Los murales en las calles son expresiones artísticas que pueden generar reflexiones y abrir un diálogo colectivo entre los ciudadanos. Para formar muralistas urbanos con pensamiento crítico y compromiso social, la Universidad Nacional de Rosario creó un espacio en la Facultad de Humanidades y Artes.

Se trata de la Diplomatura en Arte Mural Urbano que “es todo los contrario al claustro porque rompe con la idea de que el artista pertenece a un ámbito especial, sólo para entendidos”, dice uno de sus docentes, Jorge Molina y aclara: “Por la calle pasan todos, el artista se expresa y hay un ida y vuelta con la gente”.

Molina es autor de cerca de 100 murales en la ciudad de Rosario. El primero lo pintó hace seis años en Alvear y Mendoza y el segundo en la escuela 9 de julio. Sus obras remiten a lo infantil, “a esa sensación de haber sido felices cuando niños”.

Su formación académica comenzó en la Escuela Provincial de Artes Visuales y después en la carrera de Bellas Artes de la UNR a la que ingresó en 1981, “una época brava en la pude formarme a nivel político, ideológico, pensando qué rol cumple el arte popular en la sociedad”. Hizo historietas, pinturas, diseño gráfico, artesanías y dio clases. Se mudó a Buenos Aires, fue artesano en el Parque Centenario y allí entendió al arte como un oficio, “un saber hacer con las manos”.

Pero encontró lo que profundamente sentía hacer cuando se topó con el muralismo. Desde ese momento se dio cuenta que era justo lo que estaba buscando. En 2006 formó un grupo de muralistas llamado “Filete colectivo”, vinculado al filete porteño y tomó impulso realizando obras sobre reivindicaciones populares.

Un año después participó de un proyecto del Ministerio de Educación de la Nación que consistía en pintar murales con alumnos de quinto año de escuelas de barrios populares de distintas provincias argentinas y a la vez formar a muralistas del lugar para que continúen trabajando con esos grupos. “Con la esperanza nunca comprobada de que en esas ciudades, algunos chicos siguieran pintando”. Fueron dos años de “un trabajo intenso y hermoso” donde surgieron los temas que más le afectaban a estos jóvenes y que se plasmaron en los murales que pintaron: el embarazo adolescente, las adicciones y el silencio de los adultos.

El poder de transformar

Molina vivió 23 años en Buenos Aires y volvió a Rosario, donde desarrolló todo su “muralismo personal” y simultáneamente viajaba a trabajar en Francia. “Sé que mi laburo tiene que ver con la infancia, con el recuerdo de vivir en mi barrio Refinería, con la gente que quiero, que quise, mis amigos, amigas, y mucho con mis viejos que fueron dos personas que me alentaron. Cuestiones que remiten a algo infantil, siento que conectamos todos en esa sensación de la fantasía de haber sido felices cuando niños y le doy vueltas a eso”, explica.

Los personajes de sus obras son una nena llamada Lilú con el pelo violeta, un grupo de amigos cambiantes y un rinoceronte que cae del cielo, todos en el aire. Recuerda que luego de haber pintado un mural en la Escuela 9 de julio lo empezaron a llamar las directoras de otras escuelas para ofrecerle paredes.

Mientras pintaba, los grupos de chicos de preescolar o de primaria, con sus maestras de plástica o de lengua, salían y charlaban. En la Escuela Zapata, el grupo de quinto grado, por impulso de la maestra de lengua, contaron una historia, inventaron biografías, le pusieron nombre a los personajes, creyeron que la nena era un ángel porque interpretaron su forma de pelo, que aún no estaba pintada, como alas. Muchos le preguntaban ¿por qué vuelan? A lo que él respondía que se trataba de una fantasía. A fin de año le regalaron un libro con todas las producciones.

Luego de un tiempo pensó que ese grupo había crecido e hizo una serie con adolescentes convertidos en artistas populares: pintores, músicos, malabaristas y cada tanto aparecía el personaje de Lilú con aerosoles. Lo hizo con una técnica muy práctica pero no muy perdurable, una gran parte del mural pintado sobre papel de diario lo que hacía que esté listo prácticamente en un día.

Un mural de Jorge Molina definió la continuidad de la directora de la Orquesta de barrio Triángulo. 

Después hizo una serie que toma a los barrios como si fueran instrumentos musicales o herramientas de artistas: casas con forma de contrabajo, pinceles o libros. Entre esos murales pintó a una joven que tenía un contrabajo en una mano y el arco en la otra, con una actitud de arengar. Esta obra tuvo un gran impacto para Julia Martínez, la directora de la orquesta sinfónica infantil y juvenil de Barrio Triángulo.

Cabe destacar que en ese momento el gobierno de Macri había desfinanciado a todas las orquestas populares del país y los profesores trabajaban de forma muy precaria, por lo que Martínez, después de muchos años, había decidido renunciar. Pero cuando salió de esa reunión crucial se topó con el mural de la contrabajista y lo sintió como un mensaje, no pudo evitar conmoverse y entonces decidió seguir.

“Nunca había podido constatar que una obra de arte modificara algo pero era mi esperanza”, dice Molina quien desde ese momento no tuvo ninguna duda más y pintó con el conocimiento de que lo que hace, genera cosas. A partir de este hecho empezó a pintar la orquesta del barrio Triángulo de papel, más de 60 músicos de tamaño natural.

Actualmente está pintando una serie de murales de máquinas que vuelan, algunos son avioncitos de papel, otros bicicletas o triciclos manejados por chicas y hay nubes de colores. Algunos estarán en el centro porque es siempre garantía de visibilidad, pero también en una secundaria de zona oeste y en un Centro de Salud en las Flores Sur.

El artista considera que una de las principales características del arte en la calle es que pertenece a la comunidad. “Los murales importantes son los que la gente reconoce”, afirma. Como ejemplo menciona el que pintó “Arte por Libertad” en homenaje al militante de derechos humanos Juan Emilio Basso en la espalda de la Municipalidad. Este, luego fue tapado por un cuadro de Belgrano y una bandera argentina. “Un mural como ese debería haber sido protegido y preservado”, reclama.

Diplomatura en Arte Mural Urbano

Uno de los objetivos de la Diplomatura en Arte Mural Urbano que brinda la Facultad de Humanidades y Artes del a UNR es reflexionar sobre el arte popular y formar artistas con pensamiento crítico, que estén cerca de la sociedad, que sean conscientes de que su obra toca la sensibilidad de la gente, que se perfeccionen en la técnica para tener más oficio y que desarrollen su arte.

En cuanto a los posibles trabajos que pueden hacer estos artistas, Molina cuenta que hay una corriente publicitaria que viene con fuerza en Buenos Aires, por ejemplo en Palermo, que se llama marketing con murales. Consiste en que una agencia de publicidad que representa a alguna marca importante contrata al artista para que pinte un mural publicitario. “Se dieron cuenta que esta actividad es vista con simpatía por parte de la gente y el efecto comunicacional que se produce en las redes sociales en el curso de la pintada de un mural, es multiplicador”, comenta.

Después está la publicidad clásica, por ejemplo una cervecería que quiere pintar una pared. Y finalmente, el cliente que considera más deseable es el Estado, para hacer alguna campaña de interés de la comunidad.

La Diplomatura comenzó a dictarse en 2022 y este año duplicó la cantidad de inscriptos. La formación es un 70% práctica, en la que se desarrollan las técnicas y pintada de murales en la calle, exactamente dos por año. El año pasado, a mitad de año pintaron uno en la parte trasera de una escuela, en Entre Ríos al 3000 y terminaron haciendo en La Florida un mural de 41 metros lineales por 2 de alto. Con los 60 alumnos de la presente cohorte ya empezaron a pintar en la zona de la Biblioteca Vigil y en la terraza de radio La Hormiga.

 

Por la alta demanda, este año se abrieron dos grupos, uno para personas que recién empiezan en la actividad y otro para aquellos que ya tienen un camino hecho: muralistas, artistas con cierta trayectoria, con los mismos programas pero profundidades diferentes. El grupo está a cargo de cuatro profesores y dos más invitados. El docente confiesa que tiene la fantasía de que alguna vez se pueda crear a nivel institucional algo así como “Muralistas de la ciudad” y quienes lo integren tengan el compromiso de pintar murales de sensibilidad social.