Hay algo helado en ese patio donde él nos confiesa sus desventuras mientras lava y tiende la ropa. El joven vive con su madre en un pueblo del sur y su vínculo, la manera en que lo expresa recuerda demasiado a la película Psicosis de Alfred Hitchcock.
Mario podría ser una versión más ingenua del personaje de Anthony Perkins con esa madre inexistente que se mecía de espaldas y que era él mismo. Santiago Loza parece recrear ese universo en Viento Blanco, de hecho también hay aquí un hostal derruido en el que se alojan las personas que están de paso, seguramente solo por una noche ya que el lugar no presenta ningún atractivo. El escenario que conforma ese pueblo es puro pasado y Mario y su madre son el remanente de una promesa fallida de la que el resto de los habitantes quiere escapar. El protagonista y narrador de este monólogo es Mario, un joven solitario a cargo de Mariano Saborido que está completamente feminizado.
En la línea de los personajes que suele crear Loza con cierto destello melancólico y anticuado, el protagonista obedece a su madre y reprime su amor hacia otro hombre. Lleva una vida dedicada a los quehaceres domésticos, se ocupa de llevar adelante el hostal y no parece tener una vida propia hasta que queda prendado de un amigo que hace la carrera de cura. Ese amor es relatado con una inocencia y un detalle que permiten entrar a cada situación como si el personaje desplegará una novela.
Saborido lleva la historia con la mesura de quien sabe narrar y el arrojo de esos actores capaces de conquistar al público de inmediato. Si bien Viento blanco es una historia matizada de tristeza, Saborido se encarga de convertirla en una comedia sutil. La direccion de Valeria Lois y Juanse Rausch es acertada porque la interpretación evita que el texto quede engolosinado de sentimientos y emociones para dar paso a la narrativa, al personaje como vehículo de una historia. Del mismo modo que el vestuario diseñado por Pablo Ramírez le da una entidad más grave y definida al personaje.
Los recursos de la puesta nos acercan a una forma realista casi como si estuviéramos en ese patio, con el agua que rebalsa y esas telas blancas que ayudan a una representación que ocurre a escondidas, como todo en esta obra. La escenografía diseñada por Rodrigo González Garrillo tiene un efecto fotográfico pero no pierde la síntesis requerida para no abarrotar de objetos ni volverse literal. La luz de Matías Sendón es fundamental para entender el estado interno del personaje, esa desolación inicial a la que intenta darle una efervescencia mansa.
Los pasajes, los distintos momentos de la trama son acompañados con delicadeza como si fuera entendiendo la interioridad de Mario y no buscara resaltar nada, solo brindar un matiz calmo. Todo en relación con la imagen parece perfecto en la conjunción de vestuario, escenografía y luces de una prolijidad minuciosa que se observa hasta en el agua que está a punto de inundar la escena. El personaje habla sobre situaciones que quedaron fuera de escena, es el narrador de episodios que novemos y eso permite que el actor establezca con el público una relación de complicidad.
Lo que podría ser una historia previsible que se queda atorada en los lamentos y las imposibilidades se convierte en una apuesta sobre los modos en los que el deseo puede generar transformaciones inesperadas. El personaje pasa a la acción, deja de ser un ser que imagina para asumir con el cuerpo tanto su amor hacia otro hombre como la implicancia que la madre tiene en su conformación como persona. La mejor escena de la obra está ligada a una invocación, al juego espiritista donde el hijo se convierte en la madre, donde ella toma su cuerpo y su voz.
Allí la actuación se acerca a la deformidad como si se desentendieron del realismo. Lo que surge es un personaje creado por el hijo como si la posibilidad de desprenderse de la culpa viniera de esa autoridad. El sentido del arrojo está también en la voz de la madre mediada por la figura del hijo, los dos en una sola forma. En Viento blanco la invención, las fantasías pueden ocupar un lugar real en la medida en que no se abandone cierta capacidad de mutación, de dejarse atrapar por una fuerza fantasmal, como si el propio cuerpo necesitara de alguna otra entidad, de un ser real o inventado para poder llevar adelante el deseo.
Viento blanco se presenta los domingos a las 20: 30 y los lunes a las 20 en Dumont4040