Hay dibujantes que son hijos de su tiempo, otros simplemente víctimas. Sólo algunos pocos logran jugarle una mala pasada a su época. Todos, sin excepción, están en el diccionario de los historietistas argentinos. Ahora, cuando se busca en esas mismas páginas saber quién, a través de su obra, puede explicar mejor las oscilantes líneas creativas de este presente, sobresale un nombre: Damián Scalerandi, alias “Polaco”, el amigo de su tiempo. Nació en Gerli en 1977, y cuando se fue del barrio se llevó una carpeta llena de dibujos propios de Los Pitufos, He-Man y Robotech, versiones libres de esos personajes que hacía mientras miraba dibujitos animados en la TV. Más tarde pensó en las Bellas Artes, pero cuando quiso entrar en una de esas escuelas se equivocó de edificio y se anotó en una de dibujo publicitario. Para cualquier otro dibujante ese error podría haber sido fatal en términos de creación, sin embargo, para Scalerandi fue un desafío.

Dejó por un rato, entonces, la imaginación y el juego de la libre creación de la infancia, y se concentró en el realismo. Aprendió técnica, anatomía, acuarelas y temperas. Copió cuadros, afiches y rostros, tiró líneas y pensó en perspectivas. Después de un tiempo de trabajo “bajo reglamento”, empezó a soltarse y a dibujar otra vez lo que quería mientras por las noches hojeaba revistas de historietas para luego compartir sus hallazgos con varios amigos y fanáticos del género. En vez de salir a bailar se quedaba hasta la madrugada mirando las Cimoc y las Fierro.

Y un día llegó a la Escuela Pueyrredón. Allí sumó a su talento natural ese “cacho” de cultura que rogaba Clemente: “Fue como un portal dimensional para tipos como yo que veníamos de familias humildes y con poca formación. Entrar ahí fue acceder a otro mundo”. Cuando los compañeros de estudio vieron sus trabajos, inmediatamente, lo calificaron de “marciano”, porque, en cuestiones de dibujo ya era lo que ningún otro aspirante a dibujante podía ser. ¿De qué hablamos? De “perfección técnica”, o de eso que Podetti expresó al comparar la obra de Scalerandi con sus contemporáneos: “De un virtuosismo casi insultante”.

Más tarde, impulsado por el deseo de hacer historietas, armó una carpeta con dibujos realistas y tocó el timbre del estudio de Ricardo “Lucho” Olivera. “Yo tenía 18 o 19 años. Me sumó de inmediato como ayudante. Sé que tenía otros que trabajaban con él, pero me daba trabajo todas las semanas y así durante casi tres años, hasta que ya no pude más. Entonces trabajaba de otra cosa durante el día, de noche estudiaba y en las madrugadas dibujaba para él. No sé de dónde sacaba energía para todo. Eso sí, fue una experiencia increíble. Olivera fue mi primer maestro en historietas”.

La formación de Scalerandi osciló, entonces, entre esas dos coordenadas: imaginación (libertad y desborde) y el peso de la forma (detalle y seriedad). Por eso nadie se sorprendió cuando, junto al dibujante Gastón Souto y otros secuaces del pincel, en 2001 lanzaron un fanzine que con los años se convertiría en una revista-leyenda: Lule Le Lele. En esas páginas, Scalerandi llegó a donde quería, encontró el punto exacto de equilibrio entre el “garabato impune” y el mero preciosisimo. Como resultado, un admirable grotesco bien dibujado, si cabe la etiqueta.

En esa revista nació El Capitán Cortesía, personaje que acompañó al dibujante desde entonces, y al que ahora volvió con una nueva aventura, después de deslumbrar a lectores con sus ilustraciones en las redes y las inolvidables portadas de revistas como Alegría y Fierro trimestral (con colaboración con Souto), entre otras. Tan importante es este personaje en la obra de Scalerandi, que éste es su primer libro como autor integral y el primer libro de El Capitán Cortesía. Increíble.

Cabeza redonda, cabeza de bebé, con un único rulo en la pelada (similar a la cola de un chancho), expresión de inocente estupidez, y unos guantes que goma que no se saca nunca en claro homenaje a los inamovibles gorros de los Pitufos, El Capitán Cortesía es el resultado de la mezcla entre la fatídica frustración infantil, maldad sin límites, y la aparente amabilidad de ciertas personas que esconden sus monstruos. Así, sin pudor, deambula por la ciudad en busca de una supuesta vida exitosa, algo muy difícil de lograr para un alcahuete de su naturaleza, sobre todo en un mundo también miserable y habitado por seres más repugnantes que el propio protagonista.

En esta nueva aventura, El Capitán recordará los caminos del hambre durante su vida, y se lo relatará a un único “frijolito” que se resiste a ser engullido. En su odisea por encontrar trabajo (confiando en los espejitos de colores de la meritocracia libertaria) solo hallará a seres detestables que lo intentarán a la fuerza convencer de que el mundo no es más que “una mierda”. En ese escenario rabelesiano, asoma todo el imaginario terrorífico de los dibujos animados de los años ’90.

Pero más allá de lo narrativo, el brillo de este libro radica en la capacidad de Scalerandi de construir un universo grotesco único (asoma Crumb, también revistas como Mad y Suélteme), imposible de imitar, personalísimo, donde el dibujo humorístico convive con una notoria armonía de pulso realista. “Este tipo de trabajo me da la posibilidad de fluir naturalmente en lugares oscuros, ácidos, terribles, sin perder de vista la risa. Y así, hasta lo más tremendo y oscuro puede ser aceptable. Me permite hacer catarsis sobre la actualidad, sobre lo que me duele o lo que no puedo soportar de otra manera que no fuera con humor”.

En definitiva, si se quiere saber de qué manera los dibujantes historieta actual, retratan, critican y cuentan este presente grotesco nacional, el libro de Scalerandi es la mejor puerta. Ahora, cruzarla depende de las ganas que se tenga de enfrentarse a lo inaudito.

El camino del hambre (Comic Legends), se consigue en comiquerías especializadas y también online.