Mucho antes que Woodstock y la píldora, e incluso antes que Freud, los anarquistas de Argentina y Uruguay alternaban la elaboración de las facturas bautizadas en clave de burla contra las instituciones burguesas (vigilantes, sacramentos, bolas de fraile) con debates sobre las uniones libres y otras experiencias creativas en torno a la intimidad y los afectos. En Amor y anarquismo (Siglo XXI), la investigadora Laura Fernández Cordero recupera los modos en los que, coherente con su espíritu contestatario hacia todas las formas de autoridad, el anarquismo rioplatense de principios de siglo debatió acerca de la sexualidad y el amor al punto de empezar a vislumbrar que la emancipación humana no podía ser tal sin la liberación sexual. Dice Cordero: “El tema del amor y la sexualidad en el anarquismo es citado por la historiografía como nota de color. Y recién empezó a recibir atención cuando llegaron las historiadoras feministas de los 80 (Dora Barrancos, María Del Carmen Feijoó y Mabel Bellucci). El libro lo que trata ambiciosamente de hacer es reponer esa parte del ideario como algo central, porque si recorrés La prensa, realmente la discusiones sobre temas de género se dan en igual cantidad van a la par de las discusiones sobre la lucha de clases”.

LA FAMILIA ES LO ULTIMO

“El libro trata de mostrar que los temas que en esta década nos parecen novedosos tienen una larga historia. En el libro aparecen algunas discusiones que son muy actuales, como lo que hoy llamamos acoso callejero y lo que hoy llamamos antifeminismos”, apunta Cordero. Entonces ¿qué pueden decirnos, después de un siglo de crítica y deconstrucción, los periódicos anarquistas archivados? Para empezar, el reconocimiento de que lo íntimo merecía rebelión. Entre cartas de lectores y secciones de consultas sentimentales iban apareciendo en la prensa libertaria (La Protesta, Nuestra Tribuna, La voz de la mujer), por ejemplo, recriminaciones al socialista Alfredo Palacios por su casamiento como Dios manda, lecturas en clave protofeminista del Manifiesto comunista, una hilarante tipología de cornudos. También, reseñas que deslizaban que la amistad entre Mijail Bakunin y Serguei Nechayev iba más allá del embeleso intelectual, en tiempos en los que el vocabulario para nombrar las relaciones amorosas y sexuales entre personas del mismo sexo estaba en construcción. El libro de Fernández Cordero expone siempre con tono de tribuna debates del tipo: ¿Qué tiene que ver el adulterio con el germen de la mentalidad burguesa? ¿Quién criará a los niños y niñas de los amores libres? ¿Son preferibles las monogamias prolijamente encadenadas a los amores múltiples y superpuestos?

El libro no está escrito en el tono académico que se esperaría de un ensayo historiográfico. Lo mismo, con las discusiones que reproduce: ¡parece un foro de trolls y lectores indignados! ¿A qué obedece eso?

-Si bien en el libro aparecen celebridades del anarquismo (América Scarfó, Salvadora Onrubia), es sobre personas comunes. Lo mejor de estos debates es que se dan en el diario, no son expertos con enciclopedias. Esto es algo que empieza a pasar y el anarquismo lo muestra: empiezan a debatir personas, que si bien no son cualquiera -porque hay que saber leer y escribir- no son intelectuales. Virginia Volten es una celebridad hoy, pero en ese momento eran obreras, alpargateras, tipógrafos. 

¿Pero y ese tono tan indignado?

-Al principio, se juntaban tres anarquistas y sacaban un periódico. Se juntan otros cuatros y sacan otro. La posesión de la imprenta es todo un tema, porque era lo primero que destruían en las requisas de la policía. Errico Malatesta iba a todos lados con una máquina de escribir portátil. Los primeros periódicos se hacían gracias a que todos ponían plata, todos entonces se sentían un poco dueños y se ofendían cuando no les publicaban una nota. Así como se desconoce toda autoridad, la palabra de un editor también está en discusión, por eso todas esas cartas con reproches.

¿Qué significaba en pocas palabras el amor libre en esa época?

-Hay centenares de versiones pero se podría hablar de dos polos: la unión libre (lo que hacemos ahora, relaciones más o menos monogámicas, sucesivas o superpuestas), y en el otro polo lo que hoy llamamos poliamor, donde puede haber más personajes incluidos. En el medio hay una gradación, pero todas las opciones eran problemáticas. Y se arman discusión encarnizadas. 

 

NO HABLE POR ELLAS

¿Qué es lo que aporta a la discusión el periódico La voz de la mujer?

-No vienen a decir dentro del panorama anarquista cosas que no se hubieran dicho antes, pero por primera vez lo dicen ellas. No es lo mismo que un varón denuncie en una nota el acoso callejero a que lo haga la misma damnificada. Cuando ellas lo dicen en femenino la doctrina tambalea. El discurso del anarquismo en general era “estamos con los oprimidos y vamos a liberar a la humanidad”. Cuando ellas hablan la idea de humanidad se problematiza.

La respuesta masculina a La voz de la mujer fue algo así como “está bien pero queremos una igualdad razonable”, ¿qué sería lo razonable?

-La primera contestación que reciben es que son “feroces de lengua y pluma”. Ya había varones que decían las mismas cosas que ellas, el tema es que después hay que bancarse a la mujer deseante que toma la palabra. Los varones les dicen “queremos emanciparos y que puedan secundarnos”. En el libro se ve que las polémicas llegan a límites a partir de los cuales ya no pueden avanzar, que para la época era bastante.

¿Límites cómo cuáles? 

-El aborto aparece como algo indeseable, algo a lo que te ves obligada por las circunstancias: la costurerita seducida y abandonada por el señorito. Y la denuncia de que mientras las monjas y las chicas burguesas van a Europa a “desembarazarse pícaramente” las chicas de la clase trabajadora no gozan de esa posibilidad. Y listo.

Otro límite era la homosexualidad.

-El término en ese momento está naciendo. Por eso es tan inestable. Usan palabras como pederasta, invertidos, sodomita. En el periódico El perseguido un lector pregunta si “en el mundo de la anarquía va a haber homosexualidad” y le contestan que no, “que esa aberración” se va a terminar. Pero después como son individualistas (acá había muchos de esa vertiente) hacen salvedades y dicen “si algún compañero lo elige, sabremos aceptar”. En general el sentido común era lo que hoy llamamos homofóbico. El lesbianismo es casi inexistente en el discurso. 

¿Qué opinaban de la convivencia?

-Eran pobres, no podían tener una casa cada uno. Vivía en conventillos, con mucha movilidad: los que se van a difundir ideas anarquistas por el mundo, los que van presos, los vaivenes del mercado de trabajo. Lo que sí dicen es que la convivencia debe darse por efectos mutuos, no por conveniencia económica. Hubo muchos proyectos utópicos habitacionales, una ciudad en la que las mujeres viven solas por ejemplo. Colonia Cecilia era un emprendimiento libertario a cargo de Giovanni Rossi y otros anarquistas italianos en Paraná, Brasil, hacia 1890. Querían llevar a la práctica el amor libre en su versión más osada. Duró tres años y como registro está el folleto “Un episodio de amor en la Colonia Cecilia”, que narra una relación entre una mujer y dos hombres. Se preguntan cómo organizarse: “¿ella iría una noche a tu habitación y otra a la mía?”.

Cuando hablan de amor libre aparece otro pánico: poder comprobar la paternidad. 

-Algunos argumentan: si decimos que la paternidad está ligada a la herencia del capital, citando a El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado de F. Engels, entonces desentendámonos de la paternidad. Hay un lector que firma como “Martín” que dice muy radicalmente: ¿y quién de los que anotó a sus hijos está tan seguro de que son suyos? Algunos se escandalizan de que el marco del amor libre no se va a saber de quién son los hijos. Otros responden: báncatela.