Cuando se habla de campos de concentración durante la invasión wingka, enseguida surge el relato del galés John Daniel Evans y el día en que junto a otros cuatro salieron desde Chubut hacia Carmen de Patagones para comprar animales.

Fue un día de junio de 1888 cuando hicieron el viaje, en el trayecto de Valcheta a Patagones vieron algo que les marcó el alma. En el camino, las tolderías estaban destruidas y en cercanías a Valcheta, el gobierno tenía encerrados a personas de todas las edades deambulando dentro de un perímetro cercado por alambre tejido de gran altura. Según contó Evans, “algunos aferrados al alambre con sus grandes manos huesudas y resecas por el viento, intentaban hacerse entender hablando un poco castellano y un poco galés diciendo: Poco bara chiñor, un poco de pan señor”.

Allí estaba prisionero su amigo de la infancia, hijo de una de las mujeres del cacique Wisel (en la foto, ya prisionero). El lugareño que le había enseñado a bolear choike, a cazar, sembrar, en fin, a sobrevivir adaptándose en la nueva tierra. No logró liberarlo del campo de concentración y salió a vender algunas pertenencias para pagar la liberación de su amigo. Cuando fue a buscarlo ya no estaba.

La presencia del cacique Wisel fue muy importante en la llegada de los galeses. Con ellos pudo intercambiar distintos productos como telas, herramientas, utensilios por carne y cueros. La inmigración galesa llegó el 28 de julio de 1865 a bordo del buque Mimosa. En total, ciento cincuenta personas que se aventuraron a encontrar un lugar y, cuenta Evans, sus padres y el resto de pasajeros se despidieron de su tierra cantando “Hemos encontrado una tierra mejor. En una lejana región del sur, en Patagonia. Allí viviremos en paz, sin miedo a los traidores ni espadas. Y allí Gales será rey. Loado sea Dios”.

Llegaron primero a Rawson, donde les costó encontrar agua dulce y les preocupó que el lugar estuviera habitado por indígenas que se trasladaban continuamente. Encontraron un lugar apto entre Rawson y Trelew, que ellos bautizaron con el nombre de Glyn Du, Valle Negro, por un gran incendio que se había producido. El cacique Wisel fue uno de los que primero se acercó a ellos.

Un día aparecieron dos criollos chilenos, Daniel y Benjamín. Como andaban de paso, se quedaron a trabajar un tiempo en la casa de un galés llamado Rhys Williams. Uno de los jóvenes, Benjamín, aduciendo que ayudaría con tareas rurales le robó una yeguita negra al dueño de casa y no lo volvieron a ver. Al año siguiente, apareció en la casa de Williams el cacique Wisel con el animal robado. Se había encontrado con el chileno en la cordillera montando la yegua que el mismo Wisel le había regalado a Williams. No dudó en interrogar al ladrón que terminó confesando y tuvo que devolver el botín.

El cacique no le cobró nada al señor Williams, pero le pidió como favor que cada vez que él pasara por allí, le dieran un pan como provista de viaje. Sabiendo esto, siempre lo esperaban con pan hecho en una sartén a modo de rescoldo, sobre la plancha. En sus últimos años, que no podía caminar, Wisel se subía igual a su caballo y montaba completamente recostado sobre el lomo. El animal sabía perfectamente dónde llevarlo.

No fue el único cacique que colaboró y mantuvo relaciones estrechas con los galeses. Otro fue Gálatch, quien apareció un día con varios caballos y muchos perros. Su atuendo, como el del resto de la comitiva era imponente, elegante, envueltos en cueros pintados. A los galeses les parecieron gigantes y según cuenta Evans, algunos llegaban a los dos metros de estatura. Gálatch se instaló cerca de la vivienda de Evans. Las mujeres armaron los quince toldos y también se dedicaron a observar a sus vecinos.

A los tehuelche también les llamó la atención el modo de vivir de los galeses. Algunos se habían instalado en cuevas o en los cortes de la tosca. El cacique lo primero que hizo fue abastecerlos de carne a cambio de otras cosas que traían los viajeros. 

Uno de los galeses llamado Jhon Daniel Davies, se estableció en Gaiman definitivamente. En su país, Davies había trabajado en las minas de carbón de Rhondadda lo que le produjo complicaciones de salud y decidió abrir una librería de biblias, vendiendo testamentos e himnarios. Al enterarse del proyecto migratorio a Patagonia, vendió todo menos sus libros y se vino con el resto en el Mimosa. Pensaba que enseguida podría cambiar libros por comida pero no fue asi, por eso en el nuevo pago su misma gente lo apodó Jhon Davies Books.

Una vez que pudo construir su casa de adobe, tuvo buenas relaciones con el cacique Gálatch que también a él le entregó buenos caballos. Vivía junto con su esposa Hanna y sus pequeños hijos Johnnie, William, Dyfrig y Nel.

El 30 de enero de 1881, Hanna, de treinta y seis años, estaba por dar a luz a un quinto hijo. Comenzaron las contracciones y como Davies estaba a unas leguas de distancia trabajando en el campo, la madre envió a su hija Nel, de diez años, a buscar ayuda. La pequeña no pudo agarrar al caballo que ni bien tuvo oportunidad se le escapó y tuvo que volver a su casa. A la mañana siguiente, cuando el padre regresó, encontró muerta a su esposa y ese episodio le cambió la vida. Tuvo que hacerse cargo de cuidar él solo a todos sus hijos. Pasaba la mayor parte del día en casa distribuyendo las tareas con ellos, los enviaba a caballo a una escuela que quedaba a varios kilómetros, cosechaban, ordeñaban las vacas, preparaban manteca y todo lo que la familia requería.

Con los caciques se entendían a medias, con señas y palabras sueltas, pero se respetaban, aunque un poco se temían. El cacique Gálatch pasaba de vez en cuando por la casa y ya era costumbre que fuera a pedir pan. Cuando el cacique veía algo que necesitaba, llegaban a un arreglo o si no había nadie lo tomaba y le dejaba algo a cambio, que podía ser algún objeto elaborado por ellos o un caballo.

Los niños tenían la advertencia del padre de que, si algún día estaban solos, no abrieran la puerta. Que los tehuelches se atenderían y se irían cuando supieran que no había nadie en la casa. Un día que solo estaban Nel con su hermanito Dyfrig, escucharon el tropel. El sonido de los cascos de los caballos hizo temblar la tierra. Los pequeños pusieron trabas en puerta y ventanas, pero antes entraron al perrito Gladstone. Espiaron por la ventana y vieron que todos vestían poncho y chiripá, algunos con plumas como adornos. Llegaron gritando para anunciarse. Gálatch al mando dirigía al resto y él se adelantó a la casa, en silencio.

Adentro los dos chicos estaban mudos, no querían ni moverse, pero el perrito empezó a ladrar como un guardián y no había forma de callarlo. Dyfrig empezó a llorar desconsolado y el barullo alertó a los visitantes, que también empezaron a gritar más fuerte llamando a los dueños de casa. La pequeña Nel abrió la puerta para hacerle frente al cacique y a todos sus hombres. Aterrada y como pudo le dijo al Galatch que solo tenía un pancito, porque la masa se estaba levando y les mostró que estaba a punto de poner el pan al horno.

Gálatch la vio y comenzó a decir “mamam, mamam”, preguntando por la madre de la niña que siempre los recibía. Nel entre llanto y miedo le contó que su mamá había muerto, pero se lo dijo en el idioma de ellos, el de los tehuelche, lo cual lo dejó sorprendido y conmovido a la vez.

Todos entendieron y lentamente se bajaron de los caballos, hombres, mujeres con niños se acercaron a la casa en un silencio fúnebre. De pronto alguien comenzó a murmurar un canto que fue creciendo y sumando las otras voces. Era un lamento agónico. La costumbre para acompañar el dolor ajeno en la cultura tehuelche era cortarse la piel de los antebrazos con un cuchillo, hasta sangrar para que la persona se sienta acompañada. Todos lo hicieron.

El canto duró un buen rato con los niños absortos. Cuando todos volvieron a hacer silencio, Gálatch se acercó a Nel y le hizo saber que estaba impresionado de que le pudiera entender y además le dijo en lengua que “toda esta tribu estará lista para ayudarte siempre que lo necesites y yo seré tu amigo mientras viva”. Acto seguido, se sacó el espléndido poncho de los llamados “ojo de buey” o “poncho argolla” que es todo de color negro con círculos claros que resaltan. Es una de las prendas tejidas más valiosas que existen y el longko se lo regaló a la nena. La historia de Nel, que se llamaba Ellen Davies, se conoció en todo el lugar. Conservó el poncho, que viajó con ella a Gales y sigue en la familia.

Con la avanzada del ejército sobre las tolderías, las masacres y la esclavitud de los tehuelche, la tierra chubutana pasó a conocerse por la cultura galesa que imperó y logró imponerse hasta con su gastronomía.

Hubo que atravesar choques culturales entre indígenas y galeses, aprender a convivir no fue sencillo y con el tiempo, las uniones matrimoniales dieron a este suelo, la mixtura de naciones donde la torta galesa se mezcló con el charqui y entre mate y té, la vida de Wisel y Galatch sigue viajando a través de la oralidad en las comunidades. Siguen siendo un faro de luz para no olvidar la esencia de la tierra.