Cristian “El Ogro” Fabbiani / #Gordo #Potrero #Ronaldo #Cicatriz #Alegría
“Al gordo que pisa la pelota hay que defenderlo”
El Ogro, fanático del brasileño Ronaldo, se para de manos con el que pida abdominales marcados para todos. La picardía de un niño grande, en la piel de un jugador salido de un cuento, que mira para atrás y recuerda sus hits.
Imagen: Carlos Sarraf

Un jetón que la pisa y que boquea, pero que, a su vez, sonríe como un nene al entrar a la cancha. Un eterno adolescente con un juguete redondo, una cadencia barrial, un andar de bailarín y un mano a mano en ciernes en cada cruce. Uno que se levanta último del asado. Uno que pone la música. Uno que no traba la barriga en las fotos. Uno que la amasa como un chicle. Un gordo bueno y risueño. Un Ogro. Todos los grupos de amigos que juegan a la pelota en los barrios más barrios de la Argentina tienen un Cristian Fabbiani.

Enfundado en una joggineta de entrenamiento, el delantero del Deportivo Merlo recibe a Enganche en San Justo, donde lidera las prácticas de una escuelita de fútbol en la que enseña a los chicos tres veces por semana. La mitad del día la pasa entrenando para jugar en la Primera C. La otra, despuntando su nueva pasión. Lejos de los flashes que lo pusieron en el centro de la escena nacional de los programas deportivos y chimenteros, un Ogro maduro va de la reflexión a la risa. Va descubriendo la vida.

-¿En qué momento de tu vida estás?

-Estoy disfrutando. Pasé por muchas cosas y hace dos años por la más brava (un tumor de 16 centímetros por 7 en su pierna derecha, del que fue operado con éxito) y eso me hace ver la vida de otra manera. Hay mucha gente a la que le encuentran algo así y muere. Y hoy, cuando veo la cicatriz le doy valor a todo.

-¿Mirás mucho la cicatriz o ya te acostumbraste a que esté ahí?

-La miro siempre. Antes de los partidos, siempre. La miro porque es una batalla que gané y algo que me pone en el lugar de disfrutar de lo que hago. Ahí me doy cuenta que las cosas te pueden salir bien o mal adentro de una cancha, pero que no deja de ser fútbol. Y el fútbol siempre da revancha. Hay otras cosas que no. Hay cosas peores que no ganar un partido. Y obvio que sigo renegando cuando me va mal, pero siempre que necesito tomar conciencia de algo, miro la cicatriz y me queda todo claro.

-¿Te enseñó ese cimbronazo?

-Sin dudas. Yo estuve en todos lados y viví muchísimas cosas. De lo mejor a lo peor, lo que te imagines. Con los años, aprendí a admirar a los que tienen menos. El que tiene menos le da más valor a cada cosa que consigue. No se necesita tanto en la vida para ser feliz.

-Vos, a la vez, tuviste todo. Jugaste en Europa y en clubes importantes, conseguiste guita, coches, romances, tapas de revistas... ¿Hoy cómo mirás todo aquello?

-La edad te va acomodando. A los 24 años quería tener un Audi, una Hummer y un R8. Todo junto. Después, vas creciendo, formás una familia, vienen los hijos, pasan las luces y vas madurando. Entonces, empezás a tomarle el gusto a los pequeños momentos, al rato en el vestuario, a no irte tan rápido de la práctica, a quedarte con los compañeros. Pero los pibes se siguen yendo volando. Ya van a estar en mi lugar.

-¿Y cómo hay que hacer para no pegártela siendo un pibe al que le llueve la plata y lo miran distinto?

-Hay que tratar de no despegarse de la familia. Es que hacés dos goles en Primera División y te llaman todos. Aparecen los amigos del campeón. Te abren las puertas de cualquier lado. Pero eso no es para siempre y la vida no está ahí. El jugador de fútbol no puede mirar al resto desde arriba, porque se crió en la calle y en el potrero y le tiene que agradecer a todo eso.

-¿Y si te la creés?

-Quedate tranquilo que como salís aplaudido, a la larga vas a salir puteado. El fútbol es el deporte más justo de todos en eso. A mí me pasó en River, donde llegué y decían que era ídolo, cuando no había hecho nada. Ni había debutado. Y después, cuando la cosa no fue tan bien, me cayeron todos. Lo importante es que al final del camino uno sea buena persona. Hoy me cruzo a los hinchas y me dan un abrazo. Adentro de la cancha me podés putear, pero si me conocés afuera, ahí nos damos un abrazo seguro.

-Antes se decía que el gordo va al arco, pero cada tanto aparece en Primera alguno que, sin los abdominales marcados, ofrece algo distinto para ver. Vos fuiste uno. ¿Hay que refutar esa frase?

-No. Olvidate. Al gordo hay que darle la 10. Sabés la de gordos cracks que vi en las canchitas de los barrios. Para mí, el Gordo Ronaldo es lo más grande que hay, por ejemplo. Tuve la suerte de hablar por Instagram con él. Me dio bola. No lo podía creer. Para mí fue lo más grande que vi en el fútbol.

-¿Y qué te pasa cuando te dicen gordo?

-Me cago de risa. Si con el físico que tengo, gordo o no gordo, siempre hice la diferencia. Me ponían banderas para que vomite el Fitito, les hacía un gol y, aunque no la puedas creer, después me querían regalar las banderas.

-¿Hay una matriz del gordo que la pisa en los torneos de los barrios?

-Sí, olvidate. Hay montones. Por experiencia, en los torneos amateur cuando veo uno gordo-gordo me lo pongo a ver, porque digo “la rompe”. Es que si sos gordo y sos malo, tus compañeros no te van a poner. Cuando hay un gordo que le saca el lugar a uno que corre, es porque juega bien. El gordo, o paga la incripción del campeonato o es crack. Pero, en general, la segunda. Al gordo que la pisa siempre hay que defenderlo. Y darle la pelota al pie. Eso es clave, porque si se la tirás larga lo matás. Pero cuando la tiene en el pie, ahí hay que seguirlo.

-¿Te pasó que te hayan hecho sentir referente de ese tipo de jugador barrial?

-Hace poco, un rival. Viene, me encara y lo veo que era mucho más gordo que yo. Me sorprendió. Entonces me dice “te admiro, porque con un físico como el mío llegaste al lugar que llegaste” y me contó que se sentía identificado conmigo. Yo me quedé helado. No la podía creer. Ojo, igual yo gordo-gordo nunca fui. Bueno, solamente en la época de All Boys, que estaba pasando un momento malo mentalmente y era una vaca. Pero después, siempre me sentí cómodo con mi físico.

-Lo que no abunda en músculo, hay que ponerlo en entendimiento del juego...

-Claro. Yo lo veo a Riquelme, por ejemplo, y pienso que puede jugar hasta los 100 años si quiere, por cómo entiende todo en una cancha. No queda ninguno como él, con esa inteligencia. Y la inteligencia, en el juego, no tiene que ver con correr o ser más fuerte. Si fuera así, pondrían a correr a cuatro negros jamaiquinos y te ganan la Copa del Mundo. Y sabemos que no. Si no pensás a la hora de jugar, estás listo. El jugador pensante le va a ganar al fuerte, siempre, porque uno va a parar bien la pelota y el otro no. De mí podés decir cualquier cosa, pero sé que hasta los 80 años me vas a tirar una pelota fuerte y la voy a saber parar bien, sin que se me escape.

-¿Faltan pisadores en el fútbol argentino?

-A mí me da bronca, porque a los buenos los ponen de ocho o por izquierda. Cuando sea técnico, voy a jugar siempre con enganche. Siempre. Hoy lo veo a Cardona en Boca, por ejemplo, y me encanta porque es enganche, aunque lo pongan donde lo pongan.

-Y encima es del club de los que no tienen los abdominales marcados...

-Claro. Igual está fino, eh. Me hace acordar a mí. A mí cuando nací (risas).

-¿Qué cosas te hacen feliz hoy?

-Las pequeñas cosas. A veces me levanto sin dolor y otras con dolor, por la pierna operada, pero son 20 minutos hasta que me baja la sangre que me sirven para prepararme para el resto del día. Disfruto cada entrenamiento, con sol, con lluvia, lo que sea. Cuando pienso que hay gente que se toma dos o tres colectivos y se rompe el lomo, ahí me doy cuenta que somos privilegiados.

-¿Te quedó alguna cuenta pendiente?

-Jugar en la selección. Iba a debutar contra Brasil y se suspendió el partido, en la época de Diego Maradona.

-Si lo agarrás ahora al Ogro que recién debutaba, ¿qué le dirías?

-Que estudie. Me quedó la cuenta pendiente de haber estudiado medicina.

-¿Medicina?

-Sí, me encanta. En su momento, soñaba con ser médico. Yo terminé la secundaria en Lanús y creo que faltó que alguien me empujara un poquito para que me animara a estudiar. Me vuelvo loco por todo lo que tiene que ver con el cuerpo humano y sus problemas. Los compañeros del club me cargan, porque dicen que soy medio kinesiólogo. Debe ser de tantas veces que me lesioné (risas). Pero aprendí mucho mirando a los kinesiólogos y me queda la espina de no haberme animado a ser médico. Igual, tengo todas las energías puestas en convertirme en entrenador de fútbol. Voy a vivir para eso.

-¿Qué es el fútbol en tu vida?

-Es una escuela que me enseñó todo. Porque cuando perdés, tenés que trabajar el doble para volver a ganar. Cuando ganás, si te la creés, te la pegaste al partido siguiente. Si sos chico, te toca aprender y si sos grande, dar el ejemplo. Hoy me toca esa parte. Justo a mí, que siempre me dijeron que no me cuidaba. Y no podés jugar en Primera si no te cuidás. Yo salía con una mina y lo contaba todo el mundo. ¿Y el carnicero no sale con una mina? ¿Y el que trabaja en un diario no sale con una mina? Pero siempre la pagaba yo, que también cometí mis errores, eh. Lo importante es el respeto. Con eso, en el fútbol y en cualquier lado te va a ir bien. Aparte, esto se termina. Yo tengo 40 años de vida por delante en los que no voy a ser futbolista y, si no aprendí a vivir, la voy a pasar mal.