Los acordes románticos de El mensajero del amor, compuestos por el francés Michel Legrand, vuelven a irradiar desde los parlantes de la sala de cine, pero las imágenes que los acompañan son diferentes a las de la película de Joseph Losey estrenada en 1971. La historia también es otra, diversa a la escrita por Harold Pinter a partir de la novela de L.P. Hartley The Go-Between, que narraba desde el punto de vista del protagonista adolescente un tórrido triángulo amoroso. Quien recupera esa banda sonora, haciendo un guiño cinéfilo que es también homenaje e inspiración, es el californiano Todd Haynes, y su relato es tanto o más complejo –en términos humanos y también morales– que aquella de hace varias décadas. Jugada a un tono melodramático ostensible, por momentos ostentoso, aunque no exenta de un humor ciertamente voluntario, Secretos de un escándalo narra el encuentro de una estrella de cine con la mujer en la cual se basa el personaje de su próximo proyecto, interactuando además con el esposo, los hijos del matrimonio, familiares, amigos y vecinos.

Esa visita de algunos días forma parte de la preparación del papel para un telefilm basado en un caso real que ocupó las portadas de los diarios sensacionalistas en los años 90, la historia de una mujer de 36 años detenida y juzgada luego de descubrirse la relación sentimental y sexual con un chico de 13 años. El guion de Samy Burch está a su vez basado, aunque muy libremente, en el caso real de Mary Kay Letourneau, una docente de Burien, en el estado de Washington, que fue detenida en 1997 bajo los cargos de estupro, y un niño de doce años llamado Vili Fualaau, de quien la mujer se encontraba embarazada en aquel momento. Luego de cumplir una condena de siete años de prisión, Letourneau y Fualaau contrajeron matrimonio y tuvieron más hijos. Con un trasfondo y bagaje similar, los personajes interpretados por Julianne Moore y Charles Melton, Gracie y Joe, reciben en su hogar de Savannah a Elizabeth (Natalie Portman), la actriz de cine y televisión que en breve comenzará el rodaje de una película en la cual interpretará una versión posible de Gracie. Lejos del morbo pero observando de frente un caso complejo de abuso sexual, el nuevo largometraje del director de Safe, Velvet Goldmine y Lejos del paraíso se estrena en salas de cine el próximo jueves 29 de febrero luego de debutar en la competencia oficial del Festival de Cannes y recibir una nominación en los premios Oscar en el rubro Guion Original.

El título original del film de Haynes, May December, trae al presente una frase popular en los países de habla inglesa durante los años 30 y 40, una referencia velada a la diferencia de edad entre los integrantes de una pareja: la distancia en el año calendario entre los meses de mayo y diciembre. La historia encuentra a Gracie y a Joe cuando esta se encuentra atravesando los cinco décadas de vida y él ya ha transitado la mitad de su treintena. Llevan muchos años de casados y sus tres hijos comienzan a dejar atrás la adolescencia. El mundo está lleno de parejas cuya diferencia etaria llama un poco la atención y no mucho más, pero veinte años atrás, cuando comenzó esa relación, la divergencia ingresaba de lleno en la definición legal de crimen. El escándalo se ha apagado hace tiempo, y no son pocos los vecinos que adoran a Gracie y disfrutan de sus tortas caseras, especialidad culinaria del poblado, aunque cada tanto alguna encomienda especial con heces humanas envueltas para regalo son entregadas puerta a puerta por el cartero.

Con tonalidades vistosas y un efecto de ligera difuminación de la imagen, la secuencia de títulos de Secretos de un escándalo recuerdan a las aperturas de los melodramas en Technicolor de Douglas Sirk, aunque Haynes incluye en la espesa sopa narrativa referencias a Persona, de Bergman, y la mencionada El mensajero del amor. Y así, cuando Elizabeth está por llegar a la casa sureña para entrevistarse por primera vez con la familia Atherton-Yoo (Gracie es una wasp por definición; Joe refleja en sus facciones la herencia coreana de su padre), los preparativos de una barbacoa mantienen a los miembros de la familia atareados. Una escena temprana grafica perfectamente el tono irónico que Haynes utilizará en varios momentos, aunque no de manera constante: mientras los acordes de Legrand impregnan de señales ominosas el ambiente, la cámara hace un zoom nada perezoso hacia Gracie, enfrentada al interior de su heladera. “Creo que no nos alcanzarán las salchichas” es el remate de la secuencia, que cambia el desastre anunciado por la gracia banal. Por supuesto, los temas que comienzan a desplegarse a partir de ese momento y durante las siguientes dos horas no son nada superficiales.

LEJOS DEL PARAÍSO

Todd Haynes recuerda que las primeras noticias que tuvo del caso real de Mary Kay Letourneau llegaron de manera indirecta e inesperada. “Cuando me mudé a Portland en el año 200 vino de visita la realizadora Kelly Reichardt”, afirmó en una entrevista con la prestigiosa publicación británica Sight & Sound. “En esa época ella había decidido dejar de hacer largometrajes y dedicarse a los cortos experimentales. Uno de ellos, Then a Year, incluía en la pista de audio algunas entrevistas con la maestra en el centro del escándalo. Cuando varios años después llegó a mis manos el guion de Samy Burch supe de inmediato que era un tema complejo y fascinante, pero me resistí a enfocarme en la historia real. Prefería concentrarme en los aspectos ficcionales del guion –Samy tiene instintos ficcionales muy fuertes–, que se diferenciaban de la historia de Mary Kay Letourneau”. A la hora de definir al dúo de personajes femeninos centrales, el director de Carol y el notable documental reciente The Velvet Undergroud cree que las protagonistas son “dos mujeres horriblemente fascinantes. La película no sería nada sin la descripción de cómo operan esas mujeres. No es Persona. Desde luego, pensé en esa y en otras películas a la hora de encender la distancia crítica, esa distancia narrativa que me encantó al leer el guion. Pero el texto no te dice realmente como va a ser filmado, o si el resultado dará la sensación de estar viendo un telefilm”.

La “distancia narrativa” es esencial al resultado final: lejos de encarnar en un drama psicológico que analiza el presente de dos seres humanos perseguidos por un hecho del pasado, Secretos de un escándalo se ofrece como un ejercicio de estilo con múltiples capas que reflexiona sobre cuestiones como la representación, por momentos de forma lúdica, a pesar de las espesas cuestiones de fondo. No es casual que dos de las escenas más potentes de la película transcurran frente a un espejo. En la primera de ellas –enfrentadas directamente hacia la cámara, que hace las veces de reflejo especular– Gracie y Elizabeth, la persona de carne y hueso y quien la interpretará en breve en la ficción dentro de la ficción, ambas actrices en la vida real, atraviesan un momento tenso, aunque mentirosamente amable. En la segunda, Gracie maquilla a Elizabeth imitando su estilo personal, una suerte de transmutación espiritual no exenta de roces y chirridos. De nuevo, Persona, aunque con un gruesa capa de polvo sarcástico.

Tal vez la decisión más sabia de Secretos de un escándalo sea la adopción de múltiples puntos de vista. Aunque es la mirada de Elizabeth la que empuja el relato durante los dos primeros actos –es ella quien investiga y se entrevista con la gente, y es también ella quien mira con atención los gestos, la manera de hablar y moverse de Grace–, el último tramo del relato cambia radicalmente el eje de atención y se concentra en el personaje de Joe, derribando el concepto de womens film que empapaba la historia hasta esa instancia. Joe, el amante ilegal, es ahora un adulto hecho y derecho, pero en la soledad del matrimonio parece comportarse ante Gracie más como un hijo que como un esposo, frágil cuando duda, cariñoso cuando la debilidad está del otro lado. Así, la dinámica de esa familia que parece y declara ser feliz, que dice haber olvidado los horrores de la prisión, la humillación y el amarillismo de la prensa, comienza a resquebrajarse ante la mirada del espectador. Elizabeth, por otro lado, deja de ser una actriz algo veleidosa pero sincera para transformarse en una depredadora, suerte de alimaña vampírica que comienza a alimentarse de quienes la rodean. Y la propia película muta en algo diferente, tal vez en una adaptación paródica de aquella otra versión previa de la historia –una película hecha para la televisión berreta y morbosa– que Elizabeth mira en su casa alquilada cerca del dominio de los Atherton-Yoo.

Cuando la actriz logra acceder, previo coqueteo con el dueño del local, al depósito de la tienda de animales donde la pareja fue hallada in fraganti dos décadas atrás, Elizabeth ensaya una imaginaria escena de sexo, pura sobreactuación de porno soft trasnochado (la performance de Portman es aún más destacable por el continuo paso de equilibrista entre el histrionismo y el realismo, la sutileza y el exceso de máscara). “Lo único que puede generar simpatía por cualquiera de las dos mujeres es por el contrapeso ante la otra”, declaró Haynes. “El poder de cada una es relativo y está integrado en sistemas más grandes. Así que, como espectador, uno sigue oscilando entre confiar y desconfiar, de una y de la otra. No es como mis películas previas, porque es muy difícil que uno sienta agrado o preocupación por ellas. Los que importan son los niños, porque a pesar de todo uno siente que ellos lo resolverán y estarán bien. Entonces hay esperanza. Y uno se preocupa por el hombre, Joe, el marido de Gracie; hay esperanza de que él también encuentre una salida”.

IMITACIÓN DE LA VIDA

Carol, el personaje interpretado por Julianne Moore en Safe (1995), el notable segundo largometraje de Haynes y la primera en una serie de colaboraciones entre actriz y realizador, atravesaba grandes cambios interiores que la llevaban a cambiar radicalmente su vida, de la A la Z, para el asombro de aquellos más cercanos. Su Gracie es una criatura muy diferente, como si se tratara de alguien habitado por múltiples personajes o bien por un espíritu definitivamente camaleónico, que cambia de color según la ocasión y el interlocutor. Si todos actuamos en la vida, Gracie es una dominadora de emociones, tanto o más que Elizabeth, la actriz profesional. Son personajes heridos, magullados, pero fuertemente orgullosos de su apariencia de fortaleza. Y, en el caso de los esposos, dos negadores de aquello que ocurrió en sus vidas, redefinido como algo anecdótico, una excepción a las reglas con final feliz. En la mencionada entrevista, Haynes volvió a hacer hincapié en el hecho de que no le interesaba pensar en ciertos aspectos de la historia de Letourneau. “Julianne tenía una idea muy fuerte en la cabeza: que esa mujer no era una pedófila, sino que sufría de síndrome de princesa, una necesidad intensa de ser rescatada por un hombre joven y viril. Es como el mito del caballero, quien, con su ardiente virilidad y sorprendente juventud, viene a salvar a la dama en apuros. Eso es lo que les permite a ambos negar la diferencia de edad”. Cerca del final, el guion complica aún más las cosas cuando la interacción entre el trío central, los tres hijos de la pareja y el excompañero de escuela de Joe, a su vez hijo del primer matrimonio de Gracie, comienza a tensarse con amenazas de explosión. Es el momento de la verdad antes de que Elizabeth vuelva a Hollywood y la ficción comience a desarrollarse frente a las cámaras, un poco a imitación de la vida, otro tanto como creación telenovelesca. Como la misma Secretos de un escándalo.