> La pregunta de Esther Soto
Con Nicanor Parra y Allen Ginsberg en La HabanaCon Nicanor Parra y Allen Ginsberg en La HabanaCon Nicanor Parra y Allen Ginsberg en La HabanaCon Nicanor Parra y Allen Ginsberg en La HabanaCon Nicanor Parra y Allen Ginsberg en La Habana
Con Nicanor Parra y Allen Ginsberg en La Habana 

¿El surrealismo te influyó? ¿Cómo llegaste a tu mística actual?

-Más que una influencia, fue un portal. Diría que como gran parte de los poetas del globo, a mediados de los años sesenta leí los dos manifiestos redactados por André Breton entre 1924 y 1930 y traducidos al castellano por el poeta rosarino Aldo Pellegrini, pero me motivaron más contra la llaga del conformismo y la domesticidad un par de ejemplares (comprados en una librería de ediciones viejas) de la revista Ciclo, publicada en 1948. La editaron tres jóvenes médicos (Pellegrini, Elías Piterbarg y Enrique Pichon-Rivière) y a esa altura ya difundían la obra del visionario novelista Henry Miller. La vida me deparó entablar una sólida amistad con Aldo, también traductor de Antonin Artaud y admirador de las figuras de la Generación Beat de Estados Unidos. Aldo Pellegrini lamentaba la inexistencia en Buenos Aires de una librería especializada en poesía, y ante tal ausencia, durante sus últimos años creó (ayudado por su hija) y atendió la Librería del Dragón, ubicada en la calle Suipachaal 900. A la par de ediciones Argonauta. Era una fuente de información poética inagotable, y pasé muchas tardes charlando con él y hurgando los estantes de su local. A veces, para no ser interrumpidos por la clientela, nos trasladábamos al café de la esquina. Escribió: “La puerta de la poesía no tiene llave ni cerrojo: se defiende por su calidad de incandescencia. Solo los inocentes, que tienen el hábito del fuego purificador, que tienen dedos ardientes, pueden abrir esa puerta y por ella penetran en la realidad. La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea solo habitable para los imbéciles”. Cumplió ese mandato. El misticismo me vino por otro canal. Ya en la adolescencia, cuando asistía a casamientos de parientes en un templo, ya con los primeros acordes de la marcha nupcial en el órgano, mis ojos se llenaban de lágrimas. Descubrí el budismo zen en 1958 leyendo Los subterráneos, de Jack Kerouac. Y Elías Piterbarg me introdujo al pensamiento de Gurdjieff y Ouspensky. La noética de Pierre Teilhard de Chardin la absorbí y estudié en 1966, hasta que me inicié en budismo tibetano en 1977 impulsado por Allen Ginsberg en el Instituto Naropa de Estados Unidos. Mi vínculo amistoso con el monje trapenseThomas Merton fue central en mi peregrinaje místico.