicina. Sin embargo, fue el primero en presentar la anestesia en público, contribuyó al conocimiento de su tiempo y sentó las bases, como pocas personas, de nuestra vida actual, en apariencia tan segura. Morton, pese a sus hallazgos, comparte con otro precursor ese desdichado destino. Este intentaba combatir, en el corazón del Viejo Mundo, Viena, la segunda e invicta hasta la fecha lacra de la medicina, además del dolor: la infección.