En la noche del jueves, Bandalos Chinos hizo justicia al actuar finalmente en el Movistar Arena frente a su público. Y es que de las bandas convocantes de su generación era la que faltaba, lo que se torna en una paradoja si se toma en cuenta que fue la primera que se atrevió a hacerlo en esa plaza. Parece un disparate, sí. Pero en noviembre de 2020 este bastión del nuevo pop argentino tocó en el estadio de Villa Crespo, aunque sin púbico, a causa de la Covid-19. Previo al encierro, había terminado la grabación de un nuevo álbum de estudio. Entonces, antes que encajonarlo, los músicos eligieron hacer de Paranoia pop, subido a Spotify y demás plataformas digitales en octubre de ese año, una especie de musical. Al estilo de Tony o The Rocky Horror Show, y aprovechando el éxito del streaming y del ya remoto “on demand”.
Durante el confinamiento, nadie en la Argentina, salvo por Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, que al año siguiente strimearon un recital filmado en Epecuén, osó llevar adelante un proyecto tan kamikaze. No sólo por la ópera pop, sino también por la propuesta de ese álbum, aún incomprendida. No es un disco raro, ni siquiera irregular. Se trata de un repertorio que decidió atentar contras las fórmulas, la obviedad y el éxito. Básicamente, lo que el sexteto quiso probar fue su tenacidad para la reinvención. Capaz no era el momento para hacerlo, ¿quién sabe? Lo cierto es que su disco anterior, Bach (2018), amén de lanzarlos a la fama, se tornó en uno de los títulos fundamentales de la música popular contemporánea nacional de la década pasada.
Toda una progenie, acá y en el resto de habla hispana, aguardaba un nuevo “Vámonos de viaje”: golazo al ángulo de la música local, devenido en clásico instantáneo del pop y el rock argentino. Del mismo tamaño de la versión de “Héroes”, de Fricción; de “Los calientes”, de Babasónicos; o de “El tesoro”, de El Mató a un Policía Motorizado. Sin embargo, Paranoia pop ofrecía otra cosa, algo más disruptivo. El Big Blue (2022), su sucesor, tenía en cambio canciones con aroma a los hits que la nación hípster deseaba, por lo que parecía que era cuestión de tiempo para que brotara un nuevo himno de la banda. Pero, una vez más, la espera fue en vano, luego de que los de Beccar pusieran a circular en abril último su más reciente disco, Vándalos, con el que nuevamente patearon el tablero.
Si alguna vez existió el imaginario de Bandalos como grupo condescendiente y luminoso, este material terminó de sepultar los preconceptos que surgieron en torno a ellos. No sólo eso: también sorprendieron al mostrar su tez más oscura, nocturna y vampírica. Dejaron atrás su semblante ejemplar, el de alumno abanderado de la escena, para mudar la piel hacia lo políticamente incorrecto, lo incómodo y lo libertinamente festivo. Ellos sabían que tomar esa decisión tenía un precio y decidieron igualmente lanzarse a la pileta. Por suerte, estaba llena. En tanto su consistencia, más que un lodazal, a razón de la mala reputación que se ganó la taciturnidad, puede compararse con la de un AquaDeco. Y eso se nota en las 11 canciones que constituyen el track list.
Así que este regreso al Movistar Arena estuvo traccionado por la renovación, una de carácter experimental, al igual que por la necesidad de autoafirmarse. No es fortuito que, tras salir a escena, en la inmensa pantalla que los escoltaba lo primero que apareció fue la palabra “Vándalos”, en blanco y sobre fondo negro, para luego titilar como si fuera a romperse. Era una declaración de principios envuelta en un juego de palabras, donde la literalidad por primera vez establecía una dialéctica con el sentido figurado. Lo que tomó cuerpo con la inclusión en esta formación de un séptimo integrante, aunque fuese en calidad de invitado: Fermín Ugarte (arquitecto del despegue de la carrera de Dillom), productor del álbum, quien, desde el teclado y la guitarra, rompió a punta de estética desgarbada con la prolija elegancia de los demás músicos.
Una voz en off versando sobre la desavenencia entre la moral y la ley fue el puntapié de las dos horas de show, cuya primera terna de temas respetaban el orden inaugural del disco. Arrancaron con el pop atmosférico “Una señal”, secundado por “El ritmo”, el single más explícitamente dance en la obra de la banda, tanto en su música como en su letra. A tal instancia que se alza como toda una apología al baile. A continuación, los teclados (la dupla la completó Salvador Colombo, el songwriter del grupo y una de las mentes brillantes de la música argentina) se llevaron el protagonismo en la power popera “Comando Juntar”. La devolución de la audiencia fue lo más parecido a una toma de examen, hasta que hicieron el funk lúbrico “Mi fiesta”, para después volver a Vándalos, de la mano de la sinuosa y groovera “Mentira”.
En ese tramo del recital, Goyo Degano, cantante del grupo, apeló por la perorata justa, limitándose a preguntarle a la audiencia si “estaba lista” para esta parada porteña de la gira. No hubo duda de que la estética del álbum impactó en la performance del vocalista, ajustando sus movimientos a una situación más minimalista, en contraste a lo que suele mostrar, y en la puesta en escena, recurriendo al claroscuro para las imágenes proyectadas en la pantalla, tomadas en tiempo real. Involuntariamente (o no), esa opacidad impregnó a los éxitos del grupo, lo que patentó, por ejemplo, “Sin vos no puedo”, aunque lograron equilibrar la dinámica al llamar a Pablo Vidal (integrante de El Kuelgue) para que pelara su saxo en la jubilosa “Súper V”. Y repetirían la invitación en “Tu órbita”, pero eso pasó en la antesala del bis.
El único desliz de pop radiante de Vándalos, “Nosotros”, estuvo entre lo mejor de show, rankeando de igual a igual con la dimensión que tomó el lento “Demasiado”, el “Baby Come Back” (one hit wonder de Player) de Bandalos. “Gloria y pena” y “El temblor” propusieron el pasaje rockero de la lista de temas, mientras que “Dije tu nombre” y “Nunca estuve acá” fueron los pilares de ese pop de Zona Norte que bien supieron acuñar. Cuando el grupo volvió al tablado, se animó a enlazar las dos partes que tiene la canción “Revelación”, allanando el terreno para convocar a Miranda! a cantar en “Departamento” y a desenvainar “Vámonos de viaje”. No obstante, nunca se alejaron de la misiva, por lo que cerraron el recital con “Te amo”, incluido en su nuevo trabajo. Una prueba más de que la gallardía se conquista con coherencia y contundencia.