“Me contaba mi madre/ que aquel pueblo corría como un niño/ hasta perderse,/ que era como un incienso/ aquel aire de huir”. Con palabras de Heberto Padilla, Beatriz Actis nos invita a entrar a Aire de huir, su reciente libro de cuentos, publicado por Editorial Caburé.

Son nueve relatos, uno más hipnótico que el otro. Sitios poco memorables inicia con un sueño: “Rulfo venía de visita a casa y yo lo invitaba a comer”. En seguida nos presenta el parecido de Rulfo con su abuelo. Tenemos dos Juanes, un Rulfo y un abuelo. La asociación por medio del sueño es inmediata. Indaga, averigua, investiga ¿por qué soñé con Rulfo? El cuento, por supuesto, va por otro lado. El del personaje que rememora a partir de qué momento es que viaja solo. Tiene una hija, Tuvo una mujer. El cuento recorre ese camino. La diferencia entre viajar acompañado o solo. Una diferencia sutil donde por ejemplo hay fotografías o no. Donde se es o no turista. Viaje hecho de imágenes mínimas, furtivas. Una colección de fragmentos. Otro modo de viajar.

Una felicidad minúscula nos lleva a Disney. Una madre con su hija. Una mujer que dice: “Con la muerte reciente de mi madre, la infancia era para mí un mundo que iba desapareciendo”. 

¿Cuántas historias puede Beatriz contarnos en cada historia? Arma y desarma mamushkas. “Mi madre había sido a lo largo de la vida el límite de mi deseo” o “mamá revelaba secretos al final de su vida, cosas familiares que no me había contado cuando yo era chica”. ¿Qué historia es la que nos está contando la autora? La de un viaje inocente con la hija, el duelo por la muerte de la madre o la del viaje como un respiro, un tomar la fuerza necesaria para volver y poner fin a una relación que califica de desierto, lleno de rencor y de tedio que ofende a la memoria de otra época?

Ingleses es un recorrido dentro de lo complejo de los vínculos. La protagonista define a su hermana como alguien que tiene certezas sobre todo. Tan distinta a mí, dice. Y agrega: “Las rutinas de la vida cotidiana te hacen sentir a veces que todo es para siempre. Y cuando, al viajar, se modifican, parece que cada momento es único, como si fuera el último, pero no es real, solo es distinto, nuevo, sin historia”. Viajar –para ellas– se vuelve una excusa involuntaria para volver en el tiempo.

La evocación en cambio es de alguien que vuelve, pero que no desea volver. “Hace veinte años huí de la montaña. La montaña no me dejaba pensar”, dice. Y ahora tiene que volver por una herencia. Él no reconoce a la gente pero la gente lo reconoce a él. Carece de una nostalgia compartida, no logra recordar ningún momento. Las anécdotas le parecen heredadas, como si las hubiese vivido otra persona.

 

 

Nerudova nos traslada al Cementerio de Vysehrad. Más específicamente, a la tumba de Jan Neruda. Caminar funciona como pase de magia. Ahora estamos dentro de la infancia de la protagonista y en el televisor anuncian la muerte de Pablo Neruda. (Resulta que algunos afirman que el chileno tomó el apellido del checo). Los poetas estaban en la biblioteca del padre. Y por más alegría que le dé estar recorriendo esas calles y esos lugares, su padre ya no está. Las epifanías al final de los relatos de Beatriz son así: repentinas, naturales y claras. Luminosas. Pedazos de tristeza como bollitos desprendidos de una masa madre, que hacen que el cuento continúe escribiéndose en nuestras cabezas, amasándose, por más que ya estemos leyendo el siguiente.

Mujeres en un bar presenta charlas cruzadas de personajes que comparten recuerdos, anécdotas de viajes, en un encuentro que puede ser quizá uno de los últimos momentos de lucidez de Amanda, diagnosticada con demencia senil.

Riojano cambia de narrador y nos mete de lleno en una plantación, cuyo principal problema es la plaga de los loros, en un diálogo vía whatsapp, entre un ingeniero y Luján, el Riojano. La solución propuesta es el uso de drones que cruzarán el cielo como objetos voladores interfiriendo en la naturaleza. Pero el cuento pasa por otro lado. Por elegir quedarse o no en un lugar.

Traslasierra nos pone en la piel de un escritor que se encuentra varado en Brochero, lo invitaron a un encuentro de escritores, pero al parecer olvidaron buscarlo en la Terminal de Ómnibus. Se le acerca un indigente, le pide un cigarrillo, lo mira fijo a los ojos y murmura: “Es la hora de los hornos y no ha de verse más que la luz”. Cuando el viejo se aleja, nuestro protagonista comprueba que se trata de una frase célebre de José Martí. En este cuento la intervención de lo político es una piedra preciosa. “Ellos creían que yo era de ellos, pero yo era de nosotros”, lo dijo Perón, cuenta el narrador. El tiempo se aletarga, como siempre, en las sierras. Y eso mismo parece suceder con nuestro personaje. Eso mismo nos contagia a nosotros.

Con Eleanor nos vamos al malecón y a Los Beatles. Una frase de este cuento se vuelve reveladora para la obra entera: hay gente, lo sé, como nosotros, que siempre estaremos de paso.

Viajemos –como nos propone Bea– hasta perdernos, con ese aire de huir.