Una hija que narra, pero no cualquier hija. Virginia Venecia Moreno, hija del famoso explorador y coleccionista Perito Francisco Moreno, naturalista por afición, ese caballero de gafas redondas y demasiado serio, que se peinaba los bigotes con cepillo de marfil y siempre estaba a punto de partir en viajes hacia destinos tan remotos como Collón Curá, Limay, Chaltén. “No había visto nunca dedos tan gruesos ni tan fuertes, todos de la misma longitud, con las uñas impecables, a pesar de que solía pasar horas desenterrando huesos y rocas o quitándoles el polvo”, lo describe la hija en un comienzo, bajo un asombro que jamás desaparecerá, e incluso se tornará por momentos sombrío, por otros cautivante, en la novela Historia natural, de Marina Yuszczuk, autora de La inocencia, La Sed y de poesía reunida con el título Madre soltera y otros poemas.

¿Qué alturas inalcanzables habitaba? ¿Qué aire superior respiraba en su entorno ese hombre de ciencia inquieto y esquivo, cuya pasión era coleccionar huesos de indígenas y piedras arcaicas? Entre institutrices, una madre postergada y de expresión dura, quintas familiares y un padre ciertamente lejano a su crecimiento, la niña merodea sin ser vista, vaga por las salas del Museo General “La Plata”, el más importante de toda Sudamérica, y escucha las conversaciones de adultos sin que nadie se inmutara. El Museo era, en rigor, su casa, cimentada por el orgullo paterno, quien lo había fundado y era su director vitalicio. “Siempre ocupado, siempre apurado en pos del armado de alguna sala, de la entrega de algún valioso ejemplar que venía de ultramar, de las interminables charlas y cenas y reuniones que demandaban la gestión de un museo público”, se lee en la mirada puesta sobre la intimidad de Francisco Pascasio Moreno (1852-1919), padre de siete hijos, seguidor de Darwin, expedicionario de tolderías indígenas y lagos y ríos patagónicos, y que a sus 33 años inauguró el Museo de La Plata. El Perito estudia y trabaja al límite de la obsesión, la niña lo suele espiar en su sombra “casi tratando de no ser visto, y como esperando que el techo fuera a derrumbarse sobre su cabeza, a la habitación en la que mi madre pasaba la mayor parte de su tiempo y cerraba la puerta a sus espaldas”.

Mientras sus hermanos a veces viajan con él, la niña debía quedarse a hacerle compañía a su madre. Para gambetear su fría indiferencia, lo descubre en sus libros: por fuera de ese dandy de ciudad, que decide diariamente unos minutos al aseo con su brocha y navaja, se sorprende al verlo en tierras lejanas vestido con poncho, pantalones de lienzo y botines rotos, casi como un mendigo, rompiendo la solemnidad para hacerse amigo de caciques y tratar de imitar sus costumbres ancestrales. En el Museo hay secretos, pasadizos, fantasmas vivos y muertos, aunque los días transcurren con sencillez, plegados al ritmo de trabajo de su padre y sus ayudantes, que nunca eran los mismos, y a la evolución de las salas y sus colecciones, con visitas frecuentes de gobernadores, funcionarios, ingenieros y estudiosos. La hija reconstruye a la vez la historia de sus abuelos, hijos de españoles e ingleses, negociantes y comerciantes, y de cómo su padre, en sus correrías de joven, empieza a coleccionar restos fósiles y “cosas raras”. Así lentamente va perfilando su fin más elevado: el de crear el museo más grande del continente, “un faro del saber al que acudirían gentes de las dos Américas y el resto del mundo”, que se fundó casi al mismo tiempo que la ciudad, el Museo de La Plata.

La novela trepida con un pulso ligero y entretenido, tanto para aquel curioso que desea un retrato íntimo y desconocido de una figura central en la ciencia moderna, tanto por la mirada aguda y ocurrente de su hija, que entra y sale de los espacios y los tiempos del relato como sus travesuras en el inmenso museo en el cual se cría. No por eso la ficción se torna abrumadora por algunos tramos, algo monocorde en lo familiar. Es cuando la hija indaga en sus emociones donde las honduras toman otro vuelo, menos excepcional, menos previsible. En párrafos como este, en el que su sensibilidad sobre su madre -que no deja de parir niños muertos una y otra vez- no oculta sin embargo la fascinación con el hombre, “cóndor andino” según su apodo: “La prefería enojada, encendida de furia porque, en el momento en que se apagaba y se hundía en el silencio, yo experimentaba la verdadera dimensión del sufrimiento de mi madre, y me preguntaba -cosa que me resultaba insoportable- si acaso mi padre no podía ser más comprensivo. Lo que siempre me terminaba inclinando a simpatizar con él, aparte de que ya lo adoraba, era que estaba cumpliendo un propósito magnífico, trascendental, contribuyendo al avance de la ciencia de un modo que redundaría en beneficio eterno para toda una nación, mientras que mi madre solo estaba teniendo niños, que era lo mismo que hacía la amplia mayoría de las mujeres, y la idea probablemente ni siquiera se le había ocurrido a ella”.

No pueden ser sino poco comunes, los Moreno, con hijos crecidos entre esqueletos, animales embalsamados, puntas de flechas y restos de vasijas. La habilidad de Marina Yuszczuk es la de desmontar hechos y documentos para recrearlos en la imaginación, huyendo de los fósiles esquemas de la llamada novela histórica, con un montaje paralelo entre la gestación del hogar y la del museo. Un prócer argentino cuya palabra se cercena al ser visto por otros, desnudado, despedazado en mil pedazos. Entre otros prohombres como Humboldt, Ameghino, de pronto la hija percibe su rutina alterada cuando su padre llega con un contingente de indígenas vivos, y entonces la mirada idealizada sobre él se transforma. “Desde que los indios habían llegado al museo, los había visto deteriorarse más y más. El cacique no comía, fumaba todo el tiempo y se emborrachaba. Las ropas le quedaban flojas, y su antiguo vigor había sido reemplazado por una debilidad crepuscular. Parecía un saco de huesos, cabizbajo, perdido”.

La familia como objeto de estudio de una novela sobre la ciencia y la pasión, una niña que desea ser mirada por un padre que se momifica en un retrato gigante, altivo e inalcanzable, el cual se erige en el centro del edificio que tanto lo desvela y perturba. Un museo en penumbras y bajo susurros, corrido del relato de la historia oficial. Una pesadilla que se convierte en algo incómodo y a la vez revelador para la niña, cuando esos “muchachos de piel morena” hacen lo que el padre no hace: mirarla como el joven Lákax, en silencio y misteriosamente, con esa mezcla de peligro y mutua atracción.