“Y las pibas te copamos la parada, en las canchas, en las calles y en la cama, si a tu futbol lo cuida la policía y nuestro futbol es alegría, es disidente, es feminista”, cantan las hinchadas mientras la selección argentina femenina enfrenta a Panamá en 2019. Es el partido que clasifica a las jugadoras al Mundial de Francia. En las tribunas, los cánticos mezclan la efervescencia del momento deportivo con los reclamos del movimiento de mujeres y disidencias: “llevamos en los botines revolución”. Ese cruce entre fútbol, feminismo, política y militancia, es el corazón de Un juego propio, un documental que entrelaza las historias de tres protagonistas –Luciana, Juliana y Lorena– y los caminos colectivos que, durante casi una década, fueron construyendo una nueva forma de habitar la cancha.

La película retrata la historia reciente del fútbol feminista en Argentina, con foco en el trabajo comunitario de “La Nuestra fútbol feminista”, organización nacida en la Villa 31. Luciana Martiarena, en ese entonces adolescente que entrena en la Nuestra y jugadora; Juliana Román Lozano, entrenadora y militante; y Lorena Benítez, jugadora de la selección nacional y trabajadora del Mercado Central, atraviesan con sus cuerpos las desigualdades estructurales que aún hoy marcan la cancha: falta de contratos, precarización, maternidades sin red, escasa representación en espacios de poder y estigmas que siguen vigentes. La cámara acompaña entrenamientos, asambleas, partidos y momentos de la vida cotidiana, que incluyen un viaje a Lyon (Francia) en el que representantes de la Nuestra formaron parte del partido femenino más largo de la historia.

Con la número 15 en la espalda y la consigna “me paro en la cancha como en la vida”, Luciana entra a entrenar en la “Güemes”, donde la esperan sus compañeras. A la par, Juliana se prepara para dirigir a un equipo de primera, y Lorena entrena mientras sostiene a su familia con su trabajo nocturno. La película muestra cómo el juego se vuelve también resistencia, cómo hacerse lugar en la cancha implica que el juego te atraviese, organizarse colectivamente para poder hacer realidad un deseo o un sueño que es propio pero también es colectivo.

En una entrevista radial realizada en FM La Tribu, Mónica Santino le pregunta a Lore Benitez, ¿si volvieras a nacer serías futbolista?, y a Lore le brillan los ojos, dice “sin duda, sin duda, porque el fútbol es el fútbol”, igual reconoce que muchas veces pensó en dejar de jugar por el trabajo en el mercado central, los horarios y la dificultad para sostener esas vidas en simultáneo, siendo también madre.

Un juego propio es un archivo vivo de un proceso colectivo.

Volver a tomar el impulso

“La película trae a la memoria física y emotiva un momento en que las feministas fuimos un montón, fuimos fuertes y tomamos las calles masivamente”, dice Julia Martínez Heimann, una de las directoras. “Puede tener algo de gesto nostálgico, pero sobre todo es un llamado a recuperar ese impulso, a recordar que podemos ejercer resistencia y lograr cambios”.

Desde el Mundial de 2019 hasta las rondas de entrenamiento en el barrio, Un juego propio es un archivo vivo de un proceso colectivo: el que llevó al feminismo a abrazar también la lucha de las deportistas, y al fútbol jugado por mujeres y disidencias a convertirse en espacio político, de identidad y comunidad.

En la Villa 31, La Nuestra se construyó como un refugio y una trinchera. Un lugar donde se entrena, se llora, se sueña, se discute y se aprende a jugar, pero también a defender una forma distinta de entender el fútbol: con perspectiva feminista, popular y comunitaria. “Ni una generación más sin espacios donde jugar”, repiten las protagonistas. Esa es la bandera que comparten, y que esta película levanta con ternura, fuerza y convicción.


Un juego propio recorre casi diez años en la vida de jugadoras, entrenadoras y compañeras de militancia. Visibiliza la importancia de la organización, la autogestión y la mística feminista en los espacios de fútbol que fueron creciendo en los últimos años. Un lugar donde el juego está en el centro, pero también hay otras cosas, porque el fútbol disidente, a diferencia del masculino, tiene muchas más trabas, sobre todo en el ámbito profesional.


La pregunta por cómo están las cosas hoy no se escapa. En la actualidad, la disparidad de género toma diferentes formas. En Argentina, el 1% de lxs entrenadores son mujeres y la participación en cargos dirigenciales apenas llega al 6,8%. Sólo el 4% de la cobertura deportiva de los medios se dirige a eventos femeninos. Según la última actualización de AFA sobre sueldos mínimos 2024, un futbolista de primera división percibe 595 mil pesos mensuales de básico, mientras que para una jugadora de la primera división femenina es de 377 mil pesos. Un 37 % menos. Aunque esa es la base: muchos futbolistas varones cobran cifras muy superiores, mientras que el 30% de las jugadoras aún son amateurs y deben tener otros empleos para sostenerse.


El fútbol femenino, aunque crece constantemente en números y presencia, sigue lejos de ser una práctica con condiciones dignas para todas. La semi-profesionalización iniciada en 2019 generó ilusión y mejoró el nivel competitivo, pero durante la pandemia muchos planteles se desarmaron y los contratos fueron dados de baja. Hoy, los presupuestos vuelven a caer.


Julia Martinez Heiman, una de las directoras de Un juego propio, recuerda que cuando comenzaron a idear la película, el vínculo entre el fútbol practicado por mujeres y disidencias y el feminismo no era tan estrecho: “Desde el feminismo no se tomaban como propias las demandas de las deportistas, porque el fútbol estaba muy asociado a valores patriarcales. Pero al mismo tiempo, muchas de nosotras ya estábamos haciendo una lucha performática que tenía todo que ver con el feminismo”.

Cada historia de vida retratada permite ver las múltiples aristas de ese vínculo. La película se aleja del relato del héroe individual que suele dominar el cine deportivo, y en cambio, propone otra mirada: la de la lucha colectiva. ¿Es posible construir otro futbol? que escape a las lógicas del mercado y la individualidad, y muestre el poder transformador del deporte cuando se lo practica desde la organización y el deseo compartido. Es una de las preguntas que queda resonando después de verla.


Una de las escenas más conmovedoras del documental transcurre durante el Encuentro Plurinacional en La Plata: el taller de fútbol se llena tanto que deben salir al patio de la universidad y hacer una ronda inmensa. Ese archivo colectivo, desbordado y lleno de potencia, es un testimonio de todo lo que estaba latiendo en distintos rincones del país y que ahí, por un rato, se volvió visible. La que habla frente al público es Betty García, una de las integrantes de la selección argentina que en 1971 viajó a México y con un equipo que por primera vez usaba botines y que viajó sin entrenador, ganaron 4 a 1 a Inglaterra en el Estadio Azteca, cuenta también como aquel 21 de agosto de 1971 le dio forma al día de la futbolista.

En un contexto de ajuste, persecución política y desfinanciamiento del cine nacional, el estreno de una película como Un juego propio –realizada con apoyo del INCAA– es también un gesto de resistencia. Frente al discurso de la meritocracia y el individualismo, esta historia elige hablar de comunidad, de memoria, de cuerpos que se paran en la cancha como en la vida. Como dice Julia: “Compartir historias puede ser el puntapié para abrir preguntas e inspirar respuestas y salidas posibles”.

¿Dónde y cuándo verla?
Este viernes 11 de Julio se proyecta en Cine Alianza Francesa ( Av. Córdoba 946) y habrá charla luego de la proyección con la presencia de las directoras Julia Martínez Heimann y Natalia Laclau, junto a Mónica Santino, Lorena Benítez y Verónica Gago desde las 19. Ademas se sumaron funciones en Quilmes, espacio INCAA y en Tandil, los días sábado 12 y domingo 13, a las 18 horas en espacio INCAA UNICEN.