Entrevista a la filósofa húngara Agnes Heller
“Las autoridades controlan a los docentes”
Discípula de Lukács y exponente de la llamada Escuela de Budapest, Heller reflexiona sobre el antisemitismo, los derechos humanos, el lugar de los intelectuales en la sociedad y la creciente burocratización de las universidades.
Imagen: Leandro Teysseire

La experiencia del genocidio nazi, el crimen de su padre en Auschwitz, el haber vivido bajo un régimen totalitario, marcaron “a fuego” a Agnes Heller y a las preguntas que la acompañarían toda la vida: “¿Cómo las personas pueden hacer eso? ¿Existen el bien y el mal? ¿Quién lo determina?”. A los 88 años, la filósofa húngara vino al país invitada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, que ayer la homenajeó otorgándole el Doctorado Honoris Causa. Discípula del filósofo György Lukács, Heller es reconocida como una de las máximas exponentes de la Escuela de Budapest y una de las pensadoras más influyentes de la segunda mitad del siglo XX. En diálogo con PáginaI12, habló sobre la continuidad del antisemitismo, de las dificultades para llevar a la práctica los principios de los derechos humanos y también sobre los problemas que enfrentan las universidades a nivel mundial.

–¿Cuál ha sido el devenir de la judeofobia o el antisemitismo desde el Holocausto hasta hoy?

–El antisemitismo ya estaba presente desde antes del Holocausto, pero no fue causa, fue una condición necesaria para llevarlo a cabo; también un régimen totalitario y una máquina moderna, la del gas. Esos fueron algunos de los elementos necesarios para perpetrar el genocidio. Después del Holocausto empezó a constituirse, a florecer en algunos lugares, una nueva forma de odio contra los judíos, contra el Estado de Israel, porque dicen que es genocida, algo que es mentira. Lo que ocurre es que hay una guerra que se está librando y es normal que haya odio entre dos facciones en guerra. Lo que hace ruido es que haya terceras partes que no se coloquen en un lugar de administrar justicia, sino que culpan a una sola parte, tiene que ver con esa corporización del odio contra los judíos. ¿Quién odia a Turquía? Nadie, aunque perpetró genocidios contra los armenios y los kurdos.

–¿Cómo se sostiene la universalidad de los derechos humanos?

–Tenemos que tener en cuenta que los derechos humanos son una declaración, un enunciado normativo. Pero empíricamente es otra la cuestión, a veces se dan y a veces no, donde siempre deben estar presentes son en la norma, eso es muy importante. Así como uno de los mandamientos dice “no matarás”, eso es una norma, aunque sea verdad que hay mucha gente que mata y asesina, de todas formas la norma de “no mataras” debe existir. Los derechos humanos como norma surgieron en el siglo XIX, y si bien hay muchos países que los violan, hay que mantenerlos por más que así sea. Nadie dice que no respeta los derechos humanos, como nadie dice “yo mato”, pero en la práctica no sucede así.

–Usted definió a los cambios conseguidos por las mujeres como la única revolución “totalmente positiva”. ¿Por qué?

–Es una revolución general, porque no implica el cambio de un orden social o político a otro, sino que tiene que ver con el orden completo de la historia tradicional de la humanidad, que siempre estuvo sujeto al sometimiento de la mujer por el varón. Con ‘totalmente positiva’ no quiero decir que no haya habido pérdidas, porque no hay ganancias sin pérdidas, pero ha habido muchas ganancias: que las mujeres sean consideradas iguales que los varones, somos seres humanos. Por eso, la esfera de la emancipación de la mujer está ligada a la de los derechos humanos. Antes no éramos consideradas ciudadanas y no teníamos derecho a votar.

–¿Cuál cree que es el rol central de los filósofos y los intelectuales en la sociedad actual?

–Cumplimos un rol especial como ciudadanos en Estados democráticos, obviamente en dictaduras no podemos ejercer ese derecho y nos volvemos súbditos de la tiranía. En general, los intelectuales pueden hacer uso del acceso a diferentes medios, donde podemos expresar nuestra opinión y activismo, y quizás tiene un efecto más profundo porque somos más conocidos, escribimos seguido o tenemos algún devenir filosófico que genera alguna influencia. El intelectual puede utilizar su potencia para encender, avivar o empezar un debate público o luchar contra dictaduras, pero no por eso cuentan con una posición privilegiada.

–¿Cómo observa, en ese sentido, la función que están cumpliendo en las universidades?

–El profesor es, por definición, un intelectual, y su tarea es permitir que el alumno desarrolle sus capacidades y naturalezas. Tenemos bastantes problemas con las universidades modernas, en el mundo en general hay una burocracia creciente, donde las autoridades controlan a los docentes y los docentes a los alumnos. Por otro lado, la movilidad ascendente a través de la universidad se ha visto muy afectada en los últimos años, los hijos de los más humildes, los más pobres, casi no pueden acceder a pagar las cuotas. Sé que en Argentina la universidad es gratuita, pero en muchas partes del mundo no es así.