Suena un piano que no dice nada y la música funcional se mezcla con los sonidos de bar: cubiertos, exprimidora, máquina de café. Lo intrusivo contrasta con la voz suave, muy suave, de Juana Molina que se disculpa por poner una alarma en el teléfono: en una hora tiene que salir corriendo a hacer un trámite. “Ay, me late el ojo”, dice mientras manipula el celular.

Han sido meses intensos. Retomó la actuación para la serie En el barro (spin-off de El marginal); estuvo de gira despidiendo a Halo, su séptimo disco de estudio que cumplió siete años; regrabando enteramente Rara, su primer álbum incunable, trabajando en un disco nuevo que espera poder editar el año que viene y presentando Exhalo, un EP de cuatro canciones que quedaron afuera de Halo: desde el 22 de noviembre suena en Spotify, además de conseguirse en vinilo gracias a una edición en conjunto entre su sello Sonamos y el uruguayo Little Butterfly Records.

Las canciones que quedaron afuera de Halo y hoy forman parte de Exhalo siguieron ese camino, cuenta, por diversas razones. “Hope”, por ejemplo, no entró en Halo porque no terminó encontrar su forma: “Nunca tuvo letra ni nada”. Y las otras tres porque, explica, al armar un disco hay que combinar una cantidad de canciones para que formen un relato. “Aunque en esta época nadie escucha un disco entero, yo lo sigo pensando así. No es que tiro unos temas y que se las arreglen. Una vez que elegís el que abre, que es lo más difícil, tenés que pasar al segundo, y se va armando una secuencia que tiene un sentido rítmico, emocional. Después de todos las pruebas e intentos, esos temas siempre quedaban afuera por algún motivo que no se entiende. Porque ‘Astro de la luz segunda’, una de las canciones que quedó afuera, era una de las favoritas. Nos parecía que era un-te-ma-zo que no-iba-a-faltar. No se lo esperaba, pobre”.

Juana engola la voz y en un segundo se cuelan su histrionismo y su humor. En medio de la explicación técnica, aparece un poco de delirio. Es su marca de fábrica, la que la hizo brillar con sus personajes de Juana y sus Hermanas en los ‘90, a los que sigue recurriendo cada vez que algo le da vergüenza, se quiere esconder un poco, o pasar algún chivo autopromocional en su cuenta de Instagram.

Llama la atención que hables de relato porque solés decir que en tus canciones no hay una búsqueda desde el querer decir algo.

–Pero hay un sentido, creo que no hay ninguna letra que no se entienda de qué habla. Porque cuando me pongo a escribir me pongo hasta que me sale. Y me da un trabajo... Pero una vez que encuentro la punta del ovillo ahí resulta más fácil, por eso me ayuda muchísimo cuando aparece una palabra que se entienda. Por ejemplo, aparece “conmesura” y ahí digo: ¿Qué cosa es con mesura? Aunque últimamente hay cada vez menos palabras. Pero es un laburazo para que sea un relato; no un mensaje, pero sí una idea que quiero expresar. Todas mis letras empiezan y terminan con una historia bastante clara, pero me cuesta escribir todas esas cosas y que a su vez sean fieles al sonido de las melodías. En general donde había una aaa (tararea) sigue habiendo una a, donde había una iii sigue habiendo una i, y así.

Es como si calcaras.

–Exacto, es un calco.

Qué difícil.

–Es que si no me parece que la palabra es una impostora. Es fundamental que la letra se vista de esa melodía.

Que nada suene falso, que todo sea lo más auténtico posible vale tanto para su proceso compositivo como para la construcción entera de su camino musical. La historia se contó mil veces: a Juana Molina le costó el arranque. Su primer disco Rara (1996) no tuvo el éxito esperado por la producción (ni por ella misma) porque, en parte, ni el gran público ni los medios le perdonaron que se bajara de la actuación para dedicarse a otra cosa. Pero para ella el gran “fracaso” (ella habla en esos términos) tuvo que ver con hacer algo más desde afuera hacia adentro que desde adentro hacia afuera.

Portada del inconseguible primer disco de Juana Molina

Contrató a Gustavo Santaolalla como productor, intentó convertir esas músicas grabadas diez años atrás en un portaestudio en canciones con estribillos y puentes, y todos los ingredientes para que encajaran en los géneros del momento. Pero ese disco de rock alternativo, que hace treinta años está descatalogado y no se encuentra en las plataformas, no era ella. “Era un esquema tipo: en una semana grabamos las bases, en otra semana grabamos las voces”, cuenta, y hace ruidos guturales, gesticula. “Todo duro, tuctuctuc, una cosa que no fluyó. Yo no fluí, era como se hacían las cosas en ese momento: yo decía a todo que sí sin estar preparada para ese sí. Cuando mostraba mis canciones decía: ‘Mirá que le falta esto y lo otro, eh, mirá que después le voy a poner tal cosa’”, dice, en modo autoparodia.

Ese disco quedó como un disco maldito y Juana además había perdido los derechos sobre él. La única manera de que volviera a circular era regrabarlo, como recientemente terminó haciendo Divididos con su primer disco o incluso Taylor Swift. “La idea fue de Marito”, explica, refiriéndose a Mario Agustin González, su manager. “Porque hay gente que le encanta ese disco y quedó exiliado. Y al principio me pregunté si tenía que hacerlo desde el ahora, si tenía que intervenirlo desde el presente, pero al final no. Y fue difícil, porque por momentos me cuesta cantar esas canciones: no se cómo poner la voz, es como si no fuera yo”.

Juana Molina (Foto: Nora Lezano)

EXTRAÑAS INFLUENCIAS

Juana chiquita –seis años más o menos– en un concierto de Los Beatles se pone a tararear bajito, a cantar un tema como quien no quiere la cosa. Un Beatle la escucha, distingue su voz entre el bullicio, y dice: ¡Pero qué bien que canta! ¡Que se cante una con nosotros! Entonces ella se sube al escenario y se transforma en una Beatle más. “A mí me parecía que realmente eso podía pasar”, asegura hoy Juana. “Mi deseo de cantar y de hacer música empezó como algo completamente desprejuiciado. Pero después había otros problemitas. Mucha timidez, mucha vergüenza, mucho miedo a la mirada ajena, y después la mía, que era terrible”.

Esa mirada terrible tuvo que ver, en gran parte, con crecer en una familia de artistas donde la crítica y la autoconciencia eran moneda corriente. No sólo sus padres (la actriz y arquitecta Chinchuna Villafañe, el músico y cantante Horacio Molina) ponían la vara muy alta, también sus tíos y abuelos paternos tenían el espíritu burlón para todo aquello que denotara impostura o lugar común. “En la familia de mi padre eran feroces y muy graciosos, todo se colaba con el humor. Con mi hermana y mis primas crecimos haciendo imitaciones, parodias. Mis personajes nacen de ahí. Pero después lo de la música era otra cosa, porque esa era yo. Entonces la mirada era tremenda. El primer velo era el mío. Me decía: Eso que estás haciendo es una mierda. ¡Ay ella, quién se cree que es! Así fue mi infancia y mi adolescencia. Porque aparte cambió el sentido del amor propio. En esa época estaba mal tener amor propio. Ahora está de moda y tenés que cultivarlo. ¡Pero nadie sabe lo que quiere decir! ¡Me da una bronca! Buscás en Google y te dice: Autoestima. Y es tal la confusión. Es el clímax del individualismo y del ego”.

Juana recuerda tardes enteras solas con su hermana menor escuchando música. La casa estaba llena de discos y ellas tomaban lo que les gustaba. “No es que venía alguien y nos ponía un disco. Mamá había comprado los discos de Los Beatles pero no los escuchaba, escuchaba más que nada jazz. Aún así yo nunca me sentí cercana al jazz. ¡Basta de tanto pirupirupiru! Dame algo más concreto, más llano. Además escuchaba a mis viejos y a sus amigos diciendo ‘¡Yes!’ cuando tarareaban y me daba mucha vergüenza, me parecía muy falso. Igual a mamá le gustaba de verdad. Se sabía todo de memoria. Había un cantante muy bueno, cómo se llamaba... Era latino... Se me fue el nombre”, se resigna, y busca en Google.

“Antes te salía Wikipedia al toque, ahora te sale la inteligencia artificial. La detesto. El otro día usé el Chat GTP por primera vez y no sirve para nada: te dice lo mismo que le preguntás pero con otras palabras, las da vuelta”.

Sobre Juana Molina, la inteligencia artificial de Google dice:

–Cantante y actriz argentina.

–Sándalo y romero.

–Música experimental.

–Salió de gira con David Byrne.

–Vive en la naturaleza.

–No le gustan que le digan la Björk argentina.

“¡José Antonio Méndez!”, exclama. El cantante de jazz que escuchaba su madre y a ella le encantaba de chica es el cubano José Antonio Méndez. También se volvía loca con los solos de Ella Fitzgerald. Y con las canciones de Eduardo Mateo.

Eduardo Mateo, fotografiado por Horacio Molina para la contratapa del disco Mateo solo bien se lame

Es fácil vincular tu música a la de Mateo y a eso llamado “música uruguaya”.

–Yo también siento que tengo eso sin haberlo buscado. También escuché otras cosas, entonces no se sabe muy por qué unas son más parecidas a vos. Yo no creo en las influencias, uno no puede elegir sus influencias. Yo puedo escuchar a Bill Evans y no tengo nada de Bill Evans, o de Ravel, aunque de Ravel sí tengo algo, pero bueno, por algo también me gusta tanto Ravel. Creo que va de los dos lados, no puede venir algo hacia vos si vos no tenés esos receptores. Es como si se despertara algo, te llega Mateo y ¡plín! Se te despierta algo que estaba como en un estado larvario. Y yo era muy chica. No sé si fue con el disco Musicasión o Mateo solo bien se lame, pero los tuve ni bien salieron. Papá estaba como loco con Mateo, la foto de la contratapa de Mateo solo bien se lame se la sacó él, grabó unas guitarras. A mí su música nunca me pareció rara, eran unas canciones preciosas que me llegaban a lo más profundo de mi ser. No sé cuántas veces lo escuché pero fue tan suficiente que no necesité escuchar otros discos de Mateo hasta años después.

¿Lo llegaste a conocer?

–No, por una boludez de papá. Durante unos años papá estuvo en pareja con la música uruguaya Vera Sienra, que era amiga y entonces me dijo: ¿No querés ir a aprender guitarra con Mateo? Que te enseñe unos yeites. Y yo pensaba: Ay sí. Pero después me dijo: Te va a querer tocar las tetas. Y claro, imaginate, yo era recontrapendeja, se me fueron todas la ganas de aprender guitarra con Mateo. Además andá a saber si era así... Y además en esa época Mateo ya estaba del tomate. No sé si me hubiera recibido.

¿Pensás que sos vos sos una influencia para gente más joven?

–Parece que sí. Sé que hay muchos músicos jóvenes que me citan, a veces me llegan cosas que digo: mirá... Y otros que dicen que soy una influencia y yo digo: ¿En dónde? Pero eso comprueba que las influencias no son tales. Una cosa es eso y otra algo que te inspire.

Juana Molina (Foto: Nora Lezano)

EL CONCEPTO KIN TIN TAN

Después de Rara, y a pesar de Rara, Juana siguió componiendo como siempre lo había hecho: sola en un portaestudio, grabando sus improvisaciones. Para esa época, fines de los noventa, ella y Federico Mayol, su entonces pareja y manager, se habían mudado a Los Ángeles entre recomendaciones de productores que por un lado la deseaban (les gustaba su voz, que fuera “experimental”) y por otro lado no terminaban de entenderla (le llegaron a decir que tenía que aprender inglés, componer en inglés, cantar en inglés). Durante un tiempo grabó de forma frenética hasta que, por temas de papeles, decidieron volverse a Buenos Aires en febrero de 2000. En diciembre de ese año se editó Segundo, que fue un éxito. Y ahí empieza la segunda parte de la historia de Juana Molina, la que “descubren” a nivel mundial (primero Japón, después Estados Unidos, Europa), la que sale de gira con David Byrne, la que en América Latina se va volviendo de culto. Sus conciertos –en los que al principio quedaban solo 25 personas– se fueron llenando y ella fue venciendo la fobia de ser sí misma arriba de un escenario y empezó a disfrutar del viaje.

Se abrió algo con Segundo.

–En Segundo se abrió algo sobre todo porque no era consciente de que estaba haciendo un disco. Con el fracaso de Rara empecé a grabar y a hacer pelotudeces en casa hasta que dos años después me di cuenta que todo eso era un disco. Pero me dije: Cómo voy a hacer para grabar esto. Y ahí dije: Es esto. No tengo que repetirlo. Porque no me iba a salir igual. Entonces adquirí el concepto de “Kin Tin Tin Tan”, una de las canciones más lindas del mundo y pésimamente grabada. Mateo cantando bajito una canción para una novia, que ella registra y queda así. Cuando me di cuenta de eso traté de grabar lo mejor que pude de primera, y edité eso que tenía alma, que era una verdad. Y que tenía que exponerse así como estaba. Creo que hay un error de la superproducción, y si hay algo que suena muy bien y es irrepetible tiene que prevalecer eso.

Hasta ese momento ella no usaba ni siquiera ecualizadores. Daniel Melero intervino y se ocupó de eso. “Si te lo masterizo te lo arruino. Ecualicemos un poco”, le dijo. Después de Segundo vinieron Tres cosas (2002), Son (2006), Un día (2008), Wed 21 (2013) y Halo (2017). En el medio fue sacando otros discos –grabaciones de shows, versiones remixadas– y los medios locales e internacionales se devanaron los sesos para catalogarla en algún género: electro folk, world music, experimental. Ella siguió haciendo lo suyo, un camino bastante solitario que tiene mucho de improvisación y que en estos últimos meses fue cambiando. “Por primera vez estoy trabajando con un productor: Emilio Haro. Yo le doy lo que tengo y el tipo me cambia cosas, le agrega algo. Lo que más me gusta de trabajar con él es que me exige de una manera que nunca nadie me exigió. Está siempre empujándome al precipicio y yo tengo que hacerme un pisito para no caerme. Eso me viene bien porque me activa, primero me viene algo de pelearle y luego me doy cuenta de que está bueno que exija, me escuche y me diga: ¿Por qué no probás otra melodía?”.

¿Por qué la decisión de tener ahora un productor?

–En realidad es mi co-productor, porque estamos haciendo ese trabajo juntos. Pero la decisión viene porque seguía grabando durante años sin completar nada. Y entonces día a día, en sesiones de cinco horas, nos pusimos a escuchar todo. Primero elegimos el “material grabable” (odio la palabra material), pero al final no usamos casi nada de eso. Yo tengo unos proyectos en los que grabó sin cortar, es todo lo de una época, entonces cada proyecto dura 7, 8 horas, con pequeñas ideas.

¿Cómo diferenciás un proyecto de otro?

–Me vuelvo loca, pero me acuerdo. Hay tres proyectos que se llaman igual: improviset. Algunas son unas grabaciones que hice con Odín Schwartz cuando estaba aprendiendo a usar sintetizadores, donde hay que grabar todo, son cosas medio irrepetibles. Cada proyecto es como un cuaderno y en estos siete años acumulé muchos cuadernos. Pero yo soy la persona más desorganizada que se creó en este planeta, entonces me la paso buscando cosas. En un proyecto hay 70, 80 ideas, algunas son horribles pero está bueno sacárselas de encima. Lo bueno de este productor es que él conoce mi mundo y lo que me pide da también lugar a cosas bastante mágicas, porque algunas cosas se entrelazan de modo misterioso.

“Un día voy a ser otra distinta/ Voy a hacer cosas que no hice jamás/ No va a importarme lo que otros me digan/ Ni va a importarme si resultará/ Voy a viajar, voy a bailar, bailar, bailar/ Quiero bailar/ Voy a vivir en el medio del campo/ Y a las mañanas me voy a levantar/ Para ordenar, me va a costar/ Me gustará/ ¿Cuándo será?”. Es la letra de la canción “Un día”, que abre y le da el título al disco de 2008. Ese día al que alude la canción era el cuento que se hacía cuando todavía no se animaba a dar el salto musical. Suele decir que perdió mucho tiempo por insegura, por no confiar en eso que tenía para expresar, eso que en definitiva era ella misma. En las entrevistas, y sobre todo en su práctica artística, Juana Molina insiste en defender una personalidad, un estilo que no se parezca a nada o nadie.

¿Qué es la personalidad para vos?

–Todos tenemos una relación particular con la música, o con cualquier cosa, con la literatura, el arte, la comida. Y eso tiene que ver con lo que nos fue formando y en cómo percibimos una realidad. Creo que si cada uno de quienes hacemos música nos relacionáramos con nosotros mismos y no tratando de hacer algo como otro las categorías de la música serían tantas como personas, porque una cosa es dedicarse a un género, y otra cosa es agregarle algo personal a eso. No siempre sabemos para dónde rumbear, pero para saberlo hay que salir a rumbear.