Guillermo Saccomanno habla de Antonio
“Yo no decidí este libro, el libro me decidió a mí”
El texto más reciente del autor de Cámara Gesell se mete con el oficio de vivir y la escritura literaria como lengua común que cruza los destinos de dos escritores de distintas generaciones: Antonio Dal Masetto y el propio Saccomanno.
“Ser escritor no te hace ni mejor ni peor que el resto del mundo, pero te hace distinto”, asegura Guillermo Saccomanno.“Ser escritor no te hace ni mejor ni peor que el resto del mundo, pero te hace distinto”, asegura Guillermo Saccomanno.“Ser escritor no te hace ni mejor ni peor que el resto del mundo, pero te hace distinto”, asegura Guillermo Saccomanno.“Ser escritor no te hace ni mejor ni peor que el resto del mundo, pero te hace distinto”, asegura Guillermo Saccomanno.“Ser escritor no te hace ni mejor ni peor que el resto del mundo, pero te hace distinto”, asegura Guillermo Saccomanno.
“Ser escritor no te hace ni mejor ni peor que el resto del mundo, pero te hace distinto”, asegura Guillermo Saccomanno. 
Imagen: Jorge Larrosa

“Discar tu número, escuchar tu voz. Un impulso que freno. Lo que queda del recuerdo: una voz”. El fragmento –escandido por la respiración parsimoniosa del silencio– podría ser una especie de pequeño poema narrativo que compuso Guillermo Saccomanno en Antonio (Seix Barral), un libro sobre el oficio de vivir y la escritura literaria como lengua común que cruza los destinos de dos escritores de distintas generaciones: Antonio Dal Masetto, “El Tano” –que murió el 2 de noviembre de 2015– y el propio Saccomanno. No es un libro de memoria, ni un diario, ni una biografía convencional, aunque haya evocación y reconstrucción de algunas instancias vitales del autor de Oscuramente fuerte es la vida, como su infancia en Intra (Italia), su adolescencia en Salto, un pueblo de la provincia de Buenos Aires, su llegada la ciudad como “territorio a conquistar”, la melancolía del inmigrante, el periodismo y las novelas, la amistad con Miguel Briante y Osvaldo Soriano, las mujeres y los hijos. “Tu voz me escribe”, subraya ese narrador en segunda persona –en el que resuena Cesare Pavese—, una suerte de médium de una primera persona que habla a través de él.

“Yo no decidí este libro, el libro me decidió a mí. Un día estaba caminando en Gesell por el bosque y me pareció estar escuchando la voz de Antonio. Sentí que había una conversación pendiente. Entonces llegué a la cabañita donde vivo y me puse a escribir, y se lo conté a (Fernanda García) Lao, mi pareja, que al principio se había mostrado reticente. Cuando terminé de leerle lo que era la primera bajada del libro, tenía lágrimas en los ojos –recuerda Saccomanno—. Este libro tuvo lectores de lujo: Fernanda, mi pareja; y Juan Forn. Juan me dijo: ‘Tenés el tono, vos dale, escuchalo al Tano’. Sin entrar en lo paranormal, el libro me fue dictado. Después, sobre la vuelta final, la otra lectora de lujo fue Paula Pérez Alonso, mi editora, que me preguntó: ¿qué pasa con Pavese? Pavese es una presencia muy importante en la literatura del Tano, como lo es (Elio) Vittorini”.

Saccomanno cuenta que lo que le preocupaba era que se escuchara el silencio de Antonio, un silencio al que define como “elocuente” y que se escucha en la “buena” poesía. “Como hace varios años que en Radar vengo escribiendo sobre poesía y ahora estoy metido en un proyecto de investigación poética sobre George Trakl, cada vez más me preocupa la poesía, en términos de que hay un lugar de la prosa que siento agotado. Mucha de la novela que se publica hoy no me cuenta nada, no me dice nada. Tal vez es por mi edad o tal vez porque me doy cuenta de que a medida que uno avanza con los años es más lo que tiene atrás para leer. Vuelvo una y otra vez a Dostoievski, estoy leyendo por cuarta vez Los hermanos Karamazov. ¿Por qué me engancho con ciertos textos? ¿Por qué vuelvo a cierta poesía? ¿Por qué me preocupa Paul Celan y no me preocupa mucho de lo que se está publicando alrededor? Tal vez porque encuentro que la literatura se ha normalizado. El neoliberalismo, en función de la legibilidad, normalizó los textos. Los textos que se publican hoy son textos estandarizados”, opina el escritor en la entrevista con Páginal12.

–¿Qué libros funcionaron como modelos de escritura para “Antonio”?

–El riesgo de este libro está en cómo merodeás la literatura llamada “del yo”. Tenía algunos modelos. Uno es la voz de Marguerite Duras en Escribir, una de las prosas más interesantes por el modo en que ella trabaja el fragmento y el silencio. También vengo leyendo mucho a (Ludwig) Wittgenstein: “de lo que no se puede hablar, hay que callar”. Había cosas de las cuales no podía hablar porque no me interesaba escribir una biografía. Me parecía mejor correr el riesgo de lo fragmentario. En ningún momento traté de que fuera un libro literario entrecomillas o un libro para escritores. En Sobre el estilo tardío de Edward Said, cuando cuenta su relación con (Jean) Genet, está hablando de Genet, pero no está hablando de Genet, está hablando del arte de vivir, del oficio de vivir. 

–Pero no es el oficio de vivir de un escritor, ahí hay una diferencia, ¿no?

–Ser escritor no te hace ni mejor ni peor que el resto del mundo, pero te hace distinto. Tenés una manera de entender la realidad en términos de relato o circunstancia con el lenguaje. El hecho de que uno ande siempre con una libretita para anotar y que no se pierda nada no tiene que ver con la crónica. Esto tiene que ver con el miedo a la pérdida, con la fugacidad: va todo tan rápido que se me escapa. No es que quiero ser cronista en términos de (Ryszard) Kapuscinski. Esta cosa de la anotación es como capturar un instante, capturar un brillo o una oscuridad en la realidad. 

Uno de los últimos correos electrónicos que recibió del autor de La tierra incomparable está fechado el 15 de octubre de 2015, un par de semanas antes de su muerte. “Como todos los domingos también este se desliza con ese extraño sabor a nada –advertía Dal Masetto—. Ahora que le puse punto final a la novela de la cual leíste los primeros capítulos estoy preparado en esa zona neutra que hemos conocido bien. Quisiera por lo menos arrancar con algunos apuntes dispersos de algo, en alguna dirección. Cualquier dirección. Siempre fue así después de terminar un trabajo y saberlo, recordarlo, mitiga un poco la sensación de que ya no habrá más nada por delante”. Saccomanno dice que Antonio es un libro sobre la amistad y el duelo. “Uno llega a cierta edad en la que ha perdido amigos. Tengo 69 años, sé que no se me nota. La carrocería está perfecta, pero no levantés la tapa del motor. También me agarra la urgencia: no tengo tiempo para la pelotudez. Antonio se me va y quiero capturar esto que me quedó por decir o por hablar”, argumenta el escritor. 

“No pude asistir a su entierro porque me estaba por operar. Cuando me contacté con los hijos, les dije: ‘miren que el viejo dejó una novela’. Cuando me encontré con Marcos, el hijo, me contó que en el último tiempo el Tano se había ido a vivir a Martínez, a su casa. Y que el viejo hablaba mucho de mí. Lo mismo me dijo Daniela, la hija, por mail. Otro amigo, el Negro Juárez, decía que yo era su interlocutor literario. Antes de morir, él insistió en que me hiciera cargo de su última novela –advierte Saccomanno—. La novela fue a Penguin Random House Mondadori, donde está toda su obra. Yo estaba terminando de escribir el libro cuando me entró la novela para hacer el editing”.

–¿Cuál es el título de la novela póstuma de Dal Masetto?

–Se va a llamar La última pelea y sale en noviembre. Te diría que es sobre el silencio. Durante todo el tiempo que escribí este libro, me puse a dibujar nueces. Después me di cuenta de que era por la frase que escribió el Tano: “Quien nunca ha visto un nogal no sabe qué es un árbol”. Entonces me fui a un supermercado chino, me compré una bolsa de nueces y me puse a dibujar nueces. La nuez me permitía entender su literatura, su silencio, que también es el silencio del poeta, el silencio de (Giuseppe) Ungaretti, eso que tiene de esquivo la poesía. Casi todos los libros de Antonio tienen como epígrafe un poema. Él era un pibe muy chico cuando presenció la matanza de los 42 del nazismo. Y después vivió acá la dictadura militar. Si hubiera que definir su estética, yo diría: “menos es más”. O lo que diría el teórico vienés (Adolf) Loos: “el ornamento es homicida”. Yo traté de ir al hueso, de que este libro fuera una nuez, que es lo que el Tano se proponía: una novela debe ser como una nuez.

–¿Por qué las mujeres y el alcohol son como los “grandes fantasmas” del libro?

–El alcohol es el gran temor. Fijate que escritores que uno puede admirar como Raymond Carver son aquellos que han cortado con el alcohol. Yo todavía no la corté y lo puedo decir. Tomo menos, pero no la corté. El Tano la había cortado; son pocos los que logran cortar, como (Abelardo) Castillo. El alcohol está ahí. No sé si para todos, pero al menos para mi generación. Creo que con las mujeres pasa lo mismo que pasa con los hijos; es decir, toda entrega amorosa implica retacearle el tiempo a la escritura. Yo no creo que ni una mujer ni un hijo le quiten tiempo a la escritura. No creo que este libro sea misógino... Diría que no son las mujeres el fantasma, sino el amor y la entrega. Antonio decía que no escribió durante años porque estaba enamorado. Y se reía. El Tano era muy cariñoso en su trato con las mujeres y con los chicos. Era un tipo muy tierno con una apariencia hosca del carajo, porque lo veías y encarnaba un duro. Si querés pensar en el cine italiano, era tipo Renato Salvatori en Rocco y sus hermanos o Lino Ventura, ese tipo de galanes recios. El Tano tenía fama de duro. Yo escuchaba su voz cuando me llamaba por teléfono: “Guillermooo” y arrastraba la “o”. Me daba cuenta por su voz si había estado chupando o no. Con las mujeres pasa como con los hijos; este libro es también sobre la culpa con respecto a los hijos. Uno escribe pensando: ¿me leerán mis hijos? Tus hijos te quieren como padre. No te quieren como médico, como abogado, como albañil, como lo que seas. Somerset Maugham dice que cuando un escritor le pasa un texto a otro, lo que espera es un elogio y no una crítica. El Tano tenía una cosa de artesano y orfebre, de que el texto no se caiga, porque una vez que publicás ya no te protege nadie. Hoy, en las editoriales los textos pasan como escupidas de músico y cualquier pendorcho publica. 

–¿Se pregunta qué opinaría Antonio ante un hecho específico de la realidad que ya no puede compartir con él?

–Sí, claro, qué pensaría de lo que pasa en el presente: ¿Dónde está Santiago Maldonado? El Tano tiene textos donde habla del nazismo, tiene tres novelas sobre la dictadura: Fuego a discreción, Hay unos tipos abajo, La culpa. Lo que él diría es: “tanto horror en el mundo”... Da mucha bronca ver el mundo cómo está. Pensarlo a (Donald) Trump, a (Mauricio) Macri, a (Vladimir) Putin, a (Mariano) Rajoy, es la náusea. Como generación, uno que ha militado, uno que se ha comprometido, uno que tiene amigos muertos, uno que ha tenido amigos en el exilio, ver esto es muy doloroso. Ver este tiempo canalla es muy duro. 

–Los tiempos duros son muy buenos para la literatura, ¿no?

–En este tiempo de mierda la búsqueda de la belleza debe ser más afilada. Este tiempo de mierda, en comparación con la Francia de (Honoré) Balzac, de Baudelaire, la Rusia de (Fiódor) Dostoievski, de (Leon) Tolstói, de (Antón) Chéjov, la Norteamérica de (William) Faulkner, de (Ernest) Hemingway, de (John) Steinbeck, no es diferente. Toda la literatura que a uno le gusta surge de la necesidad. Hoy me torcí un pie y se publica una novela del yo. Me salió un grano en el orto y escribo una confesión. ¡Pará la mano, loco! Como si tu grano te convirtiera en Proust (risas). ¡Muchachos, no abusen del yo, dedíquense a mirar alrededor! Lo que pasa es que no se puede mirar alrededor porque el neoliberalismo, esta etapa del capitalismo, impide mirar al otro. Impide ser con el otro. Impide el nosotros. Y esto está pasando en el lenguaje. Tenemos que problematizar el lenguaje, tenemos que problematizar la lectura.

–En un momento del libro recuerda que Dal Masetto le enseñó a mirar la naturaleza. ¿Qué otras cosas le enseñó?

–El Tano me enseñó varias cosas. El Tano sostenía que todo lugar adonde uno llega es un territorio a conquistar. Cuando llegué a Gesell, me conecté con el mar. La conexión con el mar es la luz. Y la luz en Gesell, la luz en el mar, es muy distinta, es como si vivieras en el azul. Esto me llevó a pensar la pintura, a pensar en (Claude) Monet. Al Tano de chiquito le decían “el pequeño Giotto”. Este libro no es un óleo, es un dibujo. Prefiero estar cerca del boceto porque sugiere más que el retrato. 

–¿Por qué prefirió usar la segunda persona en buena parte de Antonio?

–Empezó así, como una segunda persona. Me parece que la segunda persona es mucho más íntima, ¿no? A veces la primera bajada es la que manda. Hay algo del orden del tuteo, de la confianza, del “te estoy escuchando” o “escuchame”.

–¿Cómo fue trabajar con la edición de la novela póstuma de Dal Masetto?

–El Tano era un tipo que pensaba muy bien la trama y escribía muy bien. No hice el editing sobre un novato. Fue un laburo más arduo en términos de los sentimientos. Mientras marcaba alguna cuestión menor, lo que sentía era como si se lo estuviera diciendo por mail al Tano: “Che, fijate en este párrafo”. Editar al Tano fue dialogar con su literatura. Cuando alguien muere, siempre te quedás con las cosas no dichas. Los muertos están en nosotros. Hay un insulto muy terrible en España que es “me cago en tus muertos”. Creo que ese insulto, por la negativa, habla del valor que tiene para uno los propios muertos. Creo que escribí este libro para decir que la muerte es parte de la vida, no la vida parte de la muerte. La muerte es el hecho inexorable contra el cual nos vamos a topar. Cuando terminé el libro, bajé a la playa y de golpe abrí los brazos y grité: “¡Antonio!”. La escritura de este libro fue como un réquiem.