Opinión
El relato macrista

No es una acusación moral decir que una fuerza política –el macrismo para el caso– tiene un “relato político”. La mala prensa de la palabra relato viene de la marea posmoderna de los años ochenta en su vertiente conservadora. “El fin de los relatos” (o de los meta-relatos, para el caso es lo mismo) era la buena noticia. Lo que liberaba nuestro destino humano de leyes inexorables y de destinos ya establecidos, lo que ampliaba el horizonte de nuestra libertad. En realidad, estaba ya muy claro en ese tiempo que la muerte que se predicaba tenía un sujeto principal, el relato comunista, la teleología que describía una tendencia inexorable a la revolución y a la sociedad sin clases, cuya agonía se vislumbraba desde hacía varios años pero que entonces estaba estallando en Berlín. 

En la Argentina más cercana, la palabra relato reapareció en el periodismo con un sentido igualmente derogatorio pero mucho más precisado. La palabra remitía al “relato K”. Y su definición no era la adopción de determinada filosofía de la historia sino la pura y simple práctica de la mentira que se asignaba al gobierno anterior. Sería lindo entrar en el tema de la relación entre gobierno y mentira a propósito de los actuales gobernantes pero nos iríamos de tema. Lo cierto es que efectivamente el kirchnerismo tenía y tiene un relato. Es decir, una lectura de la historia, una mirada sobre el lugar del país en el mundo, una escala de valores morales y sociales, una idea de futuro. Y ciertamente los últimos gobiernos anteriores se dispusieron a ser juzgados por ese horizonte político que predicaban, como pocas veces ocurrió en la historia de nuestro país. Claro, el juicio no fue ni podría haber sido favorable en todos los casos. Es muy problemático que un relato que postula la igualdad y la emancipación salga totalmente airoso del contraste con la realidad de un país capitalista en el sur de América Latina. Pero eso no le resta importancia al relato, porque el relato es la vara con la que se quiere ser juzgado y, más allá del juicio, la naturaleza de la propia vara tiene mucha importancia. El relato es una tensión, un modo de relacionarse del gobernante con sus gobernados y una apuesta a determinado proyecto de sociedad.

El macrismo también tiene un relato. Es la meritocracia. O el “capital humano” como lo llamaron y lo llaman los neoliberales de la academia. Acaso se trate de uno de los relatos más añejos del mundo moderno. Acompañó todo el desarrollo del capitalismo. Fue el fundamento y la legitimación de la desigualdad. El refuerzo ideológico más potente del “Estado ausente”. El capitalismo, según dijo Marx en el capítulo de “El capital” que estudia la acumulación originaria del capital, tiene su propia teodicea, su relato sobre los orígenes. Consiste en que la desigualdad tiene como fundamento las diferencias de mérito entre los seres humanos. Las personas innovadoras, ingeniosas –y también ahorrativas, sobrias y trabajadoras– progresan. Y se hacen capitalistas. Las que, en cambio, son perezosas, rutinarias, derrochadoras y lujuriosas degeneran en las clases marginales de la sociedad. Y llegado el caso pueden aspirar a eludir o a morigerar su miseria trabajando para algún meritorio patrón. Es una teodicea porque construye un pasado mítico y un “pecado original” del mundo burgués. Después de examinar la historia violenta y sanguinaria de la acumulación primitiva, Marx escribiría su lapidario dictamen: “El capital llegó al mundo chorreando sangre y fango por todos los poros.” La acumulación del capital fue, es y seguirá siendo el resultado de una lucha de poder y no el fruto de una afortunada o meritoria performance individual o familiar. Para comprobarlo bastaría con examinar el origen histórico de las grandes fortunas en nuestro país.  

Los bien pagados publicitarios de Macri, ciertamente no han inventado nada. Difunden el mito de origen del capitalismo a través de interesantes mecanismos de sugestión y construyen un gigantesco dispositivo público-privado de sugestión. Pero ahí termina su mérito y su novedad porque su mensaje “político” es el mismo que desde hace muchas décadas difunde la publicidad de cualquier mercancía. Todo el modo de vida capitalista reproduce el relato meritocrático. Macri suele sumar a la meritocracia la reivindicación de la cultura del trabajo; son fórmulas de gran seducción: casi no hay quien no crea que es una persona trabajadora y meritoria. Y que son esos méritos los que explican su progreso si lo experimentan. Queda en la maldad de los demás y en las injusticias del Estado (de los que se roban todo) la explicación de su infortunio, cuando éste tiene lugar. 

Todo relato tiene un “otro”, un antagonista real o imaginario. O, mejor dicho, un antagonista imaginario que toma cuerpo en la realidad. ¿Contra quién se esgrime esta exaltación de los méritos del individuo meritorio hacedor de su propia fortuna? En términos históricos y generales su antagonista es el Estado, las reglamentaciones burocráticas, los impuestos, la clase política. En la Italia de la posguerra a este relato se lo llamó el qualunquismo (“cualquierismo” sería su traducción un poco forzada), la filosofía de las personas “de a pie”. Fue la forma de disolución pacífica del fascismo, el cambio del lenguaje reaccionario que se deslizó de la violencia autoritaria al retiro de lo público, a la exigencia de “menos gobierno”, al individualismo antipolítico extremo. Los temas qualunquistas fueron exitosamente retomados por el neoliberalismo ascendente de fines de los años setenta del siglo pasado: Margaret Thatcher lo resumiría magistralmente con su frase “la sociedad no existe”. En el mundo neoliberal existen los individuos, sus familias, algunos amigos y no mucho más. No hay ninguna colectividad humana que trascienda los vínculos inmediatos. Ni historia, ni patria, ni horizontes compartidos de ninguna especie.

Lo interesante no es solamente el argumento meritocrático. Es muy importante, ante todo, el aquí y el ahora del mensaje. El relato macrista no es solamente la sistematización de los motivos individualistas del neoliberalismo; es un ambicioso programa político-cultural para la sociedad argentina. Es muy importante subrayar una vez más la novedad política que significa que por primera vez en la historia desde la sanción de la ley Sáenz Peña en 1912, la derecha argentina accede al gobierno en elecciones limpias y sin proscripciones y sobre la base de una coalición liderada por un partido propio. El macrismo ha interpretado esta condición inaugural como una oportunidad y un desafío. Se representa a sí mismo como el portador de una misión histórica, de un papel refundacional de la cultura política argentina. Desde el triunfo electoral de Yrigoyen en 1916, las clases dominantes tuvieron que pagar sistemáticamente un desagradable tributo al populismo, nunca pudieron ejercer su dominio sin negociar políticamente con caudillos y partidos populares, aún cuando accedieran al poder apoyados en las armas. Desde 1945, el populismo argentino –es decir la democracia argentina– construyó un dispositivo material e ideal inexpugnable hasta hoy contra el poder de las élites. Hasta los regímenes dictatoriales más tenebrosos tuvieron que tener o conquistar amigos en la política popular, en los sindicatos, en las clases subalternas. El gran sueño oligárquico de 1955 fue el cierre de esa etapa y al servicio de ese designio descargaron una violencia inaudita, cuyo paradigma histórico es el bombardeo de la Plaza de Mayo de junio de ese año. La prohibición, la proscripción, la cárcel, los fusilamientos fueron la metodología que tenía que abrirle paso al “posperonismo”. Pero la contrarrevolución no logró convertirse en hegemonía ni en instituciones duraderas ni en garantías contra las más diversas formas de la rebelión popular. Ni aún el genocidio emprendido en 1976 logró construir la soñada pax del privilegio argentino. Tulio Halperín Donghi dio en 1994 una conferencia en el Club de Cultura Socialista, luego publicada con el título “La larga agonía de la Argentina peronista”. Allí da cuenta de cómo aún durante la dictadura terrorista, los planes de Martínez de Hoz chocaron con los cálculos políticos de los jefes militares que temían las consecuencias de un aumento exagerado de la desocupación. Finalmente, para el historiador, la hiperinflación del final del gobierno de Alfonsín aparecía como el “instante resolutorio” de la larga agonía. El principio del fin de la Argentina peronista. El juicio (o el deseo) de Halperín no se justificó. Después vino el estallido de la “Argentina menemista” en 2001 y el largo y laborioso proceso de reconstrucción de la “vieja Argentina” por parte de los gobiernos kirchneristas.

En ese rango histórico parecen querer colocarse Macri y su gobierno. Sobre la base de la combinación entre manipulación ideológica y violencia se proponen construir en el país la normalidad neoliberal. Arrasar con todas las creencias y con todas las instituciones de la larga historia de los últimos setenta (o tal vez cien) años de historia argentina. Acabar con el movimiento sindical y el derecho laboral. Con los sueños industrialistas, con los subsidios estatales hacia los sectores populares, con el desarrollo científico-técnico autónomo, con la protección de los sectores sociales que no puedan protegerse con sus propios méritos. Y ese programa refundacional podría, por primera vez, desarrollarse con un fuerte apoyo social proveniente del individualismo, el miedo y el odio. Así, los argentinos construiremos una “cultura del trabajo”. Aprenderemos que solamente se puede sobrevivir en la jungla capitalista si alimentamos nuestro capital humano individual y el de nuestra familia, si cada uno se convierte en un buen empresario de sí mismo. Si trabajamos mucho y ahorramos, no necesitaremos jubilaciones ni pensiones. Para lo que esté o vaya quedando afuera están la Gendarmería, la Prefectura y la policía o la culpa y la frustración individual. Y la institución central del nuevo régimen: la prisión preventiva.

En eso está el macrismo. Todo lo que ocurre en estos días gira en torno a este nuevo intento de reescribir la historia argentina. Desde la furiosa campaña antisindical hasta el megadecreto de desregulación económica –verdadero ataque mortal a las instituciones democráticas– tiene como norte la utopía neoliberal y “meritocrática”. La suerte de este designio todavía está por verse.

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