Gas y pimienta

Eduardo Amadeo se esforzó por destacar los beneficios de la ley y acusar al kirchnerismo de los desmanes en las afueras del Congreso. Amadeo proviene del sector conservador de la democracia cristiana, se hizo peronista durante el menemismo, se fue del peronismo durante los gobiernos kirchneristas y ahora representa en el Congreso al gobierno conservador de los CEO’s de las principales empresas del país. La diputada massista Mirta Tundis lo destrozó: con la fórmula anterior, impulsada por la gestión kirchnerista el jubilado que recibe la mínima cobraría 8300 pesos en marzo y con la que propone el gobierno, menos de 7600. Con la fórmula del gobierno, el aumento rondaría en poco más del cinco por ciento. Con la del kirchnerismo, que se quiere derogar, casi 14 por ciento.

Afuera, el debate se producía en otros términos. Gas pimienta en la estación de subte, palos y piedras. Se hablaba de numerosos heridos, de que un chico podría perder un ojo, y de un señor que estaría en grave estado. Se ve un video en el que un anciano que camina solitario por las adyacencias del congreso es atacado por una caravana de motos policiales, dos de ellos se detienen para arrojarle gas a la cara, la caravana sigue y el anciano queda en el suelo.

Los gobernadores peronistas que avalaron el proyecto oficial fueron duramente castigados. Se llevaron la peor parte. La diputada del peronismo María Emilia Soria fue categórica: “se dicen gobernadores de las provincias y son prostitutas de Macri”. Le respondió el diputado Pablo Kosiner, ligado al gobernador salteño Juan Manuel Urtubey: “nosotros no estamos de acuerdo con este gobierno en muchas cosas, pero el peronismo tiene la responsabilidad de construir una oposición constructiva”. Los diputados que aportaron estos gobernadores no argumentaron con entusiasmo, casi se diría que lo hicieron con cola de paja. Para ellos también habrá un costo. La extorsión a los gobernadores se mantiene y naturaliza, el federalismo pierde sentido.

Hubo muchas columnas sindicales y de todas las centrales, incluso de la CGT. Muchos jóvenes en esas columnas. Pero también se podía ver a muchos jubilados que se sumaban en forma individual, algunos con bastones, todos con zapatillas, para correr en caso necesario. Nadie podía pasar en la Plaza, desde Montevideo hacia el Congreso. Era la frontera, la línea de batalla al principio. Por detrás de esa línea, la gente conversaba y discutía hasta que le caía una vaina de gas. Las nuevas lanzaderas de las Fuerzas de Seguridad tienen mucho más alcance. Todos sabían que no había que provocar avalanchas, que salir corriendo en medio de la multitud era peligroso. Pero el gas era imposible de respirar, algunos corrían, otros se caían y los más jóvenes se sumaban a los que tiraban piedras. Los que se refugiaron en el subterráneo fueron gaseados allí adentro y hubo muchos descompuestos y asfixiados.

El oficialismo insistía en que la nueva fórmula era beneficiosa para los jubilados pero no podía explicar entonces cómo se ahorra el gobierno cien mil millones de pesos al año con esa medida. El diputado oficialista Sergio Laspina repitió una nota de Clarín: “Con la moratoria de los K se jubilaron señoras bien para salir con sus amigas”. Sin embargo, el investigador Daniel Schteingart, que no es kirchnerista, demostró en diversas publicaciones que “donde más aumentó la cobertura es en los hogares más pobres y, a la inversa, donde menos en los más ricos.”

Ya habían corrido más de seis horas de debate y más horas de enfrentamientos en las calles. Circulaban versiones sobre gran cantidad de heridos y algunos graves. Desde la casa de las Madres se pedía que se acercaran médicos y enfermeras. Los negocios abrían sus puertas para refugiar a manifestantes gaseados. La frontera llegaba hasta la 9 de Julio. En el medio era territorio de nadie. El Congreso militarizado, blindado, el gas flotaba en el aire y el piso estaba sembrado con zapatillas perdidas y pedazos de baldosas que fueron usados como proyectiles. Grupos de manifestantes desperdigados, miles de policías y gendarmes, camiones, hidrantes y motos. Y esta vez, cuando se disipaba el gas en el Congreso y los diputados se disponían a votar, empezó un cacerolazo poco a poco, hasta extenderse por la mayoría de los barrios porteños, masivo, tumultuoso. En el centro de ese caos, los diputados discutían la forma de bajar las jubilaciones. El mismo escenario que el jueves pasado. La misma película que en los ‘90.