Aguas(re)fuertes
El ojal del huracán
Más allá de ironías, el movimiento de mujeres recupera el bordado como patrimonio cultural, gesto de expresión y símbolo de la herida de la historia.

La moda del bordado ya lleva unos años, pero la microtendencia más visible dentro de la tendencia parecen ser la consignas feministas. En punto cruz, colores pasteles o enmarcadas en laureles y florcitas aparecen sentencias que podrían estar escrachadas con aerosol chorreante en una pared. Desde “Ni tuya ni yuta” hasta “Fuck Gender Roles”, pasando por todo el abanico de frases de tres o cuatro líneas que entren dentro del bastidor para colgar. O de la remera. O de la bombacha.

Como demuestra la red tumblr, el feminismo parece haberse hallado en el bordado como medio de expresión, lo cual resulta en primera instancia casi paradójico. Pero al pensarlo dos veces, los motivos saltan rápidamente a la vista, y van mucho más allá que el simple gesto irónico que puede percibirse en una primer lectura. El bordado tiene una fuerte carga simbólica por sus implicancias culturales: que sepa coser, que sepa bordar… Bordar era algo que transmitían las abuelas a las chicas de bien, que pasaban mucho tiempo en sus casas mientras los maridos trabajaban. Primero se lucían en las cortinas y agarrederas para fuentes calientes, y su fin último era el ajuar del bebé. Estaba asociado al tener tiempo, al esperar, al funcionar como embellecedoras de lo cotidiano.

Yendo más profundo, se puede remitir al dispositivo mismo: en su materialidad, en su condición misma de objeto y acción, el bordado es una metáfora quizás demasiado literal sobre lo femenino y la feminidad. Algo que se asocia con el hogar, en apariencia delicado, pero que es la expresión de una herida. Pocas cosas del mundo decorativo tienen un proceso más discímil a su resultado. El bordado es frágil y duro a la vez, es una totalidad conformada por innumerables pinchazos que vulneran una tela. El bordado no se hace con un pincel ni con un lápiz: está más cerca de una cicatriz o de un tatuaje que de un cuadro. Un pedazo de tela que, en su afán de devolver belleza –en el sentido más decorativo de la palabra–, se ve lastimado irreversiblemente.

Pero siempre calladito, el bordado nunca se cuestionó salir del ámbito doméstico, de los pintorcitos de jardín, los repasadores y los cuellos de los vestidos de las niñas. Comunmente considerado en las antípodas de lo artístico, es de las pocas técnicas de producción artesanal que aún siguen siendo ejercidas casi exclusivamente por mujeres. Y por el contrario a otras prácticas implicadas en lo textil, se aprende rápido, fácil, es barata y puede hacerse casi en cualquier lado, con materiales corrientes. Y además sirve para escribir.

Así que el bordado es herencia, es sabiduría y técnica, y es metáfora y símbolo del género históricamente silenciado que somos las chicas. Es nuestro patrimonio. Su visibilidad es nuestra visibilidad, la de nuestras madres, abuelas, hijas y nietas del futuro. De nuestra dulzura y delicadeza absolutamente furiosas. Los gritos, con aguja e hilo, se escuchan más fuerte.