Retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno
Un arte tan incómodo como oportuno
Fue una artista completa que en su última etapa se transformó en una de las más combativas contra el neoliberalismo. En este sentido, la exposición resulta no sólo actual, sino asombrosamente oportuna.
Vista parcial de la entrada a la retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno.Vista parcial de la entrada a la retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno.Vista parcial de la entrada a la retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno.Vista parcial de la entrada a la retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno.Vista parcial de la entrada a la retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno.
Vista parcial de la entrada a la retrospectiva de Liliana Maresca en el Museo de Arte Moderno. 

El Museo de Arte Moderno de Buenos Aires inauguró el jueves pasado una gran retrospectiva de Liliana Maresca (1951-1994), bajo el título El ojo avizor - obras 1982-1994, con curaduría de Javier Villa, que permite acercarse a todas las facetas de la artista, incluidas sus instalaciones especialmente reconstruidas. 

Detrás de esta muestra, cuya investigación demandó cuatro años, está también la energía, la dedicación y el cuidado de la hija de Liliana, Almendra Vilela, quien trabaja en el Mamba.

Maresca era una artista arrolladora, que transmitía convicción. Muy apasionada, muy arriesgada y comprometida; que le ponía el cuerpo al arte. Al mismo tiempo que su talento artístico tenía talento organizativo. Fue una gestora de proyectos y exposiciones de gran envergadura. 

Durante el menemismo su obra se volvió mucho más crítica y en varias de sus exposiciones tuvo a este diario como aliado y auspiciante. La obra de Maresca –que incluye esculturas, objetos, instalaciones, dibujos, pinturas, montajes gráficos, fotoperformance– comenzó a fines de la dictadura pero brilló principalmente durante buena parte del período de la postdictadura, desde mediados de los años ochenta hasta la muerte de la artista, a fines de 1994, a causa del sida. 

Se formó en la escuela nacional de cerámica, y en los talleres de Renato Benedetti, Miguel Bengochea y Emilio Renart, donde estudió, respectivamente, dibujo, pintura y escultura. Fue docente en la cátedra “Morfología I” de la carrera de Diseño gráfico de la Universidad de Buenos Aires y dirigió sus propios talleres. 

Algunas de sus muestras individuales fueron Lo que el viento se llevó, cuando inauguró la nueva etapa del Centro Cultural Ricardo Rojas, de la UBA, en 1989; No todo lo que brilla es oro (1989) y Mil nueve noventa (1990), en la Galería Centoira; Recolecta y Wothan-Vulcano, ambas en 1991, en el Centro Cultural Recoleta; Ouroboros, en la plaza seca de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (1991); Espacio disponible, en el Casal de Catalunya (1992), e Imagen pública-altas esferas, en el Centro Cultural Recoleta (1993). 

La poética de Liliana se alimentó y configuró a caballo de las décadas del ochenta y del noventa, entrelazándolas. En los proyectos colectivos que supo gestar, con su sello personal, articuló a distintas generaciones de artistas, embarcados en estilos y tendencias que en aquellos años se veían como antitéticos y en tensión, pero que ella logró reunir. Las exposiciones temáticas grupales y colectivas que gestó hicieron historia. 

Entre aquellas movidas puede citarse la muestra Lavarte –en octubre de 1985– en un Laverap, en pleno centro porteño, donde cruzó artes visuales, teatro y música.

Un año después organizó La Kermesse, una suerte de feria artístico circense, en el Centro Cultural Recoleta (entonces llamado Ciudad de Buenos Aires) en la que tomaron parte artistas plásticos, actores, músicos, vestuaristas, sonidistas, escenógrafos, directores, etc. Arte, juego y participación popular, al modo de las ferias barriales.

Desde 1989, junto a un grupo de artistas -y junto, también, con quien firma estas líneas-, Liliana organizó La Conquista, una gran exposición que fue montada y exhibida entre fines de 1991 y los primeros meses de 1992 en el CCR, para dar puntos de vista artísticos contra el proceso del “Descubrimiento” de América del cual se conmemoraban cinco siglos y que, por esos años, comenzaba a adquirir el nombre políticamente correcto de “Encuentro de culturas”. 

Allí se reunió buena parte de lo más interesante de las artes visuales argentinas de aquellos años, entre artistas consagrados y nuevos. 

Hacia fines de los ochenta su obra había comenzado a hacerse más política. Sin embargo, la forma que la artista tenía de concebir el arte no era la denuncia, sino la trascendencia. Maresca pensaba el arte excediendo su presente, más allá de toda rutina. En este sentido, El ojo avizor resulta un título pertinente.

Entre otras instalaciones, la retrospectiva incluye la que la artista presentó en 1990 en el Centro Cultural Recoleta, donde mostró un carro de cartonero lleno de deshechos, y tres réplicas, una en tamaño real, pintada de blanco; y dos en pequeña escala, objetos de bronce, uno bañado en plata y el otro en oro, como si fueran joyas. 

Con aquella muestra la artista vislumbró antes que nadie uno de los trabajos que mayor cantidad de personas excluidas reclutaría durante los años siguientes: el de cartonero y reciclador.

La exposición, para la cual escribí el texto de presentación en el reverso del afiche/catálogo, llevó un título sugerido por mí: Recolecta, reuniendo en un mismo término la doble referencia; a la recolección de residuos y al lugar donde la muestra sería exhibida.

La politización en la obra de Liliana también supuso al propio cuerpo, en una oscilación que iba del erotismo (sus desnudos fotográficos y sus piezas eróticas exhibidos en esta retrospectiva dan cuenta de este aspecto), a la provocación ideológica, en obras conceptuales como la instalación Espacio disponible (reconstruida en esta muestra) y en la que la artista se ofreció al público “para todo destino”, relacionando cuerpo y mercado. 

En otro de los núcleos de la obra de Maresca se evoca la idea de juego de destino, como sucede en los múltiples No todo lo que brilla es oro y Caja chica, que aquí se exhiben. 

Otro lugar posible de entrada a la obra de la artista lo constituye el carácter alquímico de varias de sus piezas y exposiciones. Aquí se reconstruyó una experiencia realizada en el Centro Cultural Recoleta en abril de 1991, Wotan-Vulcano (por los dioses de las mitologías celta y grecolatina, que representaban a la guerra y el fuego, respectivamente): allí la artista exhibió carcasas funerarias de metal, que había rescatado del crematorio del cementerio vecino. 

En 1993, nuevamente en el Centro Cultural Recoleta, que siempre le dio espacio, Liliana presentó la exposición Imagen pública - altas esferas. Por aquel entonces, la artista se sumergió en los archivos de PáginaI12. Maresca pasó semanas entre los estantes y archiveros de una antigua sede del diario, sobre la Avenida Belgrano, entre Chacabuco y Perú, para seleccionar todo el material que incluiría en su muestra: una larga serie de gigantografías de primeras planas e imágenes que funcionaban como perfecta síntesis de aquellos años. 

En la tarjeta de difusión de la muestra, la artista posaba desnuda sobre los paneles de imágenes, en un gesto entre transgresor y farandulesco, para simbiotizarse con aquello que criticaba de la política de la época.

La última exposición que Liliana realizó en los instantes finales de su vida fue una retrospectiva en el Centro Cultural Recoleta, en noviembre de 1994, a la que dedicó la energía que le quedaba. El título que eligió para la exposición resulta demostrativo de su actitud frente al arte y la vida: Frenesí. 

Para aquella gran muestra, PáginaI12 auspició el video-catálogo Frenesí, de cuarenta minutos de duración, a lo largo de los cuales es posible acercarse a la década de producción de Liliana Maresca que era motivo de la retrospectiva. El video fue producido por Maresca y por la realizadora y fotógrafa Adriana Miranda, y allí también aparecen los testimonios de sus amigos y artistas León Ferrari, Jorge Gumier Maier, Marcia Schvartz y de quien firma estas líneas.

Toda categorización del trabajo de Liliana es sólo aproximada porque su obra siempre se resistió al disciplinamiento y especialmente a ser clásica, porque lo clásico muchas veces gusta pero no incomoda el presente de quien observa, como le gustaba a la artista. 

La primera incomodidad de su producción, en el sentido de interrogarse a sí misma y de cuestionar al espectador, viene de la propia construcción de cada obra. Su trabajo evidencia a una artista con talento para crear obras bellas, que al mismo se resistía a la belleza fácil, esa que deja al espectador en un lugar pasivo por su efecto tranquilizador. Maresca siempre buscaba otra belleza, extraña y reflexiva, muchas veces revulsiva.

En este punto, varias de sus obras atravesadas por determinados paradigmas del diseño, siempre suponen un plus en alguno de los niveles de construcción o de sentido, al punto que tal paradigma se quiebra para tomar otra dirección, hacia un camino nuevo, propio.

Liliana Maresca fue una de las voces artísticas más combativas contra el neoliberalismo y, en este sentido, la muestra retrospectiva del Museo de Arte Moderno resulta tan oportuna como asombrosamente actual.

* En el Mamba, San Juan 350, hasta el 5 de noviembre.