Fotografía> Alberto Goldenstein
El profeta mudo
Artista, fotógrafo, docente, director durante más de una década del espacio fotográfico del C. C. Rojas, Alberto Goldenstein es uno de los catalizadores fundamentales para el ingreso de la fotografía en la escena del arte contemporáneo de los 90 en Buenos Aires. Y, además, sus imágenes de metrópolis contemporáneas son únicas: coloquiales, desintegradas, zumbonas, inolvidables. Recientemente la colección de libros sobre artistas de Adriana Hidalgo le dedicó un volumen –con algunas fotos inéditas— y aquí reproducimos un fragmento del perfil de María Gainza que funciona como introducción a su obra y su vida.
En el Metropolitan Museum of Art, de la serie Americanas. Nueva York, 2011En el Metropolitan Museum of Art, de la serie Americanas. Nueva York, 2011En el Metropolitan Museum of Art, de la serie Americanas. Nueva York, 2011En el Metropolitan Museum of Art, de la serie Americanas. Nueva York, 2011En el Metropolitan Museum of Art, de la serie Americanas. Nueva York, 2011
En el Metropolitan Museum of Art, de la serie Americanas. Nueva York, 2011 

Chak chak Buenos Aires, 2001. Todo se desmorona, el centro cultural ya no sostiene. Goldenstein se pregunta cómo ganar algo de dinero en medio de la crisis. Una medianoche, dando vueltas en la cama, se le aparece la imagen de Mar del Plata. Primero es un pálpito vago, luego una certeza: esa ciudad costera de su niñez como el símbolo de la ilusión aristocrática de nuestra Saint-Tropez en el pantano. A la 1.30 Goldenstein está en la estación de Retiro, compra un pasaje y, una hora más tarde, viaja en el Rápido Argentino. El relato recuerda a Un recorrido por los monumentos de Passaic, un texto de Robert Smithson de 1967. Smithson decide un sábado cualquiera tomar un ómnibus hacia Passaic, su ciudad natal, un suburbio deprimente de Nueva Jersey. Lleva una cámara Instamatic para inmortalizar su viaje. Smithson interpreta el paisaje industrial, en términos estéticos, como ruinas capaces de alcanzar la inmortalidad del monumento. Con ese texto se inaugura una nueva manera de entender lo pintoresco en la tradición paisajística norteamericana y un hito en lo que se llamó “escultura en campo extendido”. Durante tres días Goldenstein fotografía en estado de hipnosis: playas vacías, calles vacías, casas vacías. Si por pintoresco se entiende aquella naturaleza idealizada, sublime y singular, Goldenstein va a contrapelo. Los bañistas hundiéndose en la arena, las sillas de mimbre apiladas en equilibrio precario, el lobo de mar cual Coloso de Rodas recauchutado, todo está a años luz de una idea formal de la belleza, pero a la vez comparten cierta cualidad escultórica. Parecen decir: podemos convertirnos en chatarra abandonada o en ruinas ilustres a las que se visita con devoción, quizás a veces seremos una y a veces otra, puesto que la suerte es mudable y caprichosa.

Chak chak Alberto es hijo único, nació en 1951. Su mamá era hija de rusos, la menor de siete hermanos, la única argentina; su padre era un rumano que viajaba por comercio a la Patagonia, a veces por aire, otras por tierra. Alberto lo acompañaba en los viajes en auto; recorrían el trayecto que va del Valle del Río Negro hasta Esquel y, como apenas se detenían a cargar nafta, el chico adquirió, desde la ventana del acompañante, la sensación de que el mundo estaba ligeramente escorado.

Sin título, 1988. Fotografía analógica, 1988-1994.

Chak chak Fotografiaba en su mente y, mientras lo hacía, pensaba en Walker Evans, pero con idea de lo fallido. Entendía el error como algo positivo: “El error es el estilo; lo demás es cita”, diría más tarde. Al usar la fotografía analógica, Goldenstein no podía ver el resultado de su tour marplatense, pero de vuelta en Buenos Aires, reveló las fotos y se enfrentó al material. No entendió nada. Lo que veía no se correspondía del todo con lo que venía haciendo. Se lo mostró al artista Marcelo Pombo. Una vez más, una voz que vino de afuera lo empujó en la dirección correcta. Pombo le dijo: “Esto va a traer cola”.

Chak Chak En Mar del Plata hay sólo dos estaciones: el invierno y el verano. En invierno la gente se encierra en sus casas; en verano sale, ventila las habitaciones, se prepara para recibir a los bárbaros. Alberto volvió a Mar del Plata casi diez meses después, en diciembre de ese mismo año. Esta vez, la ciudad parecía un hormiguero pateado. Colas infinitas de autos, una legión de turistas sudorosos que desaparecían bajo las carpas, gente como tortugas desovando en la orilla del mar. Un caldo humano salpimentado con arena sucia, tan espeso que una cucaracha se quedaría pegada.

Chak chak Así como Kenia le pertenece a Isak Dinesen o General Villegas a Manuel Puig, un lugar le pertenece para siempre a aquel que lo reclama con más fuerza, lo recuerda mejor, lo exprime, le da forma, lo ama tan radicalmente que lo reinventa a su imagen.

Chak chak Lo sé todo era una enciclopedia coleccionable que Alberto miraba de chico. Los fascículos traían unos dibujos berretas y coloridos que ilustraban las leyendas, las fábulas y las historias mitológicas. Ese siempre ha sido el filtro con el que Alberto saca sus fotos: su serie marplatense como ilustraciones de un mito para generaciones futuras. En Mar del Plata, el estilo de Alberto encuentra esa relación entre la forma y el contenido, esa correspondencia entre lo que el fotógrafo quiere decir, su asunto –o él mismo–, y los poderes que posee. El ars poetica de Alberto se sintetiza: desarrolla una forma de arte más zumbona, desintegrada y coloquial.

Chak chak “El gran asunto es moverse” escribió Robert Louis Stevenson en Viajes en burro. Un equipo de neurólogos norteamericanos sometieron a un grupo de viajeros a un encefalograma y comprobaron que los cambios de paisaje estimulaban los ritmos del cerebro y contribuían a la sensación de bonhomía. El desierto patagónico que Alberto conoció de chico no es de arena o de piedras, sino un matorral bajo de arbustos espinosos. A diferencia de los desiertos de Arabia, este no ha producido ningún desborde espiritual dramático, aunque sí ocupa un lugar en los anales de la experiencia humana. Darwin juzgó irresistibles sus cualidades negativas. Decía que esos eriales yermos se habían apoderado de su mente con más fuerza que cualquier otro prodigio que hubiera visto en sus viajes y se preguntaba por qué. En 1860, Hudson intentó contestar la pregunta de Darwin y llegó a la conclusión de que quienes fatigan el desierto patagónico descubren en sí mismos un bienestar primigenio y algo que las fotos de Goldenstein transmiten, probablemente, sin saberlo: serenidad y consuelo (nunca en primer plano, es algo que ellas dan por debajo).

De la serie Americanas. Boston, 1982-1983.

Chak chak Voy a radicalizar la apuesta, se dijo Alberto, voy a fotografiar Buenos Aires. Empezó a viajar en colectivo, iba y venía, pero no pasaba mucho. Entonces entendió que lo que necesitaba era un cambio de posición. Compró una escalera de aluminio de cuatro peldaños y salió a la calle. La plantó en la vereda, subió uno o dos escalones y, con ese ínfimo desplazamiento, produjo un punto de vista nuevo. No buscaba un gran efecto. Tiempo después alguien le contó del Speaker’s Corner de Londres, un rincón de Hyde Park donde uno lleva su banquito o escalera, se para sobre él y, desde ahí, dice lo que tiene que decir, da su punto de vista. Alberto trabaja con el punto de vista: “Es algo físico”, dice. 

Chak chak Las fotos urbanas de Goldenstein parecen decir: “Ustedes no son otra cosa que un punto de cruce entre hilos que los trascienden, que vienen no sabe de dónde y van no se sabe adónde y que incluyen a todos los demás habitantes de esta tierra”. Como fotógrafo ambulante que es, Goldenstein se entusiasma con aquello que Baudelaire llamó “la vida moderna”, pero él no es un dandi, porque el dandi es un capitalista que considera que la delectación se da sólo a través de los objetos bellos, y estas fotos tienen una capacidad misteriosa de integración y absorción, digieren alegremente este mundo sin armonía, heteróclito y vivo. San Agustín decía: “Llegué a comprender que, aunque las cosas superiores fuesen mejores que las inferiores, la suma total de la creación es mejor que las cosas superiores por sí solas”. Goldenstein mira la ciudad sin categorías estéticas; en sus fotos, las cosas pertenecen a una misma jerarquía: el afiche sucio, el perro solitario, la estatua prepotente, las avenidas no del todo rectas, algunos pedazos de calle que sobran, esos lugares que el catalán Ignasi de Sola-Morales llamó terrain vague. Cosas que parecen desconectadas entre sí y que a la vez están unidas por una misma corriente oculta. ¿Cómo logra esa atmósfera que integra lo desintegrado? Me resulta imposible de explicar, salvo por un poema de Mark Strand que dice: “Cuando camino/ parto el aire/ y siempre/ vuelve el aire/ a ocupar los espacios/ donde estuvo mi cuerpo/ Todos tenemos razones/ para movernos/ Yo me muevo/ para mantener las cosas juntas”.

Chak chak A pesar de ser un artista de lo real, a Goldenstein el estrecho uniforme del racionalista lo pincha bajo las axilas. Él necesita perderse dentro de la realidad. Si reconoce que se mareó lo suficiente, que se diluyó, que se acercó más a las cosas, que se mezcló más, que las fotos son más retorcidas que las anteriores, eso, me dice, es bueno. Después de tantos años ha llegado a una filosofía personal y todo lo que fotografía proviene de ese lugar. No hay ninguna foto que haya sacado en estos últimos tiempos que no forme parte de su obra. Todas son fruto de una misma causa. Hasta la foto de la factura de monotributista que tiene que mandar a la AFIP la saca como artista fotógrafo.

Chak chak La materia, el tema, está en el exterior; el estilo, en el interior. El secreto de Goldenstein es tener un estilo, pero no ser prisionero de él, y por eso, es más fácil definirlo por lo que evita que por lo que efectivamente hace: sus fotos no se someten a una batería de naderías visuales ni están cargadas de exhibicionismos, no alardean de sus defectos ni fingen accesos de lirismo, no sugieren portentosos significados y, sobre todo, no abogan por nada, tienen en sí una neutralidad contemplativa. Las fotografías de Goldenstein son impresiones accidentales que dejan una huella duradera en nuestra sensibilidad. “La memoria no retiene más que lo que ha captado al sesgo”, decía E. M. Forster. Quizá por esa cualidad de “sesgo”, una de las marcas más persistentes en estas fotografías es el encuadre levemente inclinado. El movimiento es mínimo, pero produce un ligero vértigo. Es el ángulo de visión de la persona que está de paso, más que el de la persona que se detiene. Uno camina por una plaza, en especial si hay gente y barrancas, y ve un Goldenstein; uno ve chicos jugando en un muelle, en especial si tienen la piel muy dorada y los cuerpos en estado de gracia con un suave erotismo, y ve un Goldenstein. No es que su estilo sea fácil de imitar, sino que sus imágenes han metido el dedo en el tejido de una atmósfera tan reconocible que logra que la vida se acerque al arte: como cuando uno ve gotas de pintura sobre una superficie y la mente dice “Pollock” antes que “salpicado”. Todo funciona de manera asintótica; la curva se aproxima a la recta, pero jamás se toca.

Chak chak Un alumno le preguntó una vez qué cámara había utilizado para tomar cierta fotografía y Goldenstein contestó que esa pregunta era equivalente a preguntarle a un escritor con qué máquina había escrito la novela. Para Goldenstein, “la cámara es un electrodoméstico”.

De la serie Mar del Plata, 2001.