Historias de bandas independientes de la Costa atlántica
Las cuerdas que brillan con el sol
Desde caminos decanos como el de 114 Errores, de Santa Teresita, hasta cuentos más recientes como el de Montiel, de Villa Gesell, pasando por las cambiantes marejadas de Panal, de Mar del Plata, algunas apostillas de cómo es tener una banda más allá del verano en una localidad balnearia.
Imagen: Diego Bee

114 ERRORES (Santa Teresita)

Cómo suenan: ajustado punk rock a la vuelta de la orilla, donde el no-future se junta con el amor bajo un cielo estrellado.

Quiénes son: José Alma (guitarra y voz), Julián Latorre (bajo y voz), Waly Ibarra (guitarra principal) y Mariano Nyczaj (batería).

Cuánto grabaron: 114 Errores (2005), Diferentes partes (2006), Pública intimidad (2008), Daría lo que fuera por volar (2009), De guerras y de amores (2011), Todas las tormentas (2015) y La fábrica de buenos momentos (2018).

Qué escuchar: Monólogos de a dos con el cuore en un puño.

Cuándo tocan: el sábado 13 en Fede Bar (32 y 5), el lunes 15 en el Golf Club, el miércoles 17 en la Carabela (29 y Costanera) y el jueves 18 en London (32 y 5), junto a Villanos.

Después de San Clemente y Las Toninas, Santa Teresita es la más norteña de las 50 localidades balnearias sobre la Costa Atlántica argentina. Ahí, como en todas las demás, el rock es alimentado por tipos que se ganan la vida en otros menesteres, como el empleado bancario Julián Latorre o el librero José Alma. Y también de almas golondrinas que van en verano y devanean con afincarse en invierno, como el platense Waly Ibarra, quien se enteró que una banda local buscaba guitarrista y halló la excusa para quedarse. Ellos tres integran la formación definitiva de 114 Errores junto al baterista Mariano Nyczaj, incorporado en 2008 justo cuando fue papá.

El proyecto comenzó en 2004 como una alternativa acústica a Socorro y Sin Opción, los grupos que entonces lideraban Julián y José, respectivamente. La disolución de ambos y la anexión de Waly (que venía de tocar con Cretinos en La Plata) y Mariano selló una oferta eléctrica sesgada filosóficamente al hazlo tú mismo del punk. “Nuestro propósito siempre fue tocar, tocar y tocar”, asegura José Alma, una de las plumas más notables del corredor atlántico argentino.

De bares a boliches, de plazas a la playa, 114 Errores colonizó todo espacio posible en Santa Teresita y la prepotencia del trabajo (y de grandes canciones, claro) les permitió hacerse de un público numeroso y fiel, e inaugurar una escena rockera sólida que no tiene precedentes en ninguna otra parte de la Costa. “Santa Teresita tiene tres kilómetros de largo, dos de ancho… ¡y cuatro lugares para tocar en invierno cada fin de semana! Somos conscientes de que eso lo generamos nosotros, pero sin pedantería, porque fue en base a laburo, humildad y, sobre todo, amor por lo que hacemos”, subraya el cantante.

Pero todo ese hermoso esfuerzo necesitó de una estrategia adicional para progresar: la que demandaba el necesario desembarco a Buenos Aires. Viajes de aventura y errores, como la vez que tenían que ir al estudio DDR en José Mármol, al sur del GBA, y se perdieron porque en el GPS habían puesto “Pablo Mármol”. Ellos, a su modo, también fueron picapiedras que buscaron tallar sus deseos sobre material áspero y desconocido.

“Venimos haciendo pequeñas incursiones porteñas desde 2009 y lo tomamos como un trabajo. Vamos a cualquier lugar, por más pequeño que sea, como si fuera Obras”, explica José Alma. Esas expediciones les permitieron compartir escenario con bandas que luego ellos hostearon en Santa Teresita como 2 Minutos, Cadena Perpetua o Jauría. Amistades que también contribuyeron a mejorar sus mecanismos de grabación, como la que trabaron con Fede Pertusi (hoy embarcado en la vuelta de Romanticistas Shaolins), quien produjo sus últimos tres discos, entre ellos el flamante y notable La fábrica de buenos momentos (cuyo primer corte, Los emocionados, tiene a Ciro de invitado).

La autogestión tiene lo bueno, lo malo y lo feo. Desde ser valorados por una ciudad que –en una honrosa excepción– los consagró como profetas en su arena, hasta tener que poner cara de perro para exigirle a una imprenta que rehaga los discos porque había puesto mal el nombre del grupo. Pero la ventaja que tienen los costeros es que, a todo mal, aparece como remedio el mar. “Algo que influye directa e inmediatamente en la obra de 114, porque no tiene límites poéticos, como también la Luna. Gran parte de lo que somos tiene que ver con ellos”, dice José.

Mientras el verano los encuentra tocando al menos tres veces por semana en Santa Teresita y otras ciudades del numeroso Partido de la Costa, emergen planes más allá de temporada para ir a mostrar su nuevo disco, el séptimo, en Buenos Aires, el conurbano y La Plata. “Prepárense, porteños: nos van a ver demasiado por allá durante este año”, anticipa José Alma, con la voz más afinada que nunca.

 

MONTIEL (Villa Gesell)

Fernando Lora

Cómo suenan: rock del viejo paraíso hippie, luego trinchera.

Quiénes son: Joaquín Miracca (voz y guitarra), Iván Guerreiro Ochoa (guitarra), Pablo Echeverría (guitarra), Leo Lucero (teclados), Iván Pérez (bajo) y Mariano Cubillas (batería).

Cuánto grabaron: Montiel (2015) y Peajes (2018).

Cuándo tocan: sábado 20 en Plaza Primera Junta, Avenida 3 y Paseo 104, Villa Gesell, como soportes de Los Tipitos.

Qué escuchar: Soledad panquequeando en Carlitos o entrándole a un churro de El Topo.

Gesell –quién osa dudarlo– es una de las cunas del rock argentino. No sólo porque ahí Moris y Javier Martínez fundaron en el verano del ‘66 la primera banda que grabó un disco nac&rock (Los Beatniks) sino por la mística impresa en lo sucesivo por generaciones de próceres que fueron casi de manera obligatoria. En la Villa se fundó el concepto de gira de verano y son pocos los que no le acreditan alguna anécdota por lo general exótica, reñida con el surrealismo de ver al rock gritando en patas corriendo por la arena caliente.

La pregunta es si esa historia de bronce trazada desde hace cinco décadas en cada verano deja algún sedimento cuando el calor se retira. Numerosas bandas geselinas intentaron mantener la temperatura en invierno, aunque ninguna estuvo tan cerca de dar el brinco más allá de la Ruta 11 como la actual Montiel, nombre inspirado en una de las tantas canciones que Los Tipitos hicieron en su prehistoria, cuando tocaban a la gorra en la peatonal de la Avenida 3.

El grupo se formó en 2013 y aprovechó lo que el invierno ofrecía: algunos bares del palo (como Rockear) o los eventos municipales destinados al turismo de temporada baja. El más importante, de siempre, es la vieja Fiesta de la Raza, hoy de la Diversidad Cultural, a la altura del 12 de octubre, cerca de un verano que empieza a palpitarse con los primeros soles de la fotosíntesis balnearia.

Como muchos otros, Montiel debutó un Día de la Primavera. Fue en el Anfiteatro del Pinar, en la zona fundacional donde el viejo Gesell forestó bosques entre los médanos. Después llegó el verano, y con él, las oportunidades. “Es una vidriera que no podemos desaprovechar”, asegura Iván Pérez, portador de un apellido común pero caro para la cultura rock de la ciudad: su hermana Nadia, bajista, fue la primera música punk geselina a la carga de 7 Bankadas, en los ‘90.

Villa Gesell, polo histórico de la juventud balnearia argentina que busca el estalle del verano pero contenido en un lugar de reminiscencia aldeana (ayer los hippies artesanos, hoy los millenials gasoleros o experimentales), refluye público, artistas y curiosidad por lo propio y lo intruso. Tres vectores que Montiel aprovechó: “Ensayamos al menos dos veces por semana durante todo el año para conquistar a los turistas que nos ven de casualidad. Y cuando nos enteramos de algún show importante, les comemos la cabeza a los organizadores para que nos dejen tocar”, apunta Iván.

Así lograron telonear justamente a Los Tipitos, con quienes trabaron una prolífica relación que incluye el saludo de la banda porteña a sus admirados costeros cada vez que tocan en vivo la canción que los bautizó, o la mención que a ellos les hace el bajista Fede Bugallo en el programa que comparte en una radio geselina con Mariano Guidi, del emblemático duo performático Los Ote. 

Después del disco epónimo, Montiel prepara la salida de Peajes, gran título para una banda que debe pegar ocho para ir y volver de Buenos Aires. Una parte fue grabada en los estudios Lalala, otra en Castelar y las bases en Monsterland, a la orden del experto Álvaro Villagra. El álbum saldrá a mediados de 2018 y fue fruto de una disciplina económica: todo lo que ganaban iba a un fondo común en el estuche de un micrófono.

“Tenemos al mar y al frío y desolado invierno como aliados para la composición. Porque cuando pensamos en el mar, lo imaginamos generalmente en invierno, que es algo que te invade: está en el aire, en las puertas, en los hierros y en los carteles de las calles. Es imposible evitarlo, aunque admiro la energía que transmite. La playa es mi quitapenas. Es algo que, creo, nos identifica a los de la costa respecto de los que no lo son”, asegura Iván. “Como banda nunca olvidamos el lugar que habitamos. Es imposible no tener en cuenta quiénes tocaron acá o curtieron musicalmente Gesell. Y nosotros, humildemente, buscamos pertenecer a esa gran lista de artistas que dejaron su huella.”

 

PANAL (Mar del Plata)

Cómo suenan: reggae intenso pero elegante, audaz pero prolijo, al calor de la única metrópolis en la playa argentina.

Quiénes son: Luciana Messina (voz), Pablo de Paoli (teclados), Charly Longhi (bajo), Ramón Medina (saxo), Lupo Gesualdi (trombón) y Gabriel Gesualdi (batería, trompeta y/o guitarra).

Cuánto grabaron: Niño antena (2001) y Mil vidas (2018).

Cuándo tocan: viernes 12 en El Refugio de Pinamar (De las Medusas 1475) y domingo 14 en El Paso Club de Mar del Plata (Córdoba 2253), en ambos casos como soportes y backing band de Hugo Lobo.

Qué escuchar: Siento al fin bailando con una birra en el CCAVE de la calle Alberti.

“A Panal la creó el verano”, reconoce Pablo de Paoli, tecladista y elemento esencial de un grupo que debutó diez temporadas atrás como banda residente de La Mula Plateada, el barro rockero de una avenida Alem que luego sacrificó bares alucinantes como ése para ganar corrección política y disputarle centralidad a la legendaria peatonal San Martín. Aquella permanencia (“Tocamos covers de reggae todas las noches y fuimos backing band de quien viniese, de Palo Pandolfo a Willy Crook”) les permitió afiatar la propuesta colectiva y lanzarse hacia otras orillas: tras aquel verano caliente de 2007 vino la primera excursión fuera de Mar del Plata, a Necochea, donde empezaron a mostrar canciones propias. Ahí se inició un estado de agite que perdura.

El acumulado de shows y composiciones condujo en 2011 a Niño antena, disco debut que inspiró en Pablo una idea insólita: presentarlo en micro por la costa brasilera, de punta a punta, en plan gasolero. Mientras sus compañeros y familiares se le cagaban de risa, él vendía pertenencias para juntar dinero y la cosa fue ganándose respeto. Pero, en el medio, el grupo padeció contratiempos como el alejamiento de la cantante Majo Alfei (hoy en Rondamón, que comparte miembros con Panal) o un accidente familiar que demandó la atención completa del baterista Arturo Álvarez.

“Había comprado el micro, ¡y hasta nos habíamos dado las vacunas para entrar al Amazonas! Teníamos que sacar adelante ese viaje como fuera”, asegura Pablo, quien había pergeñado originalmente la idea con el bajista Charly Longhi en Mombasa, la anterior banda que compartieron. Un viernes, después de un show en Mar del Plata, lo que quedaba de Panal decidió encarar la ruta. Y dos noches más tarde estaba en Florianópolis, dando el primero de sus 60 shows por Brasil entre finales de 2013 y principios de 2014.

La gira “Unamérica” implicó 20 mil kilómetros de ida y vuelta: “Llegamos hasta San Luis de Maranhao, la capital del reggae de Brasil, donde se formó Tribo de Jah, una de mis bandas favoritas, cuyo cantante nos entrevistó en un programa de radio. Ellos bailan el coladinho, que es más lento, y viven el reggae como algo autóctono. Cuando tocás ahí, transpirás y te sentís negro”, se emociona Pablo.

Para que los números del gasolerismo cerraran fue necesario tocar varias veces al día, incluso tres horas por turno, pues no les pagaban cachet sino el “cover”, un breve ingreso por cada pera que se sentaba a consumir durante el espectáculo. “Por eso nos pusimos las pilas, tocamos siempre, vendimos casi mil discos y gastamos 300 dólares en total”, explica Pablo. “Y el esfuerzo tuvo recompensas increíbles: en Ceará tocamos con Alpha Blondie para 30 mil personas y comimos langosta asada después de haber tocado en una pizzería para veinte, ganándonos la muzzarella antes de ir a dormir a una estación de servicio”. La caravana maravilhosa se puede ver en el documental Fica a vontade, disponible en YouTube.

El año pasado, Panal terminó de grabar Mil vidas, su segundo disco, que presentará durante 2018 con la actual formación en diversos lugares. pero fundamentalmente en el CCAVE. El Colectivo Cultural a la Vuelta de la Esquina es una creación de Ángeles Mejías, mamá de Pablo y directora teatral, quien formó esa trinchera lejos del centro para cobijar obras y talleres independientes. Su hijo luego le adicionó la dimensión musical: ahí desembarca, entre otros, Hugo Lobo, quien se vale de Panal como backing band solista en esa zona atlántica. “Nos basamos en un sistema colaborativo, pasamos la gorra y nunca cobramos entrada. Y todo se resume a una máxima: tratamos a los artistas y al público como queremos que nos traten cuando jugamos de visitantes.”