Obra sorprendente y enriquecedora sustentada en diez clases sobre literatura rusa que dio Sylvia Iparraguirre años atrás y que excede ampliamente lo que, con austeridad, propone el título. Claro que cumple con esta finalidad primaria -ampliar nuestros conocimientos sobre el tema propuesto-, y lo hace con rigor, con hondura y con una vastedad de referencias que bastarían para que su lectura resultara iluminadora. Pero el libro va más allá: desde el comienzo nos induce a leerlo con una avidez y un placer inusuales cuando se trata de una obra de no ficción. ¿Dónde se oculta el secreto de esta magia? Podría aventurarse que en el material trabajado: en efecto, el “alma rusa”, desbordante e inconfundible, hace posible que aun la más pequeña de sus historias nos atrape. Pero resulta que en este caso lo atrapante es el libro mismo, del principio al fin. Y la explicación de esta cualidad hay que rastrearla en la escritura y en la forma: sus diez clases o capítulos arman una totalidad, y esa totalidad es esencialmente narrativa. Pero no se trata de una narración lineal: el libro está construido como un cruce de narraciones que van complementándose, explicándose y alimentándose unas a otras, instalando contradicciones y capas de significación, potenciando cada uno de los relatos, y dejándonos vislumbrar un trasfondo que es nada menos que la compleja realidad social rusa del siglo XIX. Un siglo de historia viva entretejido entre estos relatos.

Clases de literatura rusa considera como propuesta abordar la vida y la obra de Aleksandr Pushkin, Nikolái Gogol, Fiodor Dostoievski, León Tolstoi y Anton Chejov, los cinco escritores que instalaron para siempre a la literatura rusa en un sitio de privilegio de la literatura universal, al punto de que el período en que vivieron y escribieron -desde 1799, en que nace Pushkin hasta 1910, en que muere Tolstoi- se considera el Siglo de Oro de la literatura rusa.

PUSHKIN

La sola mención de estos cinco escritores marca uno de los focos de atracción del libro: cada uno de los cinco ha tenido una personalidad altamente compleja y sus vidas han atravesado situaciones límite, tanto en el orden personal como en el social. La capacidad de Sylvia Iparraguirre para ahondar en caracteres tan singulares y en experiencias tan intensas, unida a su talento narrativo, nos permiten conocer a estos hombres en profundidad, lo que constituye una experiencia nada trivial. Solo a modo de indicios: nos adentramos en el carácter riente de Pushkin, en su vida desenfrenada, en su vínculo con lo popular, en las persecuciones y destierros que sufrió, en su terrible muerte prematura. Conocemos el desparpajo genial de Gogol -el genio más alto de la literatura rusa, según Nabokov--, su devoción por el pueblo, sus contradicciones entre su eslavismo conservador y su incontenible espíritu crítico y burlón. Nos adentramos en la conflictiva vida familiar de Dostoievski, en el horror que vivió en Siberia y en el viraje de sus convicciones profundas. Asistimos a las pasiones y tensiones del joven Tolstoi y luego, en el transcurso de su larga vida, a un compromiso inapelable con los campesinos que lo condujo a decisiones extremas y de una gravitación capaz de trascender su tiempo. Vemos en su contexto la excepcionalidad poco ruidosa pero definitoria de Chejov, “considerado por muchos el más ruso entre los rusos”, su ahondamiento en la Rusia profunda, su convivencia forzosa con una muerte temprana.

Indicios, como dije, de cinco vidas que apasionan y que, como señala Iparraguirre, “tienen en común una intensa comprensión de lo humano y un tema excluyente: Rusia, sus habitantes, su destino”. Es este rasgo en común el que abre ante nosotros otro de los focos esenciales de estas clases: la realidad social y el devenir histórico de Rusia en el siglo XIX, y nos permite comprender esas vidas, “en el contraluz vivo que tejen la causalidad, el azar y los hechos”. En ese contraluz percibimos con intensidad inusual una realidad social muy diferente de la de Europa occidental durante el siglo XIX, un presente marcado por un campesinado analfabeto y devoto: los de abajo invisibles, que constituyen el noventa por ciento de la población y viven en calidad de siervos de una clase poderosa que habla y piensa en francés.

A medida que entramos en la vida de cada uno de los cinco escritores considerados, que conocemos el modo en que se involucraron con el pueblo campesino y las consecuencias que ese compromiso tuvo en sus vidas, entendemos de una manera vital cómo fue esa realidad que los movió a ser y a actuar como fueron y actuaron; estamos en condiciones de ahondar en nuevas áreas de significación de sus obras, de saber cómo pesó lo social en las decisiones y en la literatura de cada uno de ellos y cómo, a su vez, cada uno fue gravitando en la historia y en la realidad social de Rusia. Ya que, como escribió Alexander Herzen, crítico y pensador de la época, y se cita en el Iibro: “En un pueblo que carece de libertad pública, la literatura es la tribuna desde donde puede hacerse escuchar el grito de su indignación y de su conciencia”. Es a través de esas cinco vidas comprometidas con su realidad que vamos adentrándonos en los acontecimientos históricos de su tiempo: la invasión napoleónica, su derrota, la revolución decembrista en la que murieron tantos compañeros de Pushkin, la consolidación de una intelligentsia rusa, la fundación de San Petersburgo, las consecuencias históricas de un precepto que nos recuerda al Gatopardo y que se fue transmitiendo de un zar a otro: “Hay que cambiar algo desde arriba para que el cambio no venga desde abajo”, la abolición de la servidumbre sin que desaparezcan el hambre, la precariedad y el analfabetismo; hechos diversos y medulares que, entre otras cosas, nos proporcionan argumentos para inferir que la revolución del diecisiete, más que un acontecimiento azaroso fue, como todo movimiento revolucionario, consecuencia de una larga y compleja urdimbre de hechos en los que, directa o indirectamente, los escritores rusos tuvieron un protagonismo.

GOGOL

Y para empezar ya a acercarnos al tema central de Clases de literatura rusa señalaremos otra cuestión raigal que pone de relieve el libro y en la que el protagonismo de los autores no tuvo nada de indirecto: la instalación del lenguaje que hablaba el pueblo, el ruso, como lengua nacional. En efecto, como señalé antes, el idioma que hablaba la reducida clase privilegiada era el francés, y en francés estaba escrita la literatura que se leía. O sea: no había literatura rusa. Y acá aparece otro de los relatos notables del libro; la riqueza lingüistica y temática de lo popular: los cuentos populares, las tradiciones folklóricas y los juegos idiomáticos nunca escritos pero que circulaban entre el pueblo y contenían la esencia de ese pueblo. Y luego, la lucidez y la audacia con que Pushkin captó esa riqueza y transfiguró el ruso en lengua literaria. “Aun no tenemos literatura ni libros (escribe Pushkin en 1824); desde nuestra infancia todos nosotros bebemos nuestro conocimiento de libros extranjeros”. Y desde esa carencia crea una obra literaria excepcional e instala para siempre una lengua hasta ese momento inédita que Gogol llevará a su máxima expresión; una lengua que será reformulada y recreada por los escritores que los sucedieron y que dará lugar a una de las literaturas más excepcionales de la cultura universal.

LEON TOLSTOI

Es el momento de señalar otro de los juegos de relatos que atraviesa magistralmente el libro: la obra de cada uno de estos escritores. Sylvia Iparraguirre vincula la poesía, las ficciones y el teatro de cada uno de ellos con su contexto, con su personalidad y con su historia de vida. Conocemos a grandes trazos pero con enorme rigor sus obras, y podemos disfrutar en detalle de algunas de ellas, minuciosamente narradas. Además, de acuerdo al propósito de la autora de dar clases polifónicas y convocar otras voces, se nos enriquece la exposición de esas obras con opiniones de Nabokov, Bajtin, Virginia Woolf, Herzen, Belinski, Freud, Irene Nemirovski, Joyce. Y podemos reconocer las marcas indelebles que la literatura rusa del Siglo de Oro fue dejando en distintos autores, distintas épocas y distintas disciplinas.

A esta altura creo necesario confesar que la descripción más o menos secuencial de las cuestiones que se abordan en el libro responde solo a mi propósito de indicar con cierto ordenamiento la diversidad de temas que se tratan allí. El orden del libro no puede considerarse secuencial. Como sugerí al principio, el entrecruzamiento de relatos está tan bien estructurado, su escritura es tan dinámica y expresiva y la posibilidad de establecer vínculos entre ellos está tan presente que Clases de literatura rusa acaba constituyendo una totalidad indivisible y nos incita a que la leamos con la tensión gozosa con que se lee una potente obra de ficción.

CHEJOV

Pero hay otro relato, no mencionado hasta ahora y presente en cada página, que potencia en gran medida lo fascinante del libro: el relato personal de la autora. En efecto, Sylvia Iparraguirre no se escamotea en estas clases. Explícita o implícitamente nos comunica su pasión y, en muchos casos, expone su propia visión sobre textos y hechos Y consigue transmitir algo que considero fundamental en un libro sobre literatura: el hambre de lectura; la compulsión de ir en busca de las obras mencionadas y releerlas o leerlas por primera vez. El deseo de estrenar esta hermosa posibilidad que se nos regala: la de redescubrir bajo una luz nueva y reveladora los formidables y siempre vigentes textos de la literatura rusa.