La fotógrafa argentina Lena Szankay está unida a Alemania por diversos vínculos, pero el más definitorio es su prolongada estancia en Berlín, donde residió durante casi veinte años a partir de 1989. Mudarse allí para estudiar fotografía, pocos meses antes de la caída del Muro, la llevó a experimentar en primera persona uno de los momentos históricos más importantes del siglo XX, mientras registraba con su cámara algunos de los eventos más significativos y formativos de su vida personal.
Actualmente abocada a la tarea de revisitar su propio archivo fotográfico, Lena volvió sobre las imágenes tomadas durante aquellos años berlineses, cuando documentaba su vida cotidiana mientras estudiaba fotografía en una ciudad atravesada por la transformación constante. Parte de estas fotos fueron exhibidas por primera vez en Buenos Aires entre el 7 de mayo y el 29 de junio, en el marco de la muestra Exoplaneta Berlín 1989, realizada en la histórica Fotogalería del Teatro San Martín.
¿Cuándo llegaste a Berlín y por cuánto tiempo viviste allí? ¿Qué motivos te llevaron a querer mudarte a esa ciudad de Alemania?
--Viví en Berlín 19 años en total, llegué en mayo de 1989 y me fui definitivamente en el 2008. Los viajes y las distancias fueron experiencias fundacionales en mi vida. Mis primeros 18 meses de vida transcurrieron en la ciudad de Friburgo, en Alemania Occidental. Mi padre era húngaro y vivió en ese país desde la década de los 70’s hasta su muerte. Mi padrastro es berlinés emigrado a Buenos Aires en los sesenta. De chica viajábamos regularmente a Alemania cada dos años a visitar a mi padre.
Sin embargo, el gran responsable de haberme llevado a vivir a Berlín fue Wim Wenders, ya que fue un deseo que surgió después de ver la película Las alas del deseo (Der Himmel über Berlin, en alemán). ¡El poder del cine no debería subestimarse! Era la época del gobierno de Alfonsín. Yo había abandonado la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires y había comenzado a asistir a los “Talleres de Expresión Fotográfica” del fotógrafo Eduardo Gil. Estaba muy apasionada con la fotografía y me fui a Alemania específicamente con la idea de estudiar fotografía allá.
¿Cómo fueron esos primeros años en Berlín? ¿Que fue lo primero que hiciste para comenzar a tener una vida propia en una ciudad en la que casi no conocías a nadie?
--Ya sabía alemán, lo cual me facilitó todo bastante. Ni bien llegué me postulé para estudiar fotografía en el Lette Verein, una institución pionera en la educación formal para mujeres fundada a mitad del 1800, donde me encontré con una formación muy técnica y exigente orientada hacia la fotografía aplicada. Un acercamiento muy diferente al que yo pretendía. Pero lo afronté.
Yo venía del Buenos Aires de la primavera democrática, estudiante de Filosofía y Letras eufórica de justicia social, y pude conectar bien con la escena local, a pesar de las enormes diferencias de estilo de vida e incluso de conciencia política global. Para mí era todo fascinante, salvo el invierno. La amplia mayoría de la juventud, artistas, trabajadores y autoexiliados del barrio de Kreuzberg vivíamos con una sola estufa a carbón, lo que era muy malo para el medioambiente. Algo difícil de imaginar hoy en día con los altos estándares de vida que tienen en la actualidad en Alemania. En aquel momento éramos todos “anticonsumo”, aunque no nos faltaba nada de nada, ¡eso hay que remarcarlo! Yo venía de otro tipo de vida muy cómoda y me hizo bien el cambio, me ubicó. También conocí otra Alemania completamente diferente a la de los libros de alemán o de mi escuela secundaria.
¿Cómo fue tu inserción laboral en Berlín, cuáles fueron tus primeros trabajos?
--Después de pasar el examen estatal de fotógrafa profesional –el cual era increíblemente exigente–, pensé en trabajar en algo más vinculado a lo editorial y me presenté a un diario independiente, Die Tageszeitung, die Taz. Al tiempo, pedí ocuparme del archivo, lo cual me gustaba mucho. Organizaba las fotos de la semana, con eso me adentré en el archivo en papel y profundicé mis conocimientos acerca de la cultura alemana. Rápidamente me pasaron a trabajar como co-editora en el departamento de fotografía. Primero comencé con suplementos y después terminé trabajando para la sección de Berlín.
Durante todos esos años abocada a tu desarrollo profesional y laboral, ¿cómo era el vínculo con la fotografía y el registro de tu vida en Berlín?
--Del ‘89 al ’95 documenté la ciudad de mi entorno próximo, aunque yo en ese momento no consideraba que eso fuese “mi obra”. A mí me interesaba trabajar el tema del cuerpo femenino, las cicatrices y las secuencias performáticas. Pero, sin querer queriendo, estaba generando un archivo de la ciudad y de mi nueva vida porque también entendí que eran un documento. Siempre repito que Wenders fue mi maestro, yo aprendí a ver Berlín a través de su mirada, porque buscaba tomar fotos que pudieran ser fotogramas salidos de su película. Me interesaba lo ficcional, o mejor dicho el escenario que conformaba esa ciudad única dentro de una situación histórica también única. Siempre me atrajo la idea de la arquitectura y los espacios pensados como escenografías.
¿Encontraste en Berlín un espacio de “clínica de obra” donde continuar tu práctica autoral fotográfica, que habías comenzado previamente en Buenos Aires?
--No encontré en Berlín ningún grupo o un taller que se pareciera a la modalidad de clínica de obra que tenemos en Buenos Aires, al menos en aquel entonces no existía. Todo lo que había eran cursos técnicos o workshops, en ese sentido me sentí muy perdida.
¿Estabas en Berlín entonces cuando fue la caída del Muro, en noviembre de 1989?
--El 9 de noviembre estaba en Buenos Aires tramitando mi visa de estudiante para regresar a estudiar fotografía. Nunca me voy a olvidar de mi mamá despertándome ese día, gritando que habían abierto uno de los pasos de frontera Berlín-Este. Tardaron 6 días más en abrir otros, como ser el Potsdamer Platz (una zona que geográficamente está ubicada en el centro de Berlín y que había quedado completamente dividida y vedada durante la existencia del Muro). Volé de regreso a Berlín pocas semanas después, a fines de noviembre. El desmontaje del “muro antifascista” arrancó oficialmente en junio de 1990 y se terminó en noviembre de ese año. Es bueno aclararlo porque uno conoce el hecho consumado, como si todo hubiese sido el mismo día, pero fue un proceso largo.
Sin embargo, cabe remarcar que la reunificación causó cierto malestar para algunos porque significaba que la utopía no se había cumplido. Yo misma estuve intranquila durante algún tiempo porque “mi isla Berlín” se iba a terminar justo cuando había venido buscando un oasis. Pero mi padre, como buen filósofo, me decía “Lena, ¿vos sabés que esto es el resultado de los movimientos de resistencia de varias organizaciones sociales y de jornadas de protesta pacífica organizadas por las iglesias, sobre todo la evangélica luterana, que marcharon en distintas ciudades bajo el grito ´El pueblo somos nosotros?´. Hoy en día lo que puedo interpretar es que era simple ignorancia, teñida con el romanticismo de esa época y bastante egoísmo. Nos faltaba información. No leíamos prensa extranjera y la mayoría de mis amigos ni siquiera sabía leer en otro idioma.
¿Visitaste otras zonas de Alemania u otros países de Europa que estuviesen dentro de la Unión Soviética antes de la caída del Muro?
--Sí. Todas fueron experiencias muy breves, pero muy pregnantes. A mis 12 años había estado de vacaciones de verano en las islas de la Yugoslavia de la época de Tito. Otro mundo que ya no existe. En el ‘82 entramos con mis padres a Berlín Oriental en un tour. Recuerdo mirar horrorizada cómo “peinaban” con unos enormes espejos bajo la panza del bus turístico, controlando que nadie estuviera ahí aferrado para escapar.
En agosto de 1989 fui a Praga en tren, una Praga sin carteles publicitarios. En ese vagón conocí a una pareja, ella fotógrafa y él músico punk, un poquito más grandes que yo. Estaban yendo a Hungría de vacaciones supuestamente, pero lo que yo no sabía era que se estaban escapando. Cuando subieron los guardias al tren los revisaron hasta el último detalle y con una violencia que yo no comprendí por falta de contexto. Tiempo después me enviaron una postal desde Frankfurt contándome que en realidad habían cruzado la frontera en Hungría.
Otro día del verano del ’89 entré al opening de un artista húngaro con quien me puse a charlar, se llamaba Gyula. Le conté que mi padre también era húngaro, que yo también era fotógrafa y él sorpresivamente me dio las llaves de su casa para que vaya a usar su laboratorio cuando quisiese. Tiempo después me dijo que tenía un amigo que vivía en Ost Berlin (Berlín oriental) que se quería ir. Me explicó que había una visa para los alemanes del Este de reencuentro con las parejas no residentes en la RDA. Yo podía decir que lo había conocido en Praga, o en alguno de los países que ellos podían viajar, y pedir la reunificación. A mí no me entusiasmaba mucho la idea, pero accedí a conocerlo. Fui a la reunión en una casa donde todos hablaban susurrando. Esa persona estaba allí con su novia y me miraban ansiosos. Desistí. Hubiese sido el acto más político de mi vida, casarme con alguien que lo necesitaba, pero bueno, al final todo cambió rápidamente. Los que vivíamos en Berlín por entonces estuvimos, en mayor o menor grado, atravesados por situaciones de esta índole.
¿Cómo fueron los cambios en Berlín tras la caída del Muro?
--El dinero comenzó a ser más importante que otros valores. Nada de eso era relevante antes de la caída del muro, ¡todo lo contrario! Berlín se llenó de cochecitos de bebé, algo insólito en la Berlín de David Bowie. Empresas, editoriales y grandes cadenas abrieron filiales, habilitando también la llegada de otro tipo de gente. La intolerancia y el miedo a que otros estilos de vida confrontaran con los nuestros se dejó sentir.
Por otro lado, apenas se abrió la frontera interna, comenzaron a llegar alemanes orientales que podíamos percibir que vibraban distinto. Portaban una expresión corporal que no había sido moldeada por la publicidad. Definitivamente, era otra forma de disponer el cuerpo. Eran padres desde muy jóvenes, practicaban frecuentemente el nudismo y el sexo no estaba marcado por el “pecado judeocristiano”. Las mujeres eran independientes, trabajaban todas y muchas eran feministas. Si bien el feminismo estaba también en Berlín Occidental, era distintos entre sí, claramente. También los puestos universitarios en Berlín Oriental se ocuparon con profesores de Alemania Occidental, por lo cual muchos profesores de la RDA se quedaron sin trabajo.
Además, rápidamente hubo una articulación nueva de los espacios urbanos, la ciudad se duplicó: dos óperas, dos compañías de teatro estatales, etc. La escena del arte también se amplió, llegaron nuevas galerías, otras se trasladaron al nuevo centro Berlin Mitte y, debo decirlo, comencé a ver arte “internacional” representado por grandes nombres, lo cual fue un verdadero placer.
¿Cómo se vivenció la desaparición física del Muro? Considerando que aún quedan algunos pequeños fragmentos, me pregunto cómo se decidió qué partes del muro se demolían y cuáles se dejaban.
--Cuando empezaron a desmontar el Muro hubo dos posturas antagónicas. Por un lado se decía que era una forma de borrar la memoria, pero otros afirmaban que no había necesidad de continuar aguantando su carga trágica. Finalmente, desaparecieron los más de mil kilómetros de muro de todo el territorio alemán. Se llegó a un consenso entre la cultura de la memoria y el deseo de olvidar: permanecen fragmentos y memoriales con una finalidad pedagógica en lugares estratégicos, pero también como atracción turística, como lo es hoy en día la East Side Gallery. Quienes no habían visitado Berlín antes querían ver el Muro, aunque sea un pedacito. Una de las opciones que se usó, que me parece la mejor, es la demarcación en el piso de su recorrido; a veces te olvidás que había estado allí, pero cuando la ves bajo tus pies, funciona perfecto.
En algunas de tus fotos se puede ver muy bien cómo empezó la gentrificación de Berlín. Me imagino el cambio que habrá significado para la gente que habitaba la ciudad, cómo pasaron de un tipo de ciudad dividida y de alguna manera detenida, a la construcción vertiginosa de nuevos proyectos urbanísticos e inmobiliarios, como en la zona de Potsdamer Platz justamente.
--Berlín debía ser reestructurada, y para eso todo comenzó a demolerse y reconstruirse. Apenas se concretó la reunificación, empezaron a construirse viviendas de alto estándar. La intención era que la ciudad recuperara su carácter cosmopolita, que volviera a ser un nudo de comunicación entre el este y el oeste de Europa, y que recobrara brillo, poder y solidez. Por ejemplo, se buscó devolverle a la zona de Potsdamer Platz la relevancia que había tenido antes de la guerra. Fue un momento en el que surgió la pregunta sobre qué modelo de ciudad queríamos construir, pero también sobre quiénes eran esas personas que edificaban con aquel estilo tan impersonal propio de los años noventa.
Desde el punto de vista urbanístico, fue vivir caóticamente entre grúas, edificios recubiertos de mallas protectoras y calles en refacción constante durante casi dos décadas. También hubo momentos fascinantes: se volvieron a abrir las estaciones de subterráneo que estaban tapiadas, cruzamos el canal a la vereda de enfrente que no podíamos cruzar antes. Un constante viaje adrenalínico.
Por suerte, el oasis no se perdió durante la primera década. La ciudad estaba endeudada y necesitaba liberarse de inmuebles ociosos que, además, requerían una gran inversión. Ese cambio político fue el impulso para poner en circulación muchas de esas viviendas: la demanda era altísima y, en el barrio de Kreuzberg, el 70 % de los edificios antiguos estaban deshabitados. En muchos casos, carecían de documentación o estaban ocupados por jóvenes que luego fueron desalojados. Hubo gremios de artistas o colectivos que se unieron para comprar edificios —que entonces tenían precios bajos— con la idea de fundar algo similar a cooperativas de vivienda, que hasta hoy siguen funcionando como talleres y viviendas accesibles.
¿Cómo fue el proyecto de tu fotogalería? ¿En qué año empezó y qué tipo de fotografía mostraban?
--Fue otro ejemplo de la redistribución del espacio urbano. Estuve involucrada en una movida sociocultural, el RAW - Tempel e.v. donde se localizó mi fotogalería, la Schautankstelle (STS). Vecinos de los barrios de Friedrichshain y de Kreuzberg (barrios que antes de la caída del Muro habían quedado uno del lado oriental y el otro del lado occidental, respectivamente) nos autoconvocamos durante un año y medio y logramos el apoyo de concejales para exigir el usufructo temporario del predio, con el objetivo de formar un centro cultural barrial de unión entre el este y el oeste. Finalmente logramos que nos dieran 15 años de contrato de alquiler a un precio irrisoriamente bajo, 0,50 euros por metro cuadrado.
La STS fue un proyecto conjunto con dos fotógrafos, un holandés y un italiano. Empezamos en 1998. La gente empezaba a invertir en fotografía en ese momento. Fuimos un espacio que acogió proyectos europeos y latinoamericanos. Yo ansiaba llevar la fotografía argentina a Berlín y quería tener mi propio espacio para eso. Algunos años antes, en 1995, ya había organizado una exposición en la fotogalería de la Secretaría de Cultura de Friedrichshain. Quería profundizar en un intercambio de culturas con fotografías de Adriana Lestido, Eduardo Gil, Res, y otros fotógrafos y fotógrafas.
¿En qué años sacaste las fotos de tu proyecto Exoplaneta Berlín 1989?
--La mayor parte de las fotos fueron tomadas en el barrio de Kreuzberg, donde yo vivía, entre 1989 y 1992, retratando los espacios cotidianos que habitaba: aquellos creativamente utilizados y otros de gestión colectiva. Lo que me atrapó fue la atemporalidad, la sensación de un tiempo detenido, marcado por la guerra y la división, por los grandes espacios vacíos, la escasa publicidad, lo casi pueblerino. Berlín era heterogénea, un hervidero de protestas y manifestaciones: maoístas, kurdos, anticapitalistas, antifascistas, anti-Stasi. Era todo tan abrumador que me llevó muchos años entender dónde estaba viviendo. Cuando la Berlín de Wenders empezó a desaparecer, también cambiaron mis fotos.
¿Cómo fue volver a ver estas fotos hoy en día y por qué decidiste retomar este trabajo?
--Sin dudas tiene que ver con un proceso personal de cierre de etapas. La pandemia fue un actor clave de introspección. Cada vez que voy a Berlín comprendo que es relevante recuperar este archivo. Ahora la ciudad es completamente otra. Creo que mi experiencia aporta al hoy, mi vida como chica latinoamericana rompe prejuicios. Es una mirada cómplice sobre sociedades antes de la gentrificación, donde no todo estaba ocupado por la publicidad ni por el éxito profesional o artístico. Volver a mi archivo hace lógicamente que me concentre en mi memoria, que busque información perdida, que revisite nudos a través de la literatura, la música o la fotografía. Fue muy conmocionante.
¿Cuáles son tus planes inmediatos para estas nuevas/viejas fotos, ahora que son retomadas y revisitadas como parte de tu obra?
--Sobre las 2.100 fotos escaneadas de esa etapa, hice una selección de 300, de las cuales quedaron 135 para el proyecto de fotolibro en el que estoy trabajando actualmente. Como un primer paso, una selección de estas fotos fue exhibida en la fotogalería del Teatro San Martín entre mayo y junio de 2025. La exposición llevó el nombre Exoplaneta Berlin 1989, el cual alude a un sistema por fuera de lo conocido, un territorio que se mueve por otras lógicas. Exponer ese segmento de mis negativos analógicos, revelados manualmente y conservados durante 35 años, fue un paso clave para poner en valor mi archivo fotográfico. La muestra aportó una mirada sobre cómo la historia dialoga con el presente. Coincidió con el 40° aniversario de la Fotogalería y la colocación de la placa que renombra el espacio como Sara Facio, un homenaje al poder de la fotografía y a las mujeres hacedoras, marco ideal para este trabajo.
*Julieta Pestarino es fotógrafa y curadora. Vivió en Berlín entre 2022 y 2024. Actualmente vive en Los Ángeles, Estados Unidos, donde es Assistant Curator, especializada en fotografía latinoamericana del Getty Museum.