ADELANTOS
LA VOZ DEL HORROR
A fin de mes sale Quilmes, la Brigada que fue Pozo, un trabajo de la periodista Laura Rosso, editado por la Universidad de Quilmes, que recoge fragmentos de cuatro mujeres que estuvieron detenidas-desaparecidas durante la última dictadura militar. Ilustrado con las fotos de Helen Zout, de su serie Desapariciones 2000/2006, los testimonios en primera persona de las vejaciones y torturas que vivieron aportan una mirada de género a un horror que cambió nuestra historia y sigue calando hondo en nuestro presente.

La madrugada en que la patota del Ejército, armada y encapuchada, irrumpió en su casa, Emilce Moler tenía 17 años, estaba en pijama y aparentaba menos edad. La arrancaron de la cama. Casi se llevan también a su hermana mayor, pero uno de ellos dijo que no había lugar en el auto y agregó: “Agarren a la de Bellas Artes”. Su madre pidió que la dejaran vestirse. Sobre la ropa se puso un gamulán que mantuvo durante todo su secuestro. Emilce era muy joven y llevaba inscripta en su biografía la complejidad de la militancia política. El contexto de creciente movilización y cuestionamiento al orden social acentuaba sus convicciones. Septiembre de 1976 fue un tiempo de detenciones sistemáticas a estudiantes secundarios de La Plata. Le habían avisado que la noche anterior se habían llevado a sus amigas, Claudia Falcone y María Clara Ciocchini. También habían secuestrado a Claudio de Acha, Daniel Racero, Horacio Ungaro y Francisco Muntaner. Todos compartían la militancia en la UES. Emilce tuvo miedo y el 16 de septiembre de 1976, un día antes del secuestro, su padre le pidió que se escapara. Pero el compromiso de no dejar a los compañeros fue más fuerte. 

La subieron a un auto y la llevaron al Pozo de Arana. Fueron cuatro días de manoseos, golpes, patadas y picana. Cuando se enteraron de que era hija del comisario inspector retirado Oscar Moler, los ataques recrudecieron. Le decían que era una terrorista, una subversiva y una tirabombas que se había vendido a los enemigos de la patria. En el Pozo de Arana, Emilce se encontró con sus compañeros de militancia de la UES. Estuvo cara a cara con el hacinamiento en las celdas, la falta de comida y la suciedad: “La reducción a cosa”, dice. “Entramos en el Pozo y nos cosificaron”. Lo más terrible de esos días fue la picana eléctrica en las zonas más sensibles de su cuerpo y las quemaduras con cigarrillos. Atada en una cama, desnuda, le decían que abriera y cerrara la mano cuando quería hablar: “A veces yo abría la mano sólo para frenar la tortura, y no les decía nada. Paraban, pero después me daban más fuerte”. 

El 23 de septiembre subieron a todos los estudiantes, maniatados y encapuchados, a un camión. Al llegar al Pozo de Quilmes los guardias preguntaban hasta cuándo iban a “traer a  pibitos de jardín de infantes”. A Emilce se le resbalaban las esposas de las manos. En Arana había estado siete días sin comida. Pesaba 46 kilos y medía un metro y medio. Tenía el gamulán y la misma ropa con la que la habían secuestrado, excepto la bombacha. En esos tres meses siguió bajando de peso y no volvió a menstruar. Se acuerda de la “polenta con remolacha re grasosa” que a veces le daban de comer. Dos compañeras le habían avisado que no tomara agua por el shock eléctrico de la picana, entonces Emilce sólo se humedecía los labios. 

En el Pozo de Quilmes la llevaron, sin ningún aviso, a una celda de castigo donde estuvo un día: “Tenían orden de no abrirme. Estuve en estado de alerta permanente. Era el minuto a minuto, no podía pensar en nada”.

El 27 de enero de 1977 la trasladaron a la cárcel de Villa Devoto: “Fue uno de los peores momentos de mi vida. Cuando entré, una celadora me leyó los cargos en mi contra: asociación ilícita, tenencia de armas y explosivos. Yo lloraba y decía que no era cierto. Sentía una terrible impotencia”. Estuvo detenida casi dos años. Cuando la liberaron no pudo volver a La Plata y se mudó con su familia a Mar del Plata: “Salí bajo libertad vigilada en una ciudad que no conocía y empecé a rendir las materias de quinto año”. En el colegio la declararon libre por las faltas. Tuvo que decir que había tenido hepatitis.

Nilda Eloy 

Nilda Eloy es platense y pasó por seis campos de concentración del Circuito Camps. Estudiaba Medicina y no tenía militancia previa a su secuestro. “Como militante me hicieron adentro”, ironiza. La secuestraron el 1º de octubre de 1976. La patota había ido a buscar a un ex novio, con quien creían que se había casado. Se la llevaron tabicada de la casa de sus padres. Tenía 19 años. Llegó al Pozo de Quilmes después de estar tres días en La Cacha, el Centro Clandestino de Detención contiguo al Penal de Olmos. En el mismo traslado venían Osvaldo Busetto, herido en una pierna y con un yeso, su compañera Angelita, y varios más. Entre La Plata y Quilmes los hicieron bajar del camión y simularon un fusilamiento. Por el olor a pasto, Nilda creyó que estaba en el Parque Pereyra Iraola, ubicado entre los municipios de Berazategui, Ensenada, Florencio Varela y La Plata. Los volvieron a subir y llegaron al Pozo de Quilmes. Era 4 de octubre y el camión se metió en el garaje de la calle Allison Bell. Cuando bajaron los llevaron “hacia la derecha, donde había una escalera muy empinada”. Nilda siempre pensó que esa escalera estaba afuera. Había sentido el viento en el cuerpo y en la cara, pero eran los ventanucos de ventilación enfrentados los que provocaban la corriente de aire. Llegó sin campera. No la recuperó después de la primera sesión de tortura en La Cacha. 

Luego de la conmoción de los primeros días, Nilda empezó a tener registro de lo que estaba pasando. Venía de La Cacha maniatada con cuerdas pero apenas llegó al Pozo de Quilmes le pusieron esposas de hierro. La llevaron a un calabozo donde estuvo sola, al rato la sacaron y la encerraron en un baño junto a otras personas para que se higienizaran. Les daban unos minutos y luego debían volver a tabicarse para salir. En el baño se encontró con Emilce Moler, que reconoció a Nilda por su pelo largo y negro. Que Emilce le dijera “Vos sos Morticia” fue “un lazo de esperanza”. Nilda había sido alumna del Bachillerato de Bellas Artes de La Plata, donde Emilce estudiaba, y en una de las fiestas de la primavera en las que se recreaban escenas de películas y teatro, a Nilda le tocó interpretar a Morticia.

De regreso al calabozo donde estaba, Nilda recibió la visita del médico policial Jorge Bergés que traía un pomo de Pancután. Le sacó todo menos el tabique y la manoseó con la crema para quemaduras. Después subieron los cabos de guardia. Esa tarde le trajeron pan y mate cocido.  

“Ingresar al Circuito Camps era como ir cayendo en pozos. La sensación que intentaban darte era esa. Perdías el nombre, la identidad, la conexión con el afuera, la relación con el calor, no sabías si era de día o de noche, o si habían pasado dos horas o veinticuatro, ni si estabas dónde. Por eso llamaban pozos a esos CCD. Quedabas en el limbo”.

Entre el 8 y el 9 de octubre de 1976, la llevaron al Pozo de Arana. Nilda también pasó por El Vesubio y después estuvo en El Infierno, como llamaban a la Brigada de Avellaneda, hasta el 31 de octubre. “El 31 de diciembre de 1976, Horacio Matoso y yo fuimos trasladados en una camioneta, tapados con mantas y cajas, a la Comisaría 3ra. de Lanús con asiento en Valentín Alsina, con orden de incomunicación”.

El 22 de agosto de 1977 la llevaron a la cárcel de Devoto, donde estuvo hasta fines de noviembre de 1978, cuando fue liberada a la madrugada y sin documentación, desde Coordinación Federal (Policía Federal).