Una razón para vivir, debut como director del actor inglés Andy Serkis
Haciendo equilibrio entre el almíbar y el limón

 

El comienzo de Una razón para vivir, debut como director del actor inglés Andy Serkis, puede no ser apto para diabéticos. Así de altas son las dosis de almíbar que contienen las primeras secuencias de esta historia de amor, cuyos protagonistas son dos jovencitos pertenecientes a distintas castas de la aristocracia (o quizá la burguesía) inglesa de posguerra. Uno de esos inicios en los que todo es tan perfecto que generan por igual satisfacción y desconfianza. Sensaciones contradictorias que sin embargo se encuentran plenamente justificadas, porque es cinematográficamente imposible que en una película romántica de estilo clásico, como parece ser el caso, todo sea tan color de rosa. Nada puede estar tan bien y tan rápido en una historia de amor que cumpla con los requisitos usuales para ser considerada como tal. 

Y es cierto: Robin y Diana se conocen una de esas tardes so english en la que las damas disfrutan del té a las cinco en punto, mientras ellos juegan al cricket. Ella tiene fama de inconquistable y si bien el pedigree de Robin no está mal, tampoco es que tiene sangre azul. Apenas un negocio de importación de té de Kenia que garantizan una vida holgada, pero no tanto como para ser considerado por Diana el mejor de los partidos. Aun así la chica imposible se enamora del candidato menos pensado y juntos se convierten en la pareja ideal. Ella lo acompaña a todas partes. Incluso a África, la salvaje, donde vuelan en biplano, acampan en la sabana, cazan con amigos, ven el atardecer, juegan al tenis en la embajada británica y quedan embarazados. Así de feliz viene la mano y ni siquiera pasaron 10 minutos de proyección.

Pero la película produce su propia insulina y una dosis súbita cambia la sensación de empalago por la de amargura en solo tres escenas: Robin se contagia poliomielitis y en cuestión de días su cuerpo queda paralizado por completo. A partir de ahí Una razón para vivir se convertirá en una historia de superación que atravesará distintas fases, oscilando entre lo amargo y lo dulce, aproximándose a los extremos más indeseados de dichos hemisferios, pero sin caer nunca en lo abyecto. De hecho en el guión de William Nicholson (conocido sobre todo como autor de Gladiador, 2001, de Ridley Scott) y en la versión que Serkis pone en escena, ambas mitades conviven en un balance más o menos armónico. 

Los buenos trabajos de Andrew Garfield y Claire Foy (conocida por su papel de Reina Isabel en la serie de Netflix The Crown) ayudan a que ese recorrido en zig-zag entre las luces y las sombras no se vuelva grotesco (aunque algunos personajes lleguen a rozar esa condición). Aunque Garfield carga con el desafío de actuar inmóvil, es sobre todo Foy quien sostiene dramáticamente al relato, ajustando la expresividad de Diana de acuerdo a los diferentes registros por los que la película atraviesa. Por lo demás Una razón para vivir está basada en hechos reales y el resultado final no se aleja demasiado de cualquier biopic de intenciones tan emotivas como didácticas.

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