Desde Mar del Plata 

Programación irreprochable, premiación más que discutible podría ser una primera, apretadísima síntesis del Palmarés oficial de la 32ª edición del Festival de Cine Internacional de Mar del Plata. Síntesis parcial, en verdad, ya que refiere sólo a una de las tres competencias oficiales del festival, la Internacional, mientras que los premios otorgados por el jurado de la Competencia Latinoamericana fueron inmejorables, y el de la Competencia Argentina se presta a discusión, pero menos que los de la Internacional. Integrado por las actrices Érica Rivas y Catalina Sandino Moreno (ésta última en remplazo del presidente del cuerpo, el realizador estadounidense Kenneth Lonergan, que no vino a Mar del Plata), los críticos Edouard Waintrop y Boyd van Hoeij y el productor Amedeo Pagani (produjo Garage Olimpo, entre otras), el Jurado Oficial de la Competencia Oficial se enamoró del film palestino Wajib, otorgándole dos premios, e ignoró olímpicamente a películas como las portuguesas A fábrica de nada y Ramiro y las estadounidenses Columbus y Good Luck, mayormente consideradas las más estimulantes de esa sección. Tampoco hubo premios para las tres argentinas concursantes allí, mientras que en la competencia consagrada al cine local salió victoriosa El azote, nueva película del eterno visitante de este festival, José Celestino Campusano.

Primera película palestina dirigida por una mujer, Wajib es lo que se llama un crowdpleaser: una película hecha para gustar a un público mayoritario. Es un crowdpleaser digno, que no da golpes bajos ni busca arrancar risas con fórceps. Pero no deja de ser un crowdpleaser, que aborda cuestiones políticas, tradicionales y culturales de la sociedad palestina a través del filtro amable, emotivo y accesible de la comedia de costumbres. Al jurado le gustó tanto que no le dio un premio sino dos: el de Mejor Película y el de Mejor Actor para Mohammad Bakri, que está magnífico en el rol de patriarca tradicionalista, prejuicioso y carismático. Es que el Astor que le anda sobrando a la película de Annemarie Jacir no es precisamente éste. Algo más sorprendente fue el premio para Mejor Actriz, otorgado para la danesa Eili Harboe por Thelma. Una actuación tirando a robótica en un film ídem, cuando algunas de sus competidoras, como la revelación argentina Mora Arenillas (Invisible) o la veteranísima Nathalie Baye en Les gardiennes, parecerían más merecedoras de ese premio. Ya en el terreno de lo disparatado entra el Premio Especial del Jurado otorgado a la actriz puertorriqueña Kairiana Núñez Santaliz, que aparece entre sombras en El silencio del viento, antes de ser asesinada en la primera media hora de película. Un poco de cordura puso el Astor a la Mejor Dirección dispensado por el jurado mayor a la realizadora alemana Valeska Grisebach por la notable Western, que si se hubiera llevado el premio más grande no hubiera ofendido a nadie.

A la inversa del jurado de la Competencia Internacional, el de la Latinoamericana, integrado por el actor argentino Nahuel Pérez Biscayart, el extraordinario cineasta gallego Lois Patiño (el de Costa da morte) y el crítico James Latimer (que escribe en medios tan buenos como Cinemascope, Slant Magazine y Senses of Cinema) no cometió ni un error. Otorgó una mención especial a La telenovela errante, que el chileno Raúl Ruiz filmó a su regreso a Chile, a comienzos de los 90, y que quedó para siempre inconclusa. Su viuda, Valeria Sarmiento, la rescató y montó recientemente junto a dos colaboradores. Otorgarle una mención especial suena muy justo, ya que aunque es una divertida, por momentos genial broma del realizador de Memorias de Lisboa alrededor de varios de sus temas de siempre (la permutabilidad entre lo “real” y lo imaginario, las fantasmagorías, las mascaradas, las cajas chinas, el gusto por la provocación surreal), no deja de ser también un film menor, algo irregular y autoindulgente. Mucho más justo aun es el recurso al ex aequo para para premiar a los dos films más destacados de la sección: la dominicana Cocote, de Nelson Carlo de los Santos Arias –que aborda temas tan propiamente latinoamericanos como la violencia, la arbitrariedad estatal, el abismo económico y social y el peso de las creencias religiosas, desde una enorme innovatividad formal– y la brasileña Baronesa, donde la mineira Juliana Antunes da voz a mujeres vitales de una favela en pie de guerra.

Con el comité de programación en su lugar, esta edición del FICMDP –la primera que cuenta con dirección artística del estadounidense Peter Scarlet– mantuvo el nivel de las previas. El cambio de productor produjo desajustes en los primeros días, pero el equipo de la experimentada Rosa Martínez Rivero (ex Bafici) logró reencaminarlos sobre la marcha. Algunos encuentros de productores y realizadores, nucleados bajo la designación general de Film.ar (Lobolab, Mardoc.lab y otros) siguen abriendo a realizadores la posibilidad de la coproducción. Lo cual podría tomarse como premio consuelo frente al devastador anuncio, todavía extraoficial, de que no habrá créditos del Incaa para filmar hasta dentro de más de dos años. En cuanto al plus que Mr. Scarlet –que, como se sabe, no habla castellano– pueda aportarle al festival, por el momento sigue siendo un misterio. Lo cual es lógico, ya que su nombramiento, producido en julio pasado, es todavía muy reciente. En el curso del festival, su participación más destacada fue cuando le preguntó a la invitada Vanessa Redgrave si ésta era su primera visita a la Argentina, ignorando por lo visto que en 1992 la actriz británica pasó aquí un par de meses, filmando Un muro de silencio, la película de Lita Stantic.