The Hives engrosan la lista de artistas internacionales de rock que en las últimas dos semanas volvieron a Buenos Aires para ponerse al día. Pasaron nueve años desde su anterior actuación local y la verdad es que se los extrañaba un montón. O al menos eso fue lo que demostraron esos fans que se cantaron todo y poguearon hasta empapar la camiseta en la primera de las dos fechas del grupo en el Teatro Vorterix. Lo primero que quedó en evidencia en la noche del miércoles 29 (se programó una segunda función para el jueves en la misma sala) es que la pasión que existe para con estos suecos es tan tremenda que sólo es comparable con la que hay por los alemanes Die Toten Hosen. Por más que ambas bandas provienen de sociedades estructuras, imaginarios calculados e inviernos oscuros, la felicidad que emanan sobre el escenario es un ejemplo más de que la alegría no es sólo brasileña.

Este festín en clave de punk y con tracción a garage rock tuvo como maestro de ceremonia a Howlin’ Pelle Almqvist: cantante que cumple fielmente con el protocolo del rock agreste. Lo que adobó con un carisma que desborda lucidez. “Primero, gracias. Segundo, Francia”, dijo el espigado frontman, al mismo tiempo que mostraba una camiseta de la Selección con el 10 de Messi en el dorso que le tiraron desde el público. A pesar de que ofrecieron un show cortito y al pie (en proporción al tiempo que pasó desde su ausencia y el afecto que se les tiene), esa casi hora y media sirvió para hacer gala de su gran performance, al igual que para repasar sus clásicos de antes y de ahora. Y es que, como bien manifestó el vocalista, que básicamente apeló por el español para desarrollar su perorata, “todos estos temas son tus canciones favoritas”.

Antes de que el grupo entrara en escena, dos plomos, ataviados con overoles y pasamontañas negros que evocaban la vestidura de los guerreros ninjas, afinaban instrumentos y detalles con una estampa que bordeaba lo actoral. Una vez que se apagaron las luces, y luego de que sonara el tercer movimiento de la Marcha fúnebre de Federico Chopin, los integrantes de The Hives se ubicaron en sus puestos. Mientras el lugar se convertía en un hervidero, los músicos lucían sus impecables trajes en los que rayos y notas musicales combatían (o compartían) en medio de ese blanco y negro. Así como viene sucediendo en el resto de su gira sudamericana, el repertorio lo inauguró “Bogus Operandi”, tema que abre su más reciente álbum. The Death of Randy Fitzsimmons es su primer trabajo de estudio en 11 años y lo pusieron en circulación el pasado 11 de agosto.

Aunque el título mitifica a Randy Fitzsimmons, un hipotético y mitológico sexto integrante de la banda, lo que sí es seguro es que en este disco se percibe la hoy tan añorada diversión en el rock. También otro dato distinguible en estas 12 canciones es que The Hives sigue sonando a The Hives y a todas sus influencias. Después de darle el visto bueno al público cuando les dejó que cantara “Main Offender”, Howlin’ Pelle Almqvist enfatizó en su saludo inicial: “Mis queridos argentinos, son los mejores”. Entonces hicieron “Walk Idiot Walk”, de su tercer disco, Tyrannosaurus Hives (2004). Si esa canción parecía “Song 2” de Blur tocada por AC/DC, “Rigor Mortis Radio” (de su nueva producción) mostraba una tez sucia de “Is It Really so Strange?”, de The Smiths. Y se sumó entre los músicos uno de los plomos ninja con pandereta en mano.


Luego del “Olé, olé” de la gente, el quinteto desenvainó su furia punk a través de “Good Samaritan”. En medio del tema, quedaron petrificados... hasta que el bullicio reclamó su descongelamiento. Aparte de ése, The Hives pone en práctica otros yeites clásicos del rock: la forma épica de empuñar sus instrumentos, el riesgoso oficio de colgarse en las cornisas del escenario, señalar al público, regalar besos con la mano o escupir un chicle como muestra de afecto. Todo eso les da licencia para cuestionar las maneras actuales para contemplar al género. En “Stick Up”, por ejemplo, el frontman invitó todos los presentes a que agarraran sus teléfonos y los levantaran. Y a continuación, les pidió que se los “metan por el culo”. Según la misma banda cuenta, una de sus “políticas es vivir el momento”.

Esta semana, de hecho, Paul McCartney brindó un recital en Brasil en el que se prohibía el uso de celulares. En Estocolmo, Berlín y en ciudades del Reino Unido ya no es bienvenido el celular en shows en vivo. Es considerado invasivo y de mal gusto. El título de la siguiente canción, “Hate to Say I Told You So” (“Odio decir que te lo dije”), podría referirse a ello, pero amplía el espectro. Y es que la letra versa acerca de la imagen idealizada que tiene la juventud sobre el futuro, en tanto que la estructura su estructura musical se aproxima a “All Day and All of the Night”, clásico de The Kinks. La vida en sí es una constante no sólo en las letras de la banda sino también en la performance. Por eso Howlin’ Pelle Almqvist puede recitar el “ser o no ser” de Hamlet (remplazando el cráneo de una calavera por un celular en “Stick Up”) o preguntar a sus fans si “estaban vivos” en la intro de “I’m Alive”.

Tras la oscuridad downtempo de ese tema, The Hives levantó de un sacudón ramonero a todo el teatro con “Smoke & Mirrors”. Recogieron el guante de la locura colectiva en “Trapddor Solution”, sus trajes brillaron (literamente) en “The Bomb” y salieron de cuadro en “Countdown to Shutdown”. Por supuesto que regresaron. Lo hicieron con “Come On!”, una vez que el cantante advirtió: “Argentina: sos muy suave, fantástica y peligrosa”. En el inicio de “Tick Tick Boom”, Howlin’ Pelle Almqvist presentó a los integrantes de la banda. Destacaron dos introducciones: la Chris Dangerous, al que describió como “el rolex de los bateristas”. Y la suya propia, al punto de que emuló echarse champán. En la despedida, y mientras hervía sudor tras semejante vendaval, el quinteto no podía hacer la reverencia. Esperaba a los plomos. Cuando finalmente irrumpieron, un par de punks (uno con mohicano incluido) empezaron a vitorear: “Vamo’ lo’ ninja, vamo’ lo’ ninja’”.