Transfobia de Estado
Damaris Becerra Jurado es la cuarta mujer trans migrante peruana que muere en La Plata en 2017, víctima de una cadena de iniquidades que incluyen la falta de oportunidades concretas, el incumplimiento del cupo laboral trans, los procedimientos policiales y la indignidad a los que las somete la Justicia y la política penitenciaria en la provincia de Buenos Aires. Se suma a la lista que integran Pamela Macedo Panduro, Angie Velázquez Ramírez y Brandy Bardales Sangama.

Damaris fue una militante por los derechos humanos. En las fotos se la ve en primera fila en las manifestaciones o con una pancarta reclamando Justicia por Miguel Bru, el estudiante de periodismo desaparecido en 1993 en la comisaría 9ª de La Plata. Damaris no llegó a cumplir 40 años. Murió en la Unidad Penal 32, de Florencio Varela, el domingo 26. En varias oportunidades denunció, a través de sus compañeras de Otrans, que no le suministraban medicación para la enfermedad crónica que padecía. Permanecía en prisión desde hacía 2 años y 6 meses. Su caso -junto con el de otras compañeras trans- pasó, como pelota en juego, de la Justicia provincial a la Justicia federal y de nuevo a la provincial, que se declaran incompetentes. El defensor oficial le propuso declararse culpable en juicio abreviado y negociar una condena menor. Damaris se negó porque sostenía de principio a fin su inocencia. 

La situación de las detenidas en el pabellón trans de Florencio Varela, hoy, no es fácil. Hacinamiento es la palabra principal, pero no la única. Esta semana, sus familiares denunciaron que no les permiten ingresar ropas femeninas ni maquillaje. Los penitenciarios arguyen que “es una cárcel de varones”.

Mientras tanto, el Comité contra la Tortura de la Comisión Provincial por la Memoria libró un oficio al fiscal a cargo de la UFI 11 de Florencio Varela, sugiriendo (de acuerdo con el protocolo internacional de Minnesota que debe aplicarse en los casos de muerte en custodia) que se investigue: la historia clínica de Damaris tanto de la Unidad 32 como de otros centros de detención por donde haya pasado, el registro de los profesionales médicos en funciones cuando se produjo el fallecimiento, el de asistencias médicas extramuros y el de la medicación que tenía prescripta. Y sobre todo, análisis químico y toxicológico del cuerpo para determinar si recibió o no los medicamentos que precisaba para su tratamiento.

Madrugada del 24 de noviembre. Efectivos policiales allanan las viviendas de Juana, Shantal, Micaela, Bianka y Kimberly. A través de un comunicado de Otrans, las detenidas denuncian que “la policía nos plantó droga, se llevaron nuestras cosas: ropa, televisor, nos robaron nuestro dinero. Nos agreden física y verbalmente, nos dicen ‘puto peruano, andate a tu país o te voy a meter en cana’”. Micaela, Bianca y Kimberly recuperan la libertad varias horas después. Al día de hoy, continúan presas Juana y Shantal. 

En La Plata existe una larga tradición de allanamientos a pensiones y viviendas comunitarias. En los tempranos 90, Miguel Bru sufrió dos allanamientos violentos a la casa donde vivía con sus amigos músicos. El mismo tipo de procedimientos que sufren en sus casas, en la actualidad, travestis y trans. La pancarta que llevaba Damaris no es mera coincidencia.

En su número 503, Soy informó sobre el operativo llevado a cabo a las 4.50 del 4 de noviembre, en Diagonal 73. Cinco travestis y trans acorraladas por motos, patrulleros y camionetas con efectivos de la policía local y otros de civil (una sola agente mujer). Un policía le puso las manos en el cuello a Juana y no le permitía respirar. “Le pegaron entre cuatro policías con un fierro, recibió gas pimienta en la boca y en un ojo. Fue la más castigada en aquel procedimiento”, refirió a Soy, Romina. A Shantal le abrieron la frente de un bastonazo. Este operativo duró 20 minutos. Al día siguiente hubo otro procedimiento, menos violento.

Juana y Shantal realizaron una denuncia ante la Comisión Provincial por la Memoria. Juana dejó asentado que “la policía me está amenazando, me dijo que si denuncio me iban a armar una causa para meterme presa”. 

Tal como temían, Juana y Shantal están hoy presas.

En los días siguientes, militantes de Otrans se acercaron a la comisaría 11ª de Ringuelet, lugar de detención de Juana y Shantal. Intentaron alcanzarles alimentos. Pero la policía no les permitió ingresar las viandas. “Nos enteramos de que hay cinco compañeras trans presas en Ringuelet. Un fallo judicial ordena que no pueden permanecer allí, las tienen que trasladar al penal de Florencio Varela o a la alcaidía Pettinato, pero nos dicen que no hay lugar”, denuncia Claudia Vásquez Haro. Un fallo del juez Eduardo Eskenazi (junio de este año, Juzgado Correccional Nº2 de La Plata) dispuso un máximo de cinco días para alojar a travestis y a trans en comisarías. “Las visité el lunes 4. Costó que me dejaran entrar a verlas. Algunas tienen enfermedades crónicas y no reciben la medicación. Viven en cuartitos de 2x2, el baño no tiene agua. Les dan comida fría una vez por día. Si no permiten que les acerquemos alimentos, sábado y domingo las dejan sin comer absolutamente nada”.

Madrugada siguiente, 25 de noviembre. Dos ataques diferentes contra gays en calles platenses. Por la espalda. Les estrellan baldosas contra la cabeza.

“Aquella noche asistí con dos amigas a la Drag Fest en el bar Guajira (calle 49, entre 4 y 5). Una vez que terminaron los shows que quería ver, decidí irme. Consideré que no era necesario que mis amigas me acompañen, porque el bar queda a pocas cuadras de mi casa. Caminé 200 metros y sentí un golpe brutal en la nuca. Me pegaron con una baldosa. Pude saber que fueron entre 5 y 7 tipos. Se acercaron con sigilo, sin hacer ruido, recién me di cuenta de que algo malo me iba a pasar cuando escuché sus pasos. El que me pegó, lo hizo como queriendo matarme. Con el golpe perdí la conciencia. Los agresores huyeron dejándome tirado en el piso, inconsciente y desagrándome”, relata S. a Soy.

Una mujer que pasaba llamó a una ambulancia. A las 5.30, S. empezó a recuperar la conciencia. Lo chequearon con tomógrafo en el Hospital San Martín y lo suturaron (seis puntos en la cabeza) en el Hospital Rossi. Las médicas que lo atendieron fueron amables. Quedó seis horas en observación.

“Puse en alerta a mis amigos, que acudieron rápidamente a ver cómo estaba, y esa misma noche nos enteramos de que a otra marica le había sucedido algo similar. Como no se desmayó con el primer golpe, le siguieron pegando baldosazos hasta dejarlo en el piso inconsciente. Supimos que estuvo internado y se recuperó. No es la primera vez que esto sucede en La Plata. Todos mis amigos maricas fueron atacados a golpe de puño, cadenas, barrotes, piedrazos o perseguidos violentamente por bandas de chongos que buscan que tengamos miedo”. S. evalúa que no están dadas las condiciones para exponerse con nombre y apellido. 

Silencio en las calles de La Plata. Sobre ese fondo de silencio, el “paf” de las baldosas rotas. “Puto” como insulto genérico. Un polivalente verbal que acompaña el ruido de hierros de celdas y golpes de puño. Un antiguo slogan feminista dice, en voz alta, “El miedo nunca nos protegió”.