Medios y comunicación
Des-democratización
Para Cecilia Díaz, las últimas decisiones del Gobierno confirman que ha sido abortado el intento de democratización de la comunicación impulsado desde la recuperación democrática por las organizaciones sociales, la academia y los trabajadores.

Tras el cierre de la TDA, el desguace de las señales de gestión estatal del Bicentenario, las fusiones en telecomunicaciones de los gigantes, la decisión política de Cambiemos en el plano de la políticas públicas de comunicación no deja lugar a dudas, ni a sorpresas. El intento de democratización de la comunicación impulsado por las organizaciones sociales, la academia y los trabajadores desde la recuperación democrática ha sido abortado. En parte, el revanchismo de llevar a un escenario prekirchnerista –pero con convergencia digital– ha signado las acciones de desmantelamiento de programas de accesibilidad, gratuidad de contenidos, regulación para la desmonopolización y pluralismo.

Todo cayó en la sospecha de corrupción o de gasto innecesario, donde lo que sobran son trabajadores y derechos de las audiencias.

Lejos de suponer que el panorama en 2015 era “la” comunicación democrática como algo suturado y perfecto, lo cierto es que es necesario preguntarse si en efecto las políticas del kirchnerismo no alteraron significativamente el poder hegemónico de los grandes conglomerados.0 ¿Qué hay de peligroso en esas políticas? 

La clave del interrogante se encuentra en la disputa retórica de la dimensión simbólica de esas medidas en relación con la democracia, más que en la comparación indicadores estrictamente económicos. 

Cuando se modificó por DNU la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual en sus artículos más transformadores, el Jefe de Gabinete Marcos Peña no dudó en enunciar  “por decisión de Macri, se termina la guerra del Estado contra el periodismo […] comienza una política pública de comunicaciones del siglo XXI en la Argentina”. Luego, Hernán Lombardi a cargo del Sistema Federal de Medios y Contenidos Públicos lanzó el lema “ceder la palabra” y quitó a Zamba de Tecnópolis ya que “estaba podrido por dentro”. Esta última declaración si bien refería al estado material de las estructuras de las figuras en el parque, adelantaron el fin de toda la perspectiva revisionista de la historia en los canales educativos como Encuentro y Pakapaka, que en la actualidad reproducen “latas” de documentales de animales. Ahora sí, podemos conocer a los héroes que decoran los nuevos billetes. 

Además del cierre del Instituto Manuel Dorrego y del Centro de Producción e Investigación Audiovisual (CEPIA), a cargo del Ministro de Cultura, Pablo Avelluto; la comercialización en manos de los privados de los derechos del fútbol; y el abandono del Conectar Igualdad desplazaron el rol del Estado como CEO de las corporaciones en las antípodas de la democratización. Son decisiones que no han generado atención en la población como un cercenamiento de derechos.

Sin embargo, desde los organismos internacionales defensores de  derechos humanos sí se advierte el problema porque la democratización de la comunicación es un concepto sostenido desde el plano supranacional al que Argentina adhiere en su Carta Magna. Los abordajes y apropiaciones son variadas de acuerdo a los contextos locales, donde los estados despliegan acciones u omisiones. En el caso argentino, desde la reforma del marco regulatorio en 2009, la democratización de la comunicación adquirió un sentido político particular: refundar la distribución de la palabra como eje de la discusión política a partir de un nuevo paradigma comunicacional.

En este punto se encuentra la clave de la disputa simbólica que hay en el desguace de la políticas de comunicación del anterior gobierno. Más allá de las evaluaciones que se puedan esgrimir sobre la concreción material de esas iniciativas, no es posible soslayar que surgieron y potenciaron la discusión política en los últimos años. Es que el acceso a la pluralidad de voces como al uso de la palabra son dimensiones del poder, por lo que lo que estuvo en juego fue la distribución de los bienes simbólicos. 

La huella del populismo kirchnerista, entonces, devela que el orden comunicacional está dislocado. Por ejemplo hay hiperconcentración y exclusiones. El carácter fundante de sus políticas interpeló a la sociedad acerca de una cuestión básica de la política: ¿cómo se quiere vivir en sociedad? Esta pregunta politizante integra la democratización, pero a sabiendas de que no va alcanzar un fin último. La peligrosidad para los poderes fácticos -históricos y solidificados- radica en el despliegue de un devenir que entrama demandas, emancipaciones en la configuración de un horizonte democrático, que viene a discutirlo todo. 

En suma, el viraje en la posición  del Estado bajo la gestión de Cambiemos revela que el establecimiento de los límites de lo pensable se vuelven concretos en el marco jurídico y represivo. 

* Docente investigadora Unlam. Doctoranda en Comunicación (UNLP).