“¿Qué tenía en la cabeza cuando escribí eso? Mmm... A un hombre. Que intenta llegar a su amante. El carruaje en el que viaja se ha roto. Llueve. Las ruedas están atascadas en el barro. Ella no va a poder esperarlo mucho tiempo más: este... es el sonido de su agitación”, confiesa Beethoven que en la Sonata a Kreutzer escuchamos un corazón desesperado. Anton Schindler, rendido ante la música y la explicación de Beethoven, se vuelve un incondicional.

Algo así nos pasó con el Maestro Alberto Laiseca a varias personas que supimos forjarnos en sus talleres, laburar nuestros textos con él y acompañarlo, como se pudo y cuando él lo permitió. Todas y todos, las y los discípulos del Conde, tuvimos nuestras respectivas sonatas.

Aún no se habían empezado a emitir los viernes a la medianoche en I-Sat sus Cuentos de terror. Pero él ya los andaba narrando en vivo a la gorra donde fuera que pudiera hacerlo. Y acá una aclaración importantísima: Laiseca no leía en vivo. Narraba. Interpretaba. Adaptaba otras obras adueñándose de ellas con una subjetividad y un entusiasmo propios de un chico al que le contaron algo y necesita urgente compartirlo; que llegue el nuevo día para ir a la escuela y trasmitirles esa historia y esa emoción a sus compañeritos. Estábamos saliendo apenas del diciembre de 2001 cuando lo vi por primera vez, en una librería, narrar uno de los relatos de la película Los sueños de Akira Kurosawa, el del túnel. Una peli que me sabía de memoria. Pero que en su voz volvió a ser nueva para mí. Laiseca sacaba un sonido gutural para emular los bramidos del fantasmal perro akita, acompañaba sus palabras con un lenguaje corporal marcial en momentos puntuales, además de sus gestos grandilocuentes, pausas y silencios, y sonrisas, antes que cómplices más bien pillas: propias de quien sabe cómo va a terminar la cosa. Lai hacía poesía al describir que “la noche era negra como una gota de tinta”, mezclando entre estas imágenes exquisitas expresiones coloquiales como “los soldados no le daban bola”. Y no hacía ruido, no desentonaba ni ahí, todo lo contrario: ese texto ajeno, esa historia de otra parte del mundo, primero la hacía suya y después nuestra. Ese era uno de los grandes dones del maestro Laiseca: su oratoria.

Empezamos taller en su casa para la misma época que él arrancó con las grabaciones de los Cuentos de terror. Afuera, en el patio minúsculo del edificio, apenas se asomaban a la puerta sumamente obedientes sus dos perros -akitas, como los del relato de Kurosawa-, Kendo y Kazú. Sus gatas, Greta y Chop, andaban tiradas por donde podían. Sobre su mesa/ escritorio, tapada de libros, manuscritos, las pruebas de galera de Las aventuras del profesor Eusebio Filigranati y boletas -muchas boletas-, estaban las fotocopias con los relatos que iba a interpretar, desbordadas de anotaciones al margen. En el ciclo, como en sus lecturas y en su vida, convivían autores clásicos con ilustres desconocidos; esos nombres que los fans de la literatura de género reconocemos y festejamos, esas historias que si no fuera por personas como el Maestro Laiseca pasarían desapercibidas.

Mi Sonata a Kreutzer con Lai fue cuando lo vi preparando “Ébano absoluto”, de Felice Picano. La historia de un pintor que había encontrado la felicidad en la familia que había formado y en su obra, que desbordaba luz; y que cuando la tragedia le arrebató a su mujer y a su hijo se sumió en la oscuridad, se perdió buscando la negrura que le había pintado a él el alma, ese ébano absoluto del título. En lo personal, así como nadie en el mundo pronuncia la palabra amor -ese love- como la cantaba Freddie Mercury, nunca escuché a nadie hablar de la oscuridad, llamarla por sus varios nombres, como lo hacía Laiseca. Cuando se emitió el capítulo, le rogué que me pasara el cuento y me lo fotocopió. Estaba bueno, sí. Pero lo que había hecho Alberto al narrarlo era infinitamente superior. Porque le estaba dando algo suyo. No podía saber lo que es perder a una mujer y un hijo, intuir y huir de un dolor así. Pero el Maestro sabía lo que era ir a la oscuridad de uno mismo. Iba y venía. Después se adentró cada vez más en ella. Y hubo poco espacio para el color. Lo fue ganando su ébano absoluto.

Digo que mi Sonata a Kreutzer con él fue ese momento con el diario del lunes, ahora que Lai ya no está más físicamente, aunque nos siga acompañando, digo que mi Sonata a Kreutzer con Laiseca es ese instante porque ahí él corporizó una de sus enseñanzas que elijo abanderar: la de leer más de otras y de otros antes que escribir lo propio. Y difundirlo. Porque no es ninguna revelación que somos, mostramos quienes somos, en nuestras lecturas, en nuestras elecciones, en nuestros gustos.

Laiseca podía dar clases sobre Drácula, desde la novela de Bram Stoker a un telefilm con Jack Palance, pasando por los dibujitos del Conde Pátula. Era versado tanto en Apocalypse now como en Coraje, el perro cobarde.

Los Piojos le dedicaron su amor y reconocimiento en “El balneario de los doctores crotos”, canción del álbum Azul, homónima de su relato de Matando enanos a garrotazos, que nosotros tanto le celebrábamos y que él agradecía, pero siempre manifestaba que lo que más le hubiera gustado es que le hicieran una canción Los Auténticos Decadentes; que, por otra parte, habían hecho, según su parecer, la canción definitiva para el inicio de la vida de un artista, “La guitarra”, y que esos muchachos eran tan nobles que en el mismo tema le daban voz también al enemigo, ni más ni menos que a ese padre que venía a sentenciar: “Vos/ mejor que te afeités/ mejor que madurés/ mejor que laburés/ ya me cansé de ser tu fuente de dinero/ voy a ponerte esa guitarra de sombrero”.

Tuvimos la suerte de conocer a ese Alberto con algo de niño y con mucha luz durante un tiempo importante en el que pudo resolver medianamente lo económico gracias al trabajo con Mariano Cohn y Gastón Duprat en los Cuentos de terror, a las presentaciones de películas en el canal Retro y a su paso como consejero sentimental por la última etapa del Cupido de Much Music. También, obvio, con las películas en las que participó: robando protagónico en El artista y narrando/interviniendo en la trama de Querida: voy a comprar cigarrillos y vuelvo. Sí, eso. Y cada vez que salía a contar. Sí, sí. Por más que puteara. Por más que lo afligiera. Llegaba ese momento y Laiseca se iluminaba.

Cuando se le cortó esa fuente de ingresos, Selva Almada y Alejandra Zina le armaron una serie de presentaciones itinerantes en vivo hasta que se decidió a tirar el ancla en un centro cultural de Balvanera, el ZAS, el Zaguán al Sur.

Las discípulas de Lai lo conocían mucho y, para que saliera a escena más suelto, nos pidieron a otras alumnas y alumnos que lo presentáramos para abrir el espectáculo. Era un momento bien personal porque podíamos mostrar brevemente algo de lo que iba apareciendo en nuestra literatura para adentrarnos en la obra de él. La felicidad y lo que se reía el Maestro, lo suelto que entraba y lo que agradecía. Lo que era un abrazo de Laiseca. Los que los hemos recibido los llevamos tatuados. Sí, Alberto entraba después hecho un fuego. Y la rompía. Podía meter miedo y hacer cagar de la risa. Hacernos suplicar: “Por favor, pare que me duele la panza de tanto reírme”. El viejo lo notaba e iba por más, implacable. Las pocas veces que él mismo se tentaba era sumar carcajadas y más carcajadas. Y sus libros ahí, en la mesita donde cobraban la entrada Alejandra y Selva, donde el público hacía vaquitas para comprarlos o se privaba de unas cervezas más para seguir el domingo a la noche y arrancar el lunes por la madrugada leyéndolo. El antidomingazo. Los antidomingazos. Antes del ébano absoluto.

Alberto Laiseca: la oratoria, la lectura... y el chamullo.

El chamullo porque era escritor full time. Chamullaba todo el tiempo. Menos con lo legal. Con eso no jodía. Con eso y con el oficio. Con las responsabilidades. Aunque él mismo después se pateara en contra. Mariano Cohn y Gastón Duprat le encargaron un guion para un largometraje. Lo único que le pidieron fue que hiciera un relato que transcurriera en nuestro país y en la actualidad. “Contá con eso, papito”, palabras más, palabras menos del Maestro. Meses después lo que presentó fue el relato “El castillo de las secuestraditas”. Que transcurre en Transilvania. En el siglo XIX. Cohn y Duprat igual intentaron llevarlo a la pantalla.

No es que Alberto Laiseca fuera ingobernable. Bueno, sí. Un poco lo era. Un poco bastante. Pero más ingobernable era su escritura. Esa también fue otra de sus enseñanzas.

Sebastián Pandolfelli guarda un audio de tantos en el que el Maestro le deja un mensaje en el contestador: “¡Seba! Te habla Lai. Esteee... recibí un... una... para el consultorio sentimental, una cosa que no tengo ni idea pero vos seguro debés saber. Una mexicana que me hace esta pregunta: ‘Lai, mi esposo insiste en convertirnos en swingers -Laiseca le deletrea a Seba: S-W-I-N-G-E-R-S, ¡swingers!-, pero yo no me lo puedo permitir. El fin es inminente. ¿O me queda algo por hacer?’. ¡Yo no sé qué carajos es swinger! ¿Me podés llamar, papi? Un abrazo, chau”. Este hombre, el Maestro Laiseca, en teoría estaba como experto consultor sentimental. No usaba computadoras, mucho menos sabía lo que era navegar en internet. Un oyente alguna vez le dijo que había entrado al mail de su novia y descubierto que ella se carteaba con otra persona. “¿Qué hago?”, le preguntó a Laiseca y el Maestro mirando a cámara le respondió que se jodiera por boludo. Otro le contó que en la cama ya no pasaba nada con su compañera. Que no sabía cómo volver a encender la chispa. Laiseca le explicó que tenía que levantarse de madrugada cuando ella estuviera durmiendo profundamente. Ir a la heladera, abrir el congelador y meter las manos hasta que sintiera que las iba a perder. Que en ese estado de cristalización volviera a la cama, cuchareara a su amor y le agarrara a la vez ambas tetas. Que todo iba a estar bien. Este hombre, nuestro Maestro, ¿llamaba a uno de sus discípulos más queridos porque en verdad no tenía la más puta idea de qué carajo eran los swingers o lo hacía para ponerse a hablar con alguien que le traía luz, alguien que no era ébano absoluto? Cualquiera sea la respuesta, nació de un típico chamullo laisequeano.

Como la joda que me hizo -o no, no era joda- cuando me tatué en color rojo el ideograma chino que él había realizado de puño y letra para la edición de bolsillo de La mujer en la muralla. Algo que en teoría significa en chino La mujer en la muralla. Estábamos tomando unas cervezas en su casa. Hacía mucho calor. Yo estaba de short y ojotas, las piernas cruzadas. Cuando vuelve de la cocina, me ve el tobillo y me dice que estaba sangrando. Le expliqué que era un tatuaje. Lo miró con atención y se horrorizó. “¿Por qué se hizo eso, Leíto?”. “Porque quiero dedicarme solo a escribir. Y ser como la mujer en la muralla de la novela: ir siempre para el frente, con el paso militar del amor”. Lai se conmovió hasta las lágrimas y me confesó lo que menos esperaba: “Ese ideograma lo saqué de un folleto de delivery de comida china”. “Lai, la concha del pato, ¿usted me está diciendo que ahí dice chop suey con pollo?”. “Nooo... ¡Lo estoy jodiendo, Leíto! Si yo sé escribir y hablar en mandarín”. Y ahí se puso a hacer sonidos guturales como si fuera una mala copia del doblaje del sirviente chino de los Cartwright en Bonanza.

Decía que nunca había bailado. Y hace un par de años apareció una foto de él en Cuba moviéndola como un campeón junto a una señorita que, se ve, lo motivaba. La actitud que tiene Alberto, la concentración en esa compañera de danza y en el paso que está ejecutando: ojalá lo hubiera contado, ojalá lo hubiera escrito.

El Rusi Millán Pastori, el director del documental Lai, nos dijo cuando a Laiseca le tocó perder, ese jueves 22 de diciembre de 2016, que él había sido tan buen maestro con nosotras y nosotros que hasta nos había mostrado cómo no teníamos que terminar: más allá de las propias, todas las formas de la escritura y la oscuridad.

Laiseca nos daba consignas para escribir. El puntapié inicial para arrancar un relato. Decía que su labor era estimular nuestra imaginación y que después estaba en cada quien qué sacar de lo que él nos proponía. Que lo sorprendiéramos. Tenía un cuaderno y también una carpeta oficio donde las había enumerado. Conforme iban pasando los años sabía preguntarnos: “¿Esta ya se la di?”. Casi como si fuera una contraseña entre las discípulas y los discípulos siempre aparece la pregunta de camaradería: “¿Vos con cuál arrancaste? ¿Cuál fue la primera que te dio?”. En la mayoría de sus relatos estaban esas consignas. Al irnos adentrando en su obra, era un hallazgo y una felicidad enorme encontrarlas ahí. A mí me había dado la de “La cueva secreta”: cavar un pozo, hacer un túnel para llegar a ese refugio anti-padre, según su propia definición. La ilustración de este ejercicio está en El gusano máximo de la vida misma, y en lo que escribió Lai en Camilo Aldao. Se me ocurre pensar que esas consignas, esas ideas, formaban parte de sus variados listados; que incluso él las había enumerado antes de escribir sus textos: sobre las cosas que tenía ganas de hacer, sobre sus delirios y caprichos; todo lo que van a encontrar en este libro.

Uno de mis cuentos favoritos de Lai es “De mi bastón salen jingles”, porque en ese cambalache de tecnología ciruja, secuelas de rechazos editoriales, personajes delirantes y títulos magníficamente pomposos como solo a él le quedaban tan bien -Ruido de megatones en la terraza- creo que se encuentra no solo un compendio de lo mejor del inabarcable universo Laiseca sino también dónde plantó bandera: en no abandonar la escritura. Lo leí por primera vez en el libro Gracias Chanchúbelo. En la efímera revista Banana apareció una versión inicial de este relato. La diferencia significativa entre una y otra está en el desenlace y en el juego con un tipo de música: en la revista era la beat; en Gracias Chanchúbelo, la heavy. Pude preguntárselo. “Hay que modernizarse, Leíto. Hay que modernizarse”. Lo hacía en sus textos. Y no en su vida. Vivió para sus ficciones. Y para compartir las que lo marcaban. Cantó. Contó. Se rió. A veces.Y a unas cuantas y unos cuantos nos dio una vida que él no pudo tener. Como el Coquito protagonista de “De mi bastón salen jingles”, después de romper el bastón y abrazarse a una guitarra que bien podría ser la que muchos años después nos cantaron Los Auténticos Decadentes. ¿Qué música estaría tocando hoy Laiseca? ¿Estará por fin en paz? ¿En qué andará, Maestro?

 

>Un cuento inédito de Alberto Laiseca

Cómo ganar retrospectivamente la guerra de Vietnam

El sabio loco Eusebio Simón Lirón había pasado toda su existencia obsesionado con la guerra de Vietnam. El año 1975 cuando los ateos bolcheviques tomaron Saigón fue el más triste de toda su vida. Ya habían pasado más de cuatro décadas desde tan penoso y horrible suceso.

Ahora bien, Eusebio Simón Lirón díjose: “Si yo soy un sabio loco y, como es sabido, los profesores chiflados todo lo pueden ¿por qué no invento ahora mismo sin falta la máquina del tiempo y un televisor mágico, viajo al pasado y ayudo al general Westmoreland a ganar la guerra? Si el ratón Mickey dentro de la colección Pequeños grandes libros puede lograr toda clase de maravillas, yo también puedo”. Debemos aclarar que el profesor (quien tenía ya setenta y cinco años en 2016) era un gran coleccionista de libros infantiles. A la crema de su inspiración la sacaba de aquí.

“Pete Pata de Palo será aniquilado. Al enemigo que nos está escuchando le decimos: no vamos a retirarnos, no vamos a rendirnos. Lo haremos”. Así pues, en un par de periquetes, fabricó el televisor encantado y la máquina del tiempo. Viajó de inmediato a 1965 (diez años antes de la derrota) y se instaló en una caverna situada en algún lugar de Vietnam del Sur.
El televisor mágico era a fin de observar los movimientos y planes enemigos y poder así pasarle información a Westmoreland. A todos sus inventos los rodeó con un campo de fuerza para evitar que tanto los comunistas como los norteamericanos se los robasen. Era terriblemente paranoico y temía mucho estos plagios. Con dicho campo, además, se hacía seguir a todos lados por control remoto a fin de impedir secuestros y posteriores hábiles interrogatorios.

Al principio los yanquis no le creían, pero cuando sus pronósticos tuvieron cumplimiento empezaron a hacerle caso. Westmoreland, chochísimo.

La guerra contra los ateos bolcheviques, diablos comunistas y sus lacayos, espías, saboteadores y traidores (así como sorias, chichis y otros anti- Mozart) empezó a ganarse.

Cierto que, al principio, los norteamericanos sospechaban que fuese doble agente e intentaron interrogarlo por el muy simple medio de introducirle una manguera en el culo y abrir la llave de paso. Pero, como dijimos, esta posibilidad ya había sido prevista por el profesor Eusebio Simón Lirón y su campo de fuerza.

Cuando un cañón autopropulsado y dos tanques de la base de Khe Sanh fueron volatilizados por los láser del sabio loco, ahí nomás comprendieron que más les valía llevarse bien con él.

Los yanquis triunfaban en todos los frentes y Westmoreland, general de cuatro estrellas, lanzaba chillidos de gozo y graznidos de victoria. Parecía un pterodáctilo.

La ofensiva del Tet, por ejemplo, que debía tener lugar en 1968, jamás se produjo. A sugerencia de Eusebio Simón Lirón, lanzaron una bomba de profundidad de alta perforación terrícola sobre el búnker donde se encontraba reunido el Politburó de Hanói y quedaron convertidos en montoncitos de ferrocianuro de cesio, carbohidrato de potasio y cosas parecidas. Todos muertos. Todos muertos y, además, de rodillas. Quisieron tanto la Fortuna como la Dicha que se encontrase en la reunión Vo Nguyen Giap, el cerebro militar de la ofensiva atea bolchevique y diabla comunista, con lo cual las arrogantes tropas títeres quedaron descabezadas y sin conducción. Lanzaban gemiditos de angustia los chichis, sorias y demás anti-Mozart.

Todos muertos. Todos muertos y, además, de rodillas.
Me gusta repetir las afirmaciones magníficas.
Por sugerencia del profesor Eusebio Simón Lirón (llamado a esta altura La Espada de Occidente) se lanzaron sobre el Triángulo de Hierro, que constantemente amenazaba Saigón, catorce misiles, en órbitas bajas, cosa de que la mayor parte del combustible de los cohetes llegara sin quemar y sirviese para contribuir a la katastrofa.

El Triángulo de Hierro, que constantemente amenazaba Saigón: Pif. Cagó fuego. Así. Luego de todo esto y como es lógico, los ateos bolcheviques, diablos comunistas y sus lacayos, espías, saboteadores y traidores, así como chichis, sorias y otros anti-Mozart se rindieron en masa.

¡Ganamos!
El profesor volvió a su futuro, aunque con diez años más encima.
El problema consistió en que, como la historia fue cambiada, todo el

mundo (incluyendo al profesor) creyó que los norteamericanos habían triunfado en su lucha en Vietnam desde siempre y por las buenas. Eusebio Simón Lirón no tuvo estímulos para fabricar la máquina del tiempo, el televisor mágico, el campo de fuerza y ni siquiera los ojos voladores equipados con rayos láser.

Instantáneamente los comunistas volvieron a triunfar en el sudeste asiático.

 

El profesor ya estaba demasiado viejo como para que le quedasen ganas de fabricar televisores encantados, ojos voladores o máquinas del tiempo que permitieran ganar retrospectivamente la guerra de Vietnam. 

Este cuento inédito es del año 2006 y ahora fue incluido en la edición de Cuentos completos que acaba de publicar Random House.