Magnus Carlsen, implacable en rápidas, sigue siendo el rey del ajedrez
La sorpresa fue el camino y no el final
Contra todos los pronósticos que auguraban una aplastante diferencia del defensor del título, el noruego necesitó del desempate para doblegar al ruso Sergey Karjakin, al que venció 3-1, luego de empatar en 6 la serie de partidas de ritmo clásico.
Carlsen, campeón, tras 20 días y 12 partidas parejas de ritmo clásico, con solo una victoria para cada uno. Carlsen, campeón, tras 20 días y 12 partidas parejas de ritmo clásico, con solo una victoria para cada uno. Carlsen, campeón, tras 20 días y 12 partidas parejas de ritmo clásico, con solo una victoria para cada uno. Carlsen, campeón, tras 20 días y 12 partidas parejas de ritmo clásico, con solo una victoria para cada uno. Carlsen, campeón, tras 20 días y 12 partidas parejas de ritmo clásico, con solo una victoria para cada uno.
Carlsen, campeón, tras 20 días y 12 partidas parejas de ritmo clásico, con solo una victoria para cada uno.  

Magnus Carlsen se impuso ayer por 3 a 1 en la primera etapa del tie-break, en la que cada jugador disponía de 25 minutos más 10 segundos por jugada, y consiguió –en el día de su cumpleaños número 26– el máximo logro del ajedrez mundial por tercera vez en su carrera. De esta forma, extiende el claro dominio que tiene sobre el mundo del ajedrez desde el 2013.
Pero la carrera por conocer quién es el mejor del juego ciencia comenzó a principios de año, cuando los mejores jugadores de la elite mundial se enfrentaron entre sí para determinar quién sería el retador. Desde entonces, el mundo del ajedrez esperó impaciente el inicio de este match que enfrentó a Carlsen con el ruso Sergey Karjakin, noveno en el ranking mundial pero vencedor del Torneo de Candidatos. La indudable superioridad que Carlsen demostrara sobre el resto de la elite mundial, incluso ya antes de ascender a la cumbre (cuando derrotó a Vishy Anand en 2013), lo hizo gran favorito entre los referentes del ajedrez y la prensa especializada. Si bien Karjakin ganó su derecho a participar de este match en buena ley, una significativa diferencia de casi cien puntos ELO los separaba al comienzo del duelo y, cuestión de estilos, la opinión generalizada era que la manera cauta del juego del ruso no pondría en riesgo la corona detentada por el noruego. La previa de la contienda, pactada al mejor de doce juegos y, para el caso de empate, definición en partidas rápidas, tuvo un ingrediente de tono político, ya que Karjakin, nacido en Ucrania, se nacionalizó ruso pocos años atrás, acicateado por las excelentes condiciones que la Rusia gobernada por Vladimir Putin le ofrecía para el desarrollo de sus cualidades deportivas. Obviamente, Moscú realizó una apuesta fuerte para recuperar el título del mundo, ya que hace casi una década la corona se encuentra en manos de jugadores no rusos, un presente alejado de la hegemonía que sostuvieron los soviéticos durante buena parte del siglo pasado.
El viernes 11 de noviembre terminaron las especulaciones y ambos ex niños prodigio se sentaron frente a frente en el Fulton Market Building de Nueva York, una sala especialmente acondicionada para ellos, el público asistente y el periodismo especializado. Por lo demás, las partidas tuvieron una amplia cobertura en todos los medios digitales, con transmisiones en directo de las jugadas, videos del lugar de juego y comentarios de especialistas en vivo.
Las dos primeras partidas se presentaron tranquilas, con los adversarios dispuestos a no tomar riesgos y acabaron en tablas en 42 y 33 jugadas, respectivamente. En la tercera, el campeón optó por una apertura Ruy López y aceptó entrar en la variante Berlín que le propuso su rival, un planteo de moda y muy sólido, aunque habitualmente carente de ambición para las negras. Carlsen, fiel a su estilo, maniobró con acierto y obtuvo una pequeña ventaja que fue incrementando hasta alcanzar una posición cercana a la victoria, pero haciendo gala de su habitual tino en la defensa, Karjakin aprovechó con virtuosismo alguna imprecisión del noruego y alcanzó unas agónicas tablas.
También en la cuarta, y esta vez jugando con las negras, Carlsen volvió a acariciar el punto completo, pero de nuevo el ruso manejó con brillantez la defensa y llegó a una posición de tablas en una larguísima partida que terminó en la jugada 94.
El campeón, quien a todas luces era quien luchaba en pos de alcanzar la victoria, contra una actitud conservadora de su rival, apeló en la quinta a la apertura Giuoco Piano, pero no logró ventajas y después de un lucha tensa, se llegó al empate en la jugada 51.
En el sexto juego hubo poca lucha, probablemente en un tácito acuerdo para tomar un pequeño descanso antes de afrontar la fase decisiva del match.
A estas alturas, empatados en tres puntos producto de seis tablas, una suerte de decepción comenzó a ganar a expertos y aficionados. Excepto por las luchas prolongadas de las partidas tres y cuatro, las demás habían sido marcadas por un casi “aburrido” equilibrio, dando la impresión de que los contendientes aportaban lucha solamente con cuentagotas, ambos con la consigna de evitar a toda costa el peligro. Restaba saber si la segunda parte del match depararía los momentos excitantes que el público esperaba o si se continuaría con esa serie de tablas, que hacía acercar el encuentro a algún récord no deseado de cantidad de empates consecutivo en el inicio de una confrontación por el Campeonato del Mundo.
La séptima partida pareció confirmar los peores pronósticos, pues nuevamente se firmaron tablas con casi nada de lucha, luego de un cambio de piezas generalizado al salir de la apertura, y estableciendo la curiosa marca de conformar uno de los comienzos de match más parejos de toda la historia, hito que hubieran alcanzado si sumaban un empate más. Pero en la octava partida, por fin, sonaron las trompetas y ambos contrincantes se lanzaron a una franca lucha. Con blancas, Carlsen jugó a ganar en una posición tranquila derivada de una sólida apertura Sistema Zukertort; aceptó debilidades en los peones de su flanco dama y apostó a una mayor actividad de sus piezas intentando un ataque el rey enemigo. Karjakin, otra vez, se defendió con justeza y ganó un peón, pero apurado por el reloj omitió una continuación decisiva y otorgó chances de defensa al campeón, quien reavivó al asedió al rey y obtuvo contrachances. Sin embargo, Magnus cometió un grave error táctico poco después y abandonó cuando ya no podía detener la coronación del peón “a” de su rival.
Así que a falta de cuatro partidas, el título de Carlsen repentinamente se encontraba en serio riesgo. La incógnita que comenzó a carcomer la tranquilidad de la comunidad ajedrecística de todo el orbe se resumía en una sola pregunta: ¿Podría el campeón doblegar las sólidas y hasta ahí impenetrables defensas del ruso a tan solo cuatro partidas del final? La respuesta no tardaría en llegar.
Con su entereza psicológica puesta a prueba, Magnus Carlsen planteó con negras en la partida nueve, una variante Arkangelsk ante otro Ruy López del retador (en el match de ritmo clásico, entre ambos plantearon esta antiquísima apertura española un total de ocho veces). El juego siguió caminos muy trillados y Carlsen entregó un peón ya en la apertura. Pero cuando todos esperaban alguna novedad producto del laboratorio casero, la misma no se produjo, o al menos no fue eficaz, pues nuevamente Karjakin soportó la breve iniciativa de su rival y quedó con peón de más, obligando al campeón a una ajustada defensa para alcanzar tablas.
Faltando tres partidas, el ruso seguía adelante en el marcador. El campeón y gran favorito, no solo no había “destrozado” a su rival, como muchos habían supuesto que pasaría, sino que se encontraba en desventaja a poco del final. Pero llegó el décimo juego e impávido como siempre, con esa cara de “tengo sueño” que lo acompaña permanentemente, Magnus planteó otra vez una Ruy López. Esta vez evitó las variantes simplificadoras de la defensa Berlín, alcanzando una posición tensa y con chances para ambos bandos, nomás salir de la apertura. Asombrosamente, en la jugada 20, el campeón cometió un descuido y brindó a Karjakin la chance de forzar un inmediato empate por repetición, lo que lo hubiera acercado a la gloria. Pero Sergey no lo vió y en la jugada siguiente el campeón corrigió su error y, además, tomó el control de la partida. En una posición cerrada pero muy pasiva, el ruso resistió hasta que Carlsen acomodó sus fuerzas y efectuó la ruptura decisiva en el flanco dama, transformando la ventaja posicional en decisiva y adjudicándose el punto en un bien calculado final de torres.
Iguales otra vez y faltando dos partidas, ahora la incógnita cambiaba: ¿Jugarían las dos partidas que faltan arriesgando o se conformarían con ir al desempate en formato de rápidas? La respuesta esta vez no era tan difícil. Las dos últimas partidas transcurrieron por senderos anodinos y, aunque en la número once algunas fintas hicieron presuponer que podría haber lucha (fue tablas en la jugada 34), en la última partida no se jugó ajedrez: un cambio generalizado de piezas puso fin a la parte clásica (ritmo pensado) del match, aún mucho antes que se decretaran las tablas en la jugada 30, por lo demás, el mínimo número de jugadas a efectuar antes de poderse firmar el empate, según el reglamento.