“Soy alguien que desde aquel día se puso a escribir para forzar los límites de su entorno”, escribe Erri De Luca en “Los pantalones largos”, relato que da inicio a El más y el menos, su nuevo libro, donde a partir de una situación aparentemente cotidiana como puede ser un pedido de redacción escolar, reflexiona sobre un hecho determinante que dio comienzo a su relación con la vida y las palabras, es decir, su literatura: una manifestación vital de coherencia entre lo íntimo y lo privado, lo público y lo social. Todo lo que le sucede a un hombre se le parece, es cierto. En este sentido, y para quienes ya son sus lectoras y lectores que esperan un libro suyo como pan caliente, encontrarán nuevamente esa extraordinaria capacidad que tiene el autor de A tamaño natural de vivir y verse vivir para luego escribir como quien rescata, entre los escombros de las palabras, lo verdaderamente importante de todo aquello que se denomina experiencia y no es otra cosa que recuerdo acumulado.

“El orden cronológico alude a un desenvolvimiento, a un desarrollo, y no es mi caso”, dice Erri De Luca durante la entrevista exclusiva para Radar. “El título significa que el más de la vida ha pasado y que ahora queda el menos. Como saben los carniceros, la cola es la parte más dura y difícil de desollar. Aquí hay historias escritas desde esta parte terminal, desde el punto de vista del menos, forma obstinada y callosa de la vida. Me hago compañía con la escritura, no siento la necesidad de escribir. Pruebo, en cambio, el secreto placer de hacerlo, de recordarme y de contarme una historia. En esto hay una pasada mía de espigador, de recolector que viene después de los segadores y recolectores. Me agacho y recojo un resto de vida caminada como un campo. Entiendo la memoria como la sorpresa de encontrar personas y cosas olvidadas. De repente llegan a una playa después de haber estado en el mar, a la deriva”.

Al igual que en el resto de toda su obra, traducida a más de treinta idiomas desde la publicación en 1989 de Aquí no, ahora no, en El más y el menos, conformado por treinta y siete relatos y un apartado con tres poemas titulado “Trocha angosta”, regresan los temas del hombre alpinista, pescador, camionero, cronista o albañil, todo bajo la cronología arbitraria de la memoria, es cierto; pero también custodiado por una sombra como quien viaja llevando encima un caparazón duro como un agradecimiento y entonces surge el hijo que recuerda a un padre, en “Variante de Parábola”, por ejemplo, que a finales de los años sesenta ¨aceptó hospedar militantes de Lotta contínua perseguidos por órdenes de captura por razones políticas. Él, respetuoso de las leyes, con el escrúpulo de ser un buen ciudadano, en una ciudad insolente, ofreció reparo a forajidos. Recolectó y coleccionó los números del diario Lotta continua para dejármelos como dote”. O con su madre, donde ir juntos a renovar un documento, genera un espacio propio para con los años poder escribir: “Aquel documento que hicimos juntos entonces se está venciendo. Me dan ganas de dejarlo así. Nada supe de ese día de marzo y de mimosas desteñidas. No tuvo respuesta su frase avisando que estaba por vencer nuestra vida juntos”.

Del hijo al amigo, Erri De Luca recuerda en “Cronista descalzo” a Giancarlo Siani y a Mauro Rostagno, periodista a quienes no les alcanzaba la noticia y querían hurgar la realidad porque entendían el periodismo como un servicio y no como una carrera. “Mauro y Giancarlo, dos hombres de los miles que conocí de mi generación. Iban por buen camino, ese que muy a menudo está desierto”. En el relato “Gorros de papel”, Erri De Luca repara en detalles que te humanizan al leerlo. Es un texto que refiere a la época en que trabajó como albañil. “Los obreros saben el final del turno sin necesidad de relojes, lo sienten a través del esqueleto. Lo anuncia en el cuerpo una clepsidra vacía, desde el cuello estrecho la arena ha pasado hasta el último granito. Nada de tic tac, sólo se sabe que ya basta, y que el resto del tiempo de trabajo es usura del patrón sobre la vida de un obrero”.

Escribir con todo el cuerpo, ése es su estilo. El estilo en literatura es una combinación del máximo resultado con el menor uso de vocabulario posible, afirma Erri De Luca. “Considero a Borges el intérprete ideal de la palabra estilo. Un autor tiene un estilo como lo puede tener un vino: en la primera página o en la primera degustación se capta su nombre. No creo poseer tal cosa, porque para mí cada nueva historia me hace volver a ser un principiante, sin ninguna acumulación de una experiencia anterior. No le puedo pedir un consejo al mí mismo de la historia precedente”.

Como en un diálogo con Proust, en el relato “En forma de altar”, Erri De Luca escribe sobre los aromas de las cocinas que subían desde el fondo de la calle y en cada descanso de la escalera se pasaban la posta. “El domingo se sabía qué pasaba en los platos de cada casa. Se comenzaba por la portería, el primer fuego encendido, el primer aroma viajando en el vapor”. Los aromas, las comidas que te hacen viajar en el tiempo. La muerte se materializa en una ausencia permanente; y De Luca escribe algo tan hermoso al respecto: “Sin mi madre, practico la abstinencia con ese plato, un exilio alimentario. El luto se purga en la mesa en lugar del cementerio. El de la pastiera se acerca a la boca para escuchar el deseo imposible de cada uno. El mío, una vez al año y sin mover los labios, es volver a sentarme a aquella mesa de domingo, donde todavía no faltaba ninguno”.

Discurso a la juventud, primero de los tres poemas en Trocha angosta, nace la tensión con el lenguaje, un forzar necesariamente el límite. “A la edad de ustedes mi futuro tenía forma de flipper / un resorte me disparaba en subida/ en el corredor de lanzamiento. Salía a la pista, arrancaban los rebotes / Después de la violencia de los primeros minutos/ el futuro no se pareció más a nada”. En relación a los poemas, De Luca dice que hay pensamientos que no tienen el ritmo de la prosa, reclaman un formato diferente. “Por comodidad se los puede llamar poesía, pero para mí son contracciones, un puño que se cierra sin apretar nada, una mueca de músculos faciales, un paso apurado, un arrebato nervioso. Tienen necesidad de líneas discontinuas, prefiero llamarlas así en lugar de versos. Las agregué al fondo porque sirven para concluir el libro no con un final sino con un deshilachamiento. Soy un lector de poesía del 1900, el siglo que ha tenido más necesidad de ella. Aprendí algunas lenguas para buscar a los poetas en su casa. Los poetas del 1900, en el exilio, en las prisiones, tuvieron casa, domicilio y residencia en su lengua. De ahí no podían ser expulsados, no podían ser privados de su lengua. Estudié sus gramáticas, sus vocabularios para visitarlos y golpear a su puerta. Pero el lector que soy no tiene vínculos con mi escritura. Cuando leo soy completamente lector, no el colega menor del autor. El lector que soy frecuenta anchos y latitudes desconocidas para el escritor que soy”, concluye De Luca.

 

Para quienes leerán por primera vez a Erri De Luca por medio de El más y el menos, habrá que adelantarse y decir sin pudor que los modificará para siempre en el sentido sartreano del término, acaso como sólo modifican aquellas lecturas reveladoras, obligatorias y decisivas.