MISIONES> De Posadas a San Ignacio
La vida en el borde
Un recorrido por la capital misionera y un viaje hasta ese polo de atracción jesuítico-guaraní que son las ruinas de San Ignacio. En barco desde Posadas, historia, rutas y acordes chamameceros en la margen del Paraná.
El edificio principal del Parque del Conocimiento, situado sobre una extensión de 25 hectáreas.El edificio principal del Parque del Conocimiento, situado sobre una extensión de 25 hectáreas.El edificio principal del Parque del Conocimiento, situado sobre una extensión de 25 hectáreas.El edificio principal del Parque del Conocimiento, situado sobre una extensión de 25 hectáreas.El edificio principal del Parque del Conocimiento, situado sobre una extensión de 25 hectáreas.
El edificio principal del Parque del Conocimiento, situado sobre una extensión de 25 hectáreas. 

El Andresito metálico –enorme, un transformer caudillo– brilla por los rayos del sol y se refleja en las aguas del río. Misionero altivo –parafraseando a Víctor Heredia– con lanza en mano, aquí está Andrés Guazurarí, héroe local que gobernó estas tierras a comienzos del siglo XIX. Y este Andresito es casi una contradicción: el diminutivo contrasta con sus más de 17 metros de alto que ahora custodian la vera del río. Este gigante es uno de los atractivos de una costanera de Posadas que se ve renovada. Son varios kilómetros de una serpenteante estructura de iluminación, plazas y espacios para tirarse a matear en este permanente calorcito húmedo del litoral. “Ésta es una ciudad que durante mucho tiempo le dio la espalda al río”, escucho decir varias veces por aquí, y de varias bocas. Esta costanera buscaría intentar romper esa lógica: esta tarde de viernes parece demostrarlo, con familias dando vueltas y deportistas trotando por las sendas.

Las luces nocturnas de la costanera, desde el barco que realiza minicruceros fluviales.

CATAMARÁN DE LUXE Es la noche de ese mismo viernes, y esta Posadas que mira a su río –y qué río, este ancho, bello y alto Paraná– ofrece algo que unos años atrás hubiese sido una rareza. El Mburucuyá Connection es una embarcación que se transformó en una interesante propuesta para vivir el río en cualquier época del año. Tiene capacidad para 160 pasajeros, un lindo bar y salón VIP; una especie de crucerito para recorrer esta zona de fronteriza llegando hasta tierras paraguayas. Fabián Romero es el joven jefe de servicio del Mburucuyá, y me recibe en el embarcadero poco antes de las diez. Ese es el horario pautado para la salida, que normalmente hacen de miércoles a domingos, con distintas propuestas. 

Esta noche el Mburucuyá es casi el crucero del amor: es “noche de parejas”, y hace un par de días fue especial para grupos de mujeres. El salón principal cambia de tono según la ocasión, pero la idea es siempre disfrutar de una buena cena mientras se recorren las aguas por algo más de tres horas. Ahora algunos salen, luego de cenar, en la búsqueda de un poco de aire, brindis y foto, mientras con Fabián caminamos por la cubierta. Me cuenta que normalmente la capacidad está como hoy, repleta. Bajo nuestros pies el salón ya es puro baile, y él se apasiona por describir este litoral argentino. Hablamos de gastronomía y de lugares, de su paso por San Juan para estudiar, y su vuelta a la tierra roja. Y todo lleva al nombre de este barco que ahora miramos desde arriba. Un nombre que brota de la unión del toque internacional que le dieron con el “Connection” y la hermosa flor azulada y amarilla del mburucuyá, característica de esta zona, que decora el frente de la embarcación.

El barco pasa cerca del puente que nace en este borde y es casi una postal de Posadas: el que la une con Encarnación, en Paraguay. Este puente es el que por estos días se inflama de autos y colectivos con argentinos que cruzan (a “la Mar del Plata de Paraguay”, dicen por aquí) para conseguir a precios increíbles absolutamente de todo: desde ropa a repuestos, desde electrónica a insumos de todo tipo y color. Un fenómeno propio las zonas de frontera (y perfectamente desconocido para lo que habitan otras latitudes) que fluctúa en intensidad según los vientos de la economía. Y resulta que los vientos actuales se llevan turistas y pesos hacia afuera. Una lógica compleja: se aprovechan las ventajas económicas del cruce, pero hay una ciudad que se adormece mientras su vecina del otro lado del río, simplemente, florece.

Antes de salir hacia San Ignacio, una escapada a otra sorpresa posadeña. A la calidez del litoral y su gente le sumamos un recorrido de unos diez kilómetros desde la ciudad para llegar hasta el Parque del Conocimiento, un centro cultural gigantesco recostado en un predio de 25 hectáreas. El lugar es como una miniciudad cultural, moderna y estéticamente impecable. A un costado se extiende una laguna, que enmarca un imponente edificio central de seis pisos, unido a una enorme plaza seca. Este edificio es una gran caja de vidrio y metal –con parasoles que se ajustan para optimizar la luz solar– que tiene en sus entrañas desde un teatro lírico para 550 personas, un teatro de prosa, una biblioteca increíble y hasta una biblioteca infantil. La distancia desde el centro de la ciudad parecería un obstáculo, pero cuentan que de a poco (está montado desde 2007) eso fue cambiando.

El jardín que ocupa el Parque tiene también un observatorio astronómico, que actualmente espera por su equipamiento, y la monumental construcción que se enfrenta al edificio central: el círculo –a la vista, como un estadio– que ocupa la sala IMAX, donde se proyectan películas y documentales en ese formato impresionante en tamaño, imagen y sonido.

Ruinas jesuíticas de San Ignacio, uno de los tesoros históricos de la tierra misionera.

RUTA 12, RUMBO NORTE Posadas es el nombre de un chamamé que el Chango Spasiuk –apostoleño él– grabó hace unos cuantos años. Es un retrato musical de esta capital. El Chango hizo lo mismo con la provincia de Formosa, y hasta dedicó una canción a la provincia de Misiones toda. Mientras vamos saliendo desde la capital hacia el norte, el Chango suena en los oídos: el comienzo saltarín al pasar por la costanera, con un violín que va tejiendo melodías hasta estallar en un chamamé potente. Cuando eso llega ya estamos en una ruta rodeada de tierra colorada, la misma senda que una la capital misionera con Puerto Iguazú. Un camino con movimiento permanente. Casi en un pestañeo pasamos por el acceso hacia Garupá y luego por Candelaria, que supo ser la primera capital de la provincia y que hoy está prácticamente pegadita a Posadas. Candelaria guarda el árbol histórico en el que –se dice, se repite– en 1811 descansó el general Manuel Belgrano durante una etapa de su expedición militar hacia el Paraguay.

Seguimos adelante por la 12, y pasamos luego por Santa Ana hasta llegar a San Ignacio. Unos sesenta kilómetros hicimos desde Posadas, en un camino que fue siempre paralelo al río, hasta este pueblo atractivo por naturaleza. Y por historia, digamos. Misiones tiene muchas caras turísticas: Iguazú se roba todas las miradas, pero la trama jesuítico guaraní busca permanentemente hacerse un lugar. De hecho, muchas veces se olvida que a San Ignacio Miní –las ruinas más conocidas– se suman otras tres: Santa Ana, Loreto y Santa María. Es verdad que éstas a las que estamos llegando son las más famosas, pero a no desatender un posible circuito, siempre y cuando el tiempo disponible acompañe. 

Esta parte de la historia del litoral ancla en el siglo XVII y se centra en esa mixtura entre cultura guaraní y evangelizadores de la Compañía de Jesús. Y ahora, a las puertas de las rojizas y centenarias ruinas de San Ignacio una novedad permite conocer su historia de una manera moderna. El reciente Centro de Interpretación viene a sumarse a las posibilidades que el recorrido ya tenía –visitas guiadas, show de imagen y sonido por las noches– y funciona como una antesala al caminar entre los restos de la reducción. De hecho, entrando por la puerta principal del predio, las ruinas aún no se ven; tenemos delante de nosotros una antigua construcción, plenamente acondicionada. Allí me esperan Aldina y Danila –las dos amables guías del Centro– y con ellas iniciamos un recorrido por salas en las que la tecnología se abraza con lo artesanal, y lo sensorial con los datos duros.

La línea en que se cuenta esta historia de la de unión de dos formas del ver el mundo,  que dio lugar a algo nuevo y único. Los textos se intercalan con salas oscuras en las que el juego de luces hace su trabajo: proyecciones sobre pequeños escenarios, en los que se pueden ir viendo avances y retrocesos en la historia del cruce entre pueblos originarios y jesuitas. Salas donde, en penumbras, nos ponemos de a uno bajo campanas de sonido que penden del techo y aparecen frente a los ojos figuras de tamaño real de guaraníes narrando su historia, y en su lengua. Espacios en los que tenemos que usar unos enormes anteojos con espejos, tramos con miniaturas y maquetas, y un relato que permite llegar al paso siguiente con la cabeza ya ubicada. Una vez afuera de este edificio: la luz del día, el camino largo, y al fondo la imagen icónica de los restos del pórtico de la vieja catedral. 

Dejo a Danila y Aldina y sigo para recorrer las ruinas. Esta alfombra verde –siempre impecable– que enmarca a los restos de San Ignacio Miní será esta noche, como todas, el circuito por donde decenas de personas caminen para ver el espectáculo de imagen y sonido. En mí, el Centro de Interpretación dio sus frutos y la cantidad de preguntas que tenía para Paola, quien ahora me acompaña, se achicaron. Igual, ella sabe siempre algo más, y siempre es interesante escucharla. Un buen plan para perderse por un par de horas, antes de seguir nuestro viaje.