Se estrena El baile, de Mathilde Monnier y Alan Pauls, en el Teatro San Martín
La historia argentina se puede bailar
El modelo inicial fue una puesta teatral y la célebre película de Ettore Scola, pero la coreógrafa francesa y el escritor argentino le dieron forma a una versión local que elude lo lineal: “Son los cuerpos, el movimiento, el espacio y el ritmo los que hablan”.
“Es un proyecto que a priori parecía imposible y que devino posible”, dice Monnier.“Es un proyecto que a priori parecía imposible y que devino posible”, dice Monnier.“Es un proyecto que a priori parecía imposible y que devino posible”, dice Monnier.“Es un proyecto que a priori parecía imposible y que devino posible”, dice Monnier.“Es un proyecto que a priori parecía imposible y que devino posible”, dice Monnier.
“Es un proyecto que a priori parecía imposible y que devino posible”, dice Monnier. 

Mathilde Monnier es una figura destacada de la danza contemporánea francesa. Dirige desde 2014 el Centro Nacional de la Danza en Pantin, a siete kilometros de París. Antes condujo el Centro Coreográfico de Montpellier, donde desarrolló proyectos con creadores de otras disciplinas artísticas. Siguiendo con esta apertura y junto al escritor argentino Alan Pauls, la directora ideó El baile, un espectáculo de danza libremente inspirado en la obra teatral homónima de Jean-Claude Penchenat, un trabajo que a su vez estimuló a que Ettore Scola realizara la célebre película ambientada en un salón de baile, donde transcurría casi medio siglo de la historia de Francia con sus cambios políticos y sociales. Todo sin una palabra, a pura gestualidad, ritmo, movimiento, música y relaciones entre personajes. La renovada versión danzada, coproducida entre Francia (Le Quai Centro de Arte Dramático Nacional Angers) y Argentina (Complejo Teatral de Buenos Aires), cuenta con doce talentosos y jóvenes bailarines argentinos: Martín Gil, Lucas Lagomarsino, Samanta Leder, Pablo Lugones, Ari Lutzker, Carmen Pereiro Numer, Valeria Polorena, Lucía García Pulles, Celia Argüello Rena, Delfina Thiel, Florencia Vecino y Daniel Wendler. La obra podrá verse desde mañana hasta el 30, de jueves a domingos a las 20 en la sala Casacuberta del San Martín (Corrientes 1531) para continuar con una gira europea . Sin texto y apostando a la expresividad de los cuerpos y de la música, la propuesta hace foco en el turbulento devenir argentino desde 1978 hasta el presente. 

“El sueño original es del productor Nicolas Roux. Desde hace años él tenía la intuición de hacer este espectáculo. La idea me atrajo inmediatamente a pesar de las dificultades que suponía. Hicimos un primer viaje a Buenos Aires que fue determinante y la ciudad, con su encanto, hizo el resto porque me fascinó”, cuenta Monnier a PáginaI12 vía mail. Si el film de Scola se ambientaba en un salón de baile, aquí el epicentro es un club de barrio de Capital Federal. “El encuentro con Alan fue uno de los primeros shocks que tuve en el proceso de trabajo y, sin dudas, fue el comienzo de todo: me dió la certeza de que el proyecto sería posible. Conocerlo fue una oportunidad increíble, apasionante. Es un escritor que respeto muchísimo”, agrega la creadora francesa. 

–¿Cómo fue el trabajo con Pauls para llegar a esta versión, que intenta abordar casi cuarenta años de la historia del país? 

–Él siempre defendió la idea de hacer una versión contemporánea de El baile, siempre teniendo en cuenta el contexto. Tuvimos discusiones muy intensas sobre los grandes temas de la Argentina, sobre cómo abordarlos. Alan aportó muchas ideas nuevas que intenté poner en escena. La intención no es representar la historia sino sugerir, hacer aflorar ciertas cuestiones, encontrar signos en la danza y en el canto para que sea la historia íntima, la historia pequeña la que hable, sin caer en clichés ni en imágenes fijas y estereotipadas. Que sean los cuerpos, el movimiento, el espacio y el ritmo los que hablen. No intentamos representar la Historia. 

–¿Cómo fue trabajar con intérpretes argentinos, desconocidos para usted? 

–Surgieron de una audición y quedé fascinada por el compromiso que asumieron. Descubrí que la danza contemporánea argentina es muy dinámica y creativa, a pesar de la falta de recursos económicos. El proceso de creación se desarrolló en diferentes lugares de Buenos Aires como el teatro Timbre 4, el Centro Nacional de la Música y la Danza, la Usina del Arte en La Boca, en un club social y, sobre el final, en un teatro en la ciudad francesa de Angers. Cambiamos mucho de espacio de trabajo, muchas veces en condiciones difíciles, y esta variedad de locaciones nos alimentó y me inspiró mucho. 

–¿Cómo describe el lenguaje corporal y el tipo de movimiento que se despliegan en la obra? 

–Responden a situaciones a las que arribamos y a ciertas propuestas que hice a los bailarines. Es un lenguaje corporal relacionado con la voz y con los ritmos. Los bailarines crearon un lenguaje contemporáneo buceando en otros repertorios de movimientos, compartiendo y transformando sus hallazgos. Gran parte del vocabulario de movimiento proviene de ellos. Hicimos una especie de diccionario  de gestos, movimientos y de voces a partir de la deconstrucción de danzas callejeras y de bailes tradicionales argentinos, como el tango, el escondido, la chacarera, el chamamé, la cumbia, el cuarteto, la zamba. Creamos nuestro propio repertorio de materiales. Además pedí a los intérpretes que cantaran todo el tiempo y los ensayos resultaron muy alegres.  

–¿Qué puede anticipar en relación a la música y al sonido ?

–Nos asesoró Sergio Pujol, historiador y ensayista especializado en música popular, y la filósofa Marie Bardet contribuyó a enriquecer y a pensar la música. Por otro lado, Olivier Renouf creó el diseño sonoro. Otro aporte crucial fue el de la dramaturgista Véronique Timsit. Siento que el espectáculo es la reunión de un grupo de personas en relación a un proyecto que a priori parecía imposible y que devino posible.